lunes, 2 de enero de 2012

Lorenzo

    Allí, pegadito al río, a media cuadra del bordo, vivía Lorenzo. Lo recuerdo a él y a la choza donde se crió como si estuviera viendo una fotografía que captura un cuerpo en un tiempo determinado.
    En mi mente vive estático, aunque haya pasado el tiempo. Lo veo de nueve años, vistiendo el calzón de manta que su mamá le fabricó. No era el único en vestir así, como tampoco era el único que andaba descalzo, padeciendo hambre y frío. La verdad es que lo recuerdo por las características que lo distinguían de los demás.
    Causaba risa su afán constante, obsesivo, en el sentido de abandonar la pobreza, salir de ella algún día, cuando fuera licenciado. Las bajas calificaciones y la facilidad con que dejaba el estudio por la observación de la naturaleza, hacían suponer al eterno habitante del oscuro mundo de la ignorancia.
    Sus ideas, cuando las manifestaba, alegraban a los oyentes, pero no le iba a la zaga su presencia. Como puesta a propósito, lucía en las sentaderas la palabra "azúcar", anunciando involuntariamente al ingenio azucarero que lo había favorecido con la manta del calzón.
    Para el pueblo ciego, que con la risa oculta su ignorancia, pasaba desapercibido el firme propósito de Lorenzo por cambiar su mundo.
    Antes de irse a la escuela, salía con la cubeta o la canasta a vender plátanos, mangos o pan. Al regreso ocupaba su tiempo en la captura de una tortuga o un armadillo, con la idea clara de que faltaría a la escuela, pero a cambio llevaría a su casa algo más sustancioso que los reglazos de la maestra. No sé si cumplió su promesa y logró lo que pregonaba desde su infancia. Lo cierto es que nos quitaba las penas cuando aparecía.
    Para los comerciantes era Lorenzo el de la compeencia. Para el pueblo simplemente era Lorenzo, porque aquí cualquier hijo de vecino que se rebela contra el destino que tenemos los pobres... simplemente es Lorenzo.
   

Felipillo y su tesoro

    Era el año de 1960. La época de lluvias estaba tocando a su fin; las clases habían iniciado y Felipe se encontraba muy contento porque ir a la escuela le significaba diez centavos para gastar en el recreo.
    Durante las vacaciones había soñado con el retorno a clases y con aquellas monedas de cobre donde aparecía el rostro de Benito Juárez, o el número diez en la moneda plateada y el águila devorando la serpiente.
   Había ocasiones en que oía sonar las monedas y adivinaba que al estirar la mano recibiría dos de a cinco centavos; en ellas veía a doña Josefa Ortiz de Domínguez. En el trayecto a la escuela se acercaba las monedas a la boca y decía: "Yo también la quiero, doña Josefa, no piense que don Miguel es el único... aunque yo no soy Corregidor".
    Don Benito Juárez no lo inspiraba. Tan serio como lo veía, le hacía pensar que habiendo sido presidente de la república, tal vez no hubiera querido a los niños descalzos y mal vestidos que le recordaran su pasado.
    El recreo era su martirio. En vez de jugar con los amigos, se pasaba el tiempo mirando todo lo que ofrecían las vendedoras. Y como siempre, en el último minuto compraba 'galletas duras'.
    Después de tanto preguntar por los precios, se daba cuenta de que era lo único que podía adquirir.
    -¿Cuánto vale el vaso de agua?
    -Veinte centavos.
    -¿Y las tostadas?
    -Veinte centavos.
    -¿Y los birotes?
    -Veinte centavos.
    Siempre era lo mismo. Le consolaba el hecho de que nadie quería poner a prueba la dentadura y por esa razón no le pedían galletas. Hasta que la suerte cambió.
    Un día de lluvia torrencial había impedido que Felipe y sus hermanos disfrutaran del baño acostumbrado, tomando a las nubes como regadera; el aire, los rayos y las centellas amedrentaron a la chiquillada del pueblo, privándolos en esa ocasión del paseo por las calles empedradas.
    Al amanecer las resacas daban fe del chubasco vivido. Curioseando en una de ellas, apareció poco a poco ante la vista de Felipe, aquel papel rojo y ajado que se había resistido a continuar el viaje hasta el río ya próximo, oponiéndose a la fuerza del agua que escurría, para fortuna del curioso y pequeño investigador.
    -¡Un peso!... ¡un peso!... -gritó, sorprendido.
    Al ir nuevamente a la escuela ya no deseó lo que otros compraban. Alguien descubrió que traía un peso y se lo contó a las vendedoras.
    -Ya sé que traes un tesoro, Felipillo, di ¿me vas a comprar galletas duras?
    Observando a la señora y a las galletas, y apretando en la mano su tesoro, contestó con la firmeza de un razonamiento:
    -No, porque se me acaba.
   

La catedral

    La catedral se yergue majestuosa, como núcleo del casco de la ciudad. Una pequeña antena, sobrepuesta en la cruz que simboliza la religión que Cristo nos heredó, remata la altura que representa un orgullo y sentido de pertenencia.
    Al ver esa pequeña antena me pareció cosa de niños comunicarse con el Rey del universo o con la familia celestial. En algún lugar de la Catedral -me dije- debe estar la cabina de transmisión. Desde allí le deben confirmar a Dios las peticiones desesperadas que nacen como oraciones en el corazón de los desamparados.
    Hacía muchos años que mi pensamiento se había alejado de la casa de Dios; se hablaba en aquellos tiempos de la demolición del edificio anterior para construir el actual.
    Como impulsado por una insana idea analítica penetré en el recinto. La tranquilidad espiritual y el aroma del incienso fueron igual a lo que respiré en la humilde parroquia del pueblo que me vio nacer. Sin embargo, me sentía extraño. Vi rostros conocidos, ciertamente.
    Había funcionarios del sector salud y de educación con sus familias. Los saludos afectuosos y las caravanas sucedían a diestra y siniestra, mientras yo me escurría para no ser obstáculo entre las personalidades. Una vez satisfecha mi inquietud pensé que lo más conveniente era retirarme.
    Un brazo estirado que sostenía una caja de cartón me marcó el alto. Inmediatamente reconocí al dueño del brazo y del cartón: era el mismo que en la antigua Catedral mostraba sus piernas inflamadas y purulentas por úlceras varicosas. El mismo que mendigaba unas monedas y atención para sus piernas.
    Un día me dijo: "Dios está adentro, yo estoy afuera". Me paré frente a él, lo observé y pensé: Es Dios a la entrada de su Santa Casa, o viene como enviado de El, a dar luz a los ciegos que están dentro y a los renegados como yo, que abandonan la fe para señalar la paja en el ojo ajeno.
    Deseando de todo corazón que los funcionarios que oraban también lo vieran y que, como instrumentos de Dios, le procuraran la salud, dejé con vergüenza -por mi actitud analítica-, unas monedas en el cartón y retorné a orar por la salud del indigente.

Lorenzo

    Allí, pegadito al río, a media cuadra del bordo, vivía Lorenzo. Lo recuerdo a él y a la choza donde se crió como si estuviera viendo una fotografía que captura un cuerpo en un tiempo determinado.
    En mi mente vive estático, aunque haya pasado el tiempo. Lo veo de nueve años, vistiendo el calzón de manta que su mamá le fabricó. No era el único en vestir así, como tampoco era el único que andaba descalzo, padeciendo hambre y frío. La verdad es que lo recuerdo por las características que lo distinguían de los demás.
    Causaba risa su afán constante, obsesivo, en el sentido de abandonar la pobreza, salir de ella algún día, cuando fuera licenciado. Las bajas calificaciones y la facilidad con que dejaba el estudio por la observación de la naturaleza, hacían suponer al eterno habitante del oscuro mundo de la ignorancia.
    Sus ideas, cuando las manifestaba, alegraban a los oyentes, pero no le iba a la zaga su presencia. Como puesta a propósito, lucía en las sentaderas la palabra "azúcar", anunciando involuntariamente al ingenio azucarero que lo había favorecido con la manta del calzón.
    Para el pueblo ciego, que con la risa oculta su ignorancia, pasaba desapercibido el firme propósito de Lorenzo por cambiar su mundo.
    Antes de irse a la escuela, salía con la cubeta o la canasta a vender plátanos, mangos o pan. Al regreso ocupaba su tiempo en la captura de una tortuga o un armadillo, con la idea clara de que faltaría a la escuela, pero a cambio llevaría a su casa algo más sustancioso que los reglazos de la maestra. No sé si cumplió su promesa y logró lo que pregonaba desde su infancia. Lo cierto es que nos quitaba las penas cuando aparecía.
    Para los comerciantes era Lorenzo el de la competencia. Para el pueblo simplemente era Lorenzo, porque aquí cualquier hijo de vecino que se revela contra el destino que tenemos los pobres... simplemente es Lorenzo.

Felipillo y su tesoro

    Era el año de 1960. La época de lluvias estaba tocando a su fin; las clases habían iniciado y Felipe se encontraba muy contento porque ir a la escuela le significaba diez centavos para gastar en el recreo.
    Durante las vacaciones había soñado con el retorno a clases y con aquellas monedas de cobre donde aparecía el rostro de Benito Juárez, o el número diez en la moneda plateada y el águila devorando la serpiente.
    Había ocasiones en que oía sonar las monedas y adivinaba que al estirar la mano recibiría dos de a cinco centavos; en ellas veía a doña Josefa Ortiz de Domínguez. En el trayecto a la escuela se acercaba las monedas a la boca y decía: "Yo también la quiero, doña Josefa, no piense que don Miguel es el único... aunque yo no soy Corregidor".
    Don Benito Juárez no lo inspiraba. Tan serio como lo veía, le hacía pensar que habiendo sido presidente de la república tal vez no hubiera querido a los niños descalzos y mal vestidos que le recordaran su pasado.
    El recreo era su martirio. En vez de jugar con los amigos, se pasaba el tiempo mirando todo lo que ofrecían las vendedoras. Y como siempre, en el último minuto compraba 'galletas duras'.
    Después de tanto preguntar por los precios, se daba cuenta de que era lo único que podía adquirir.
    -¿Cuánto vale el vaso de agua?
    -Veinte centavos.
    -¿Y las tostadas?
    -Veinte centavos.
    -¿Y los birotes?
    -Veinte centavos.
    Siempre era lo mismo. Le consolaba el hecho de que nadie quería poner a prueba la dentadura y por esa razón no le pedían galletas. Hasta que la suerte cambió.
    Un día de lluvia torrencial había impedido que Felipe y sus hermanos disfrutaran del baño acostumbrado, tomando a las nubes como regadera; el aire, los rayos y las centellas amedrentaron a la chiquillada del pueblo, privándolos en esa ocasión del paseo por las calles empedradas.
    Al amanecer las resacas daban fe del chubasco vivido. Curioseando en una de ellas apareció poco a poco ante la vista de Felipe, aquel papel rojo y ajado que se había resistido a continuar el viaje hasta el río ya próximo, oponiéndose a la fuerza del agua que escurría, para fortuna del curioso y pequeño investigador.
    -¡Un peso!... ¡un peso!... -gritó, sorprendido.
    Al ir nuevamente a la escuela ya no deseó lo que otros compraban. Alguien descubrió que traía un peso y se lo contó a las vendedoras.
    -Ya que traes un tesoro, Felipillo, di ¿me vas a comprar galletas duras?
    Observando a la señora y a las galletas, y apretando en la mano su tesoro, contestó con la firmeza de un razonamiento:
    -No, porque se me acaba.

La última voluntad

  Cuando Fermín tuvo la ocurrencia de ir a su antigua parcela, nadie pensó que esa fuera su última voluntad. Ni siquiera los hijos estaban preparados para la sorpresa que nos dio. "Oye, Danilo, ¿vamos al verano...quiero ver si hay elotes", le dijo al mayor, sin dar a maliciar que ya se sentía morir. Hasta dio a entender que se pensaba poner como chinche en tarima de pobre, porque quería comer elotes asados, cocidos y cerrar el día con un tamal recalentado.
  Yo, como nuevo dueño de la tierra, desde que el viejo campesino ya no pudo trabajarla, fui de los primeros en bajar el bordo del río y cruzar la corriente de agua sucia. Fermín, Danilo y yo éramos para el barquero unos pasajeros distinguidos. Atrás, esperando turno, iban como en procesión hijos, nietos, amistades.
  Desde el otro lado del río pude darme cuenta de que eran más de veinte los que esperaban al barquero, y pensé en la parcela, en la propia familia, en todo lo que significaba la visita de tanta gente, y tuve miedo.
  -Oye, Danilo -le dije-, dirás que soy rajado... pero entre esto y una parvada de pericos, yo prefiero los pericos. No es que les tenga más querencia que a los amigos, pero bien sé que pueden comer hasta donde yo quiera: con ustedes la cosa es de otro modo.
  -No es hora de quejas ni de temores -me contestó tendiéndome unos billetes que pagaban bien lo que pudiera desaparecer de la siembra.
  Ya con la calma recobrada seguimos el viaje río abajo, hasta el recodo que escondía mis dos hectáreas, doscientos metros al poniente del embarcadero. Conforme fueron llegando los invitados, la pila de calzado fue creciendo y los surcos se llenaron de huellas y murmullo de gente feliz.
  -Allá en la tierra de los gringos siempre echo de menos este ambiente -oí que Danilo dijo entre suspiros-. Aquí oyes el murmullo de los árboles, sientes la brisa del río, del amanecer, la tierra que pisas te acaricia y te hace sentir en casa... por eso te agradezco la oportunidad que le das al viejo Fermín y a toda la familia, de vivir un día como éste.
  -¡Bien haya mi viejo, que de verdad le tuvo apego a la tierra que lo vio nacer! ¡Bien haya la gente como tú, Emilio, que guarda la historia y el sentimiento de los que buscamos otro mundo!
  No supe qué contestar. Yo los envidiaba porque tenían qué comer, y ellos agradecían que compartiera el mundo de miseria que me rodeaba. De no haber sido por la llegada de quienes habían cortado su elote, y por el júbilo que el carbón de pasados rescoldos causó en el viejo campesino, yo le hubiera dicho a gritos lo que costaba la fortuna de guardar la historia y el sentimiento de los que tenían valor para buscarse la vida en otras tierras.
  -Justo aquí -interrumpió Fermín- hacía mis fogatas. De aquí salían mis tacos recalentados que luego empujaba con el café de botella. Debajo de esta guásima se guarecía mi yunta. Aquí dormían los aperos; colgados de las ramas que siguen dando sombra. Aquí pensaba siempre si valía la pena cortar una docena de elotes para hacer tamales, y siempre la necesidad de comer me vencía. Si sembraba para comer ¿qué negocio era la espera de las mazorcas?
  Antes de asar los primeros elotes, el viejo Fermín también se quitó el calzado y caminó entre las milpas. No hubo quien le hiciera cambiar de parecer cuando quiso dormir bajo el techo verde, recostado sobre un sudadero roto. Entendimos que el ambiente era mágico, y que cada quien tenía derecho a disfrutar el momento a su manera, por eso lo dejamos solo, solo con sus recuerdos.
  ¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Nunca lo supimos. Entre el bullicio de los afortunados que habían cortado un elote en su punto, bajo la orientación de los mayores, y el alboroto de quienes aceptaban el reto de asar su propio elote, la tarde se vino pronto.
  Ni los nietos se acordaron del abuelo, ni los hijos del papá. Cuando el cansancio hizo mella en el entusiasmo de mis visitas, el deseo de regresar los obligó a prepararse y a buscar al viejo campesino. Entonces, como si fuéramos niños de escuela, nos formamos justo donde empezaban las besanas, y al tiempo que caminábamos, cada quien lo llamaba por su cuenta con gritos esperanzados.
  -¡Abuelo! ¡Abuelitooo! -gritaban los nietos. Los hijos, con voz más apagada y recordándole con cariño que ya era la hora de regresar, hacían bocina con la mano y le decían:
  -¡Ándale, viejo; vámonos!
  Por mi parte, sabiendo que más temprano que tarde lo hallaríamos, preguntaba:
  -¿Dónde andas, Fermín? -y la única contestación que nos llegaba era el ruido de las hojas al quebrarse.
  De pronto unos gritos desesperados y un lloradero que no tenía razón de ser nos anunció la mala sorpresa... y todos lo fuimos viendo conforme nos acercábamos a ver la causa del alboroto: ahí estaba el viejo Fermín, tirado cuan largo era, mirando al cielo de frente, con una sonrisa de rara felicidad y con una lágrima que seguramente no halló para dónde correr, desconcertada por la presencia de la muerte.
  Con la suerte que tuvimos de que estuviera calientito, Danilo pudo usar la espalda como parihuela para llevarlo de regreso, acompañado de la canción del dolor de todos los familiares.
  Fermín, rozando con la boca la oreja de Danilo, parecía rogar que lo dejara donde estaba; pero Danilo parecía sordo y porfiado, porque nomás para adelante sabía caminar.
  Al cruzar el río, ya nada evitó que la mano de Fermín acariciara el agua sucia que se escurría por debajo de la canoa, mientras el llanto de los acompañantes trataba neciamente de hacerla cristalina.

  Importante: Mataron a la "Josca", ¡Vaya tío!, La última voluntad y los cuentos que siguen, son parte de la Antología de cuentos "Un murmullo, un lamento", del autor David Cibrián Santacruz. La dicha Antología forma parte de la colección "Bacatete ardiente", No. 3, que editó la Agrupación para las Bellas Artes (APALBA) en diciembre de 1999.
  David Cibrián Santacruz ha colaborado en APALBA, y en la página literaria Quehacer Cultural que edita los días domingos el matutino DIARIO del YAQUI, en Ciudad Obregón, Sonora. Durante los 17 años de su actividad literaria, sus trabajos también has sido presentados en los periódicos ENLACE que edita la Secretaría de Educación y Cultura para el magisterio sonorense; y en el Órgano de información interna que reciben los trabajadores del IMSS. La revista Yuku Jeeka y la Colección Instantes, de APALBA, también difunden los cuentos que nos ocupan.

domingo, 1 de enero de 2012

¡Vaya tío!

  Nosotros no éramos ricos, no, ¡qué va! ni siquiera éramos pobres; porque los pobres tenían el consuelo de comer frijoles, tenían el consuelo de sembrar y cosechar el maíz y el frijol que se comían. Nosotros no. Nosotros apenas le hacíamos fiesta al molcajete. Y cuando descubríamos alguna mancha de verdolagas, era como descubrir un tesoro. Entonces sí comíamos con ganas, y hasta nos daba gusto dejar la plasta verde cuando hacíamos la necesidá. Pero eso no era siempre. Eso era cuando jugábamos a las escondidas entre las milpas.
  En ese entonces yo no entendía por qué éramos más pobres que los pobres. Si sembrábamos en los cerros, si teníamos una parcelita allí pegadita al río; si éramos trabajadores y conocíamos los secretos de la siembra que se hacía en los cerros y en la tierra plana.
  A lo mejor, señor cura, los trece años que tenía cuando terminé la escuela no me ayudaban pa' entender eso. Pero hay otras cosas que uno sí entiende. Por decir algo, la cara idiota que pone la gente cuando quiere esconder en una risa una maldad.
  Oiga bien, esa cara no se olvida. Yo lo supe bien cuando fui con mi padre a revisar el cerco de la parcela; porque se habían metido las vacas y los caballos y habían trillado el maicito y el frijol, cuando apenas aventaban pa'l cielo la punta de sus primeras hojas.
  Estaban los postes solos; no tenían alambre, y estaba claro que alguien hasta les había hecho camino a los animales pa' que se metieran onde no debían; y le puedo asegurar que ni querían. Porque por fuera, el pasto que nace con la lluvia estaba tupido; y adentro la tierra estaba pelona, estaba mojada, y no servía ni de echadero.
  Todo estaba claro, cuando mi padre hizo cuenta del daño.
  -¿De modo que se te metieron los animales?...a lo mejor el cerco tenía algún abujero... ¿ya lo revisaste?
  Eso dijo el que siempre se ha dicho hermano de mi padre; y le puedo asegurar que hasta yo, que no sabía de las cosas del mundo, sospeché de aquél que se decía mi tío.
  -¿No viste nada?
  .No. Bueno, lo que vi fue que los animales ya iban de salida... pero eso no sirve de nada. Si de suerte no se metieron a mi parcela.
  Ahí fue donde conocí la malicia, onde supe lo que era rastrear hasta las palabras huecas de la mentira. Por eso se me revolvió el estómago cuando vi que ese tal Manuel Castillo, fue llegando a la casa como si fuera la gran cosa.
  Yo sé que lo mandaron sus hijos porque ora lo miran fregado; y que bien se acuerda de todo lo que sembró. Ha de sospechar su fin y quiere morir entre los suyos; pero los suyos están en Tijuana. Allá están sus hijos y su mujer, aunque ellos tampoco lo quieran... porque cómo lo mandan solo como si fuera un arrimado apestoso. Aquí estamos los ofendidos, señor cura.
  Si no lo quieren sus hijos y su mujer, menos yo, que bien me acuerdo que por su culpa siempre fuimos más pobres que los mismos pobres.
  -Vente a comer con tu tío -me dijo mi madre. Y yo lo vi y quise buscarle los ojos pa' ver si hallaba una pizca de arrepentimiento. ora que lo miraba todo fregado, todo tembloroso, sin poder trabajar y olvidado de los hijos. Pero se agachó, no dijo nada. Y fue entonces que me dieron ganas de vomitar.
  -No, madre... yo no tengo tío. Si ese puerco va a comer en plato ¿entonces pa' qué queremos la canoa?
  De pronto hierve la sangre, padre; de pronto me vaciaron el pasado lleno de maldad; y ora que tanta hiel me había amargado el corazón, ahí estaba el desgraciado comiéndose mis frijoles. Por eso le busqué los ojos, por eso le tiré en su cara el veneno que traía.
-¿Te acuerdas, Manuel Castillo, cuando te robabas los pedazos de alambre... cuando dejabas adrede aquellos portillos por onde tú y tus hijos arreaban el ganado pa' que trillara la siembra?
  ¿Te acuerdas de cuando abrías la puerta de la parcela, para que entraran las vacas?
  ¿Te acuerdas de cuando tus hijos se acomodaban en el bordo del río pa' jugar al tiro al blanco, y que las balas de tu rifle veintidós nomás pasaban zumbando por arriba de mi cabeza? Y tú, víbora, nomás decías: "Así son mis muchachos, no se aguantan".
  Pero él no contestaba, padre; no habló, no me miró. No tenía cara feliz, ni de arrepentimiento; tampoco tenía tristeza, ni ganas de levantar los ojos, ora que yo me había hecho hombre de puro milagro.
  No sé si entre los tragos de frijoles se le iban los tragos de saliva cuando yo le iba refrescando la memoria; tampoco sé si él sintió ganas de correr cuando le fui contando sus fechorías y las calamidades que por su culpa habíamos pasado. Lo que sí recuerdo es que me descubrí mirándole el pescuezo, viendo que comía despacio, como si en el plato tuviera un pescado lleno de espinas.
  -Cuando nosotros, ora mis hermanos y yo, rodeábamos la mesa pa' servirnos la salsa del molcajete todos los días, tres veces por  día; nos poníamos un vaso de agua por un lado, y nos asegurábamos de que el cántaro estuviera lleno. Pero a pesar de las prevenciones, nadie quería ser el primero en echarse la lumbre a la boca. Ya sabíamos que salía bigote colorado, y que la mancha le daba vuelta a la boca hasta que nos hacíamos jetones.
  Pero con todo ese mal "siempre hacía Dios el milagro de convertir el fuego en alimento".
  Apenas hallaron mujer, y sin que se dieran cuenta, la diferencia entre los hermanos se hizo grande -eso cuenta la gente. Ese tal Manuel Castillo, que ya era presumido, que era de los que buscaban los bailes pa' presumir el caballo bailador y de buena estampa, enseñó el cobre.
  Si cuando fue hijo de familia enseñó sus mañas pa' no trabajar y pa' divertirse, ora que ya se estaban poniendo varejoncillos sus propios hijos, buena oportunidad se le presentaba pa' hacer cuamiles grandes, pa' levantar buenas cosechas y pa' divertirse. Pero en eso él, como jefe, nomás iba a dirigir; y nadie de los suyos perdería su tiempo yendo a la escuela onde se hacían flojos.
  Así le pasó a ese Manuel Castillo. Después de casarse se hizo descarado, egoísta, ambicioso. Se creyó inteligente y quiso hacerse cacique. La desgracia fue pa' los hijos, que no les quedaba otra cosa que obedecer; ora que ya pasó el tiempo, ya se sabe lo que piensan y lo que sienten.
  Con mi padre, ora Felipe Castillo, que de por sí ya era de trabajo, nomás se enraizó con más fuerza la idea del progreso por la vía de los libros.
  Ese fue el pecado de mi padre: no pensar igual que su hermano mayor, que se decía inteligente. Con el matrimonio cada quien siguió su propia horma y de allí nació la maldición de ese desgraciado pa' mi padre: "De mi cuenta corre que tus chamacos piojosos se críen con chile".
  En un principio mi padre no tomó en cuenta el disparate, pero cuando no logró la siembra de los primeros años, supo que atrás estaba la mano de su hermano Manuel. Por si la sospecha no fuera suficiente, la gente lo descubrió y llegó el momento en que de plano se descaró.
  -¿Te acuerdas Manuel Castillo, de aquella vez que te descubrimos cortando los arbolitos de la huerta? Ahí andabas, trabajando a favor de la desgracia de unos sobrinos que nada te debían, de un hermano que había cometido el error de pensar diferente.
  En ese lugar, y en ese momento, yo fui testigo de la cobardía que te distingue. ¡Quién va a creer tamaña desvergüenza! Después de hacer todo lo posible por desgraciarnos la vida, aquí llegas, precisamente a la casa de la familia que tanto has ofendido.
  ¿Te das cuenta que cometes un nuevo disparate?
  ¿Cómo te atreves a decir 'ya vine hermano, mis hijos no me quieren porque nunca les di escuela'? Si aquí es el último lugar onde debes presentarte.
  ¿Acaso no te das cuenta de que en ese plato te podemos devolver el cariño que nos diste por más de veinte años?
  Hasta ese momento, y justo cuando acababa de tragarse el último bocado, levantó la mirada. Yo le noté bien claro que las ideas se le enredaban; tal vez quería pedir perdón, a lo mejor nomás quería decir que no había otro lugar onde pudiera refugiarse, ora que la mujer y los hijos lo habían corrido; pero lo cierto de esa ocasión, en que se presentó como si llegara a una casa onde gracias a él hubieran sido muy felices, es lo que dijo:
  -Estoy viejo.
  -Y yo crecí -le dije-, y estás aquí, en mis manos. ¿Sabes lo que esto quiere decir?
  Seguro pensó lo peor. Porque de pronto peló los ojos, y nos vio como si apenas descubriera que no estaba solo.
  Mi padre estaba sentado enfrente de él; mi madre, Agustina, miraba desde atrás del metate, onde tantos años llevaba moliendo los tomates para la salsa. Mis hermanos, todos más chicos que yo, pero ora convertidos en hombres hechos y derechos, lo miraban como se mira al desconocido; y desde luego, ahí estaba yo, sacando el pasado de aquél que se decía mi pariente.
  -A lo mejor ora sí estamos al mismo nivel; a lo mejor ya podemos devolver golpe por golpe, aunque ya eres el puro cascarón, Manuel Castillo; pero justo era al revés, cuando nosotros éramos unos chamacos que no podíamos meter las manos, y tus hijos ya estaban viejotes y traían caballo, y rifle, y pensaban como animales ponzoñosos, igual que la cosa que les tocó por padre.
  Así le dije, padre; sacando todo el resentimiento que se había amontonado en tantos años de recibir agravios. Ya no se trataba de poner la otra mejilla, como cuando caían las ofensas, cuando nos quedábamos quietos, esperando que la mano se devolviera pa' que emparejara el color y nos dejara igual, como antes de recibir  el primer golpe.
  Y así sucedía, padre. Luego que no valían las resiembras, dejábamos en paz la idea de la cosecha, y nos alquilábamos onde se podía y cuando se podía, pa' irla pasando con lo poquito que nos pagaban.
  Yo creo que se convenció de que andaba miando fuera del hoyo, porque ni las gracias dio cuando se levantó y agarró el camino por onde se nos había aparecido a la hora de la comida.
  Mi padre se levantó y le gritó "¡Manuel!"
  Yo no sé si le pensaba decir "Así es mi muchacho, no se aguanta", o si quería desearle buen viaje; lo cierto es que se quedó con las palabras en la boca, y con la mano estirada, con una señal que parecía decir ven, pero que al mismo tiempo decía adiós.
  -Déjalo que se vaya, padre; al fin que no perdemos un tío que nunca tuvimos.
  Y se fue; por eso vengo a confesarme, pero no a pedir perdón. Porque al fin y al cabo nunca se hizo querer. Se fue, simplemente se fue, después de comer y de oir la infamia cometida contra la familia de su hermano Felipe.
  Yo no sé si en mí reconoció a Juanillo, aquél que siempre fue testigo de los corajes y de las frustraciones de mi padre.