Don Crescencio ya se ve cansado de trabajar. Aunque tiene 65 años de edad, ya camina lento y en su hablar no hay el brío de su muy lejana juventud. Los movimientos que realiza para atender a los clientes, tienen la cadencia de los hombres senectos que la gente traduce en precaución. Sorprende que sólo tenga 65 años de vida; al verlo, se pensaría que tiene setenta y cinco, o más; pero nunca los que dice. Y es que arrastrar los pies y apoyarse en los objetos que hay al paso, no es de las personas de acción. Eso es lo que normalmente se piensa. Con él no funciona esa lógica cuando mueve sacos de harina y azúcar para amasar.
Tenía veintidós años cuando él y su papá se hicieron de la 'Panadería Azteca', en 1968. Desde entonces, todo fue trabajar sin pensar en los días o las horas de descanso. Ni la pobreza del vecindario, ni la famosa devaluación "López Portillo", y la crisis económica que siguió para el pueblo, pudieron desde entonces, quitarle el pan de la boca a su familia.
A pesar de sufrir las consecuencias del oficio, don 'Chencho', como se le conoce desde que aparentó más edad, se ve feliz. Mira el entorno, entrecierra los ojos, mueve la cabeza para asentir lo que piensa, golpea suavemente el mostrador, y dice:
-Desde que mi padre y yo quedamos al frente de este negocio, no han faltado los clientes... no me quejo. De aquí salió dinero para que mis hijos estudiaran y salió algo tal vez más importante: la responsabilidad que los hizo hombres y mujeres de bien.
Al caer las tardes, las vitrinas se quedan vacías; también las canastas de los vendedores ambulantes y las cajas que se utilizan para los pedidos foráneos.
A espaldas del despachador hay una puerta amplia. Da, según dicen los amigos de la harina, a la sala de laboreo. Abierta de lado a lado, esa puerta deja mirar a través de la tela mosquitera todo lo que hay en el corazón de la tahona.
Desde el mostrador, aun sin ser curioso el cliente, se puede ver un horno gigantesco allá en el fondo; también una pala de madera y mango largo, a un lado de la boca.
"De ahí sale el pan, directo a las mesas de los clientes" -dice don Crescencio.
Pero al ver aquella boca del horno, que se antoja de dragón porque echa fuego, se ha de pensar forzosamente en el contraste de las temperaturas que arrugan el rostro de los trabajadores; en el calor sofocante que reciben de frente los paleros, y en el aire fresco que les llega por la espalda.
Don Crescencio sigue con el tema: "conchas, puerquitos, birotes, también donas, polvorones, virginias, galletas duras, arepas... todo lo que se hace en las mesas, entra crudo y sale caliente y sabroso; listo para el café, la leche o el chocolate".
Mirando siempre desde el mostrador, asomándose desde la puerta que queda a espaldas de don Crescencio, se ve que a la izquierda hay una estantería; es la jaula donde reposa el pan que sale del horno. A la derecha está una batidora mecánica. Es un aparato que se parece al molino 'Estrella', tan usado por las mujeres del campo para moler el nixtamal; sólo que por su enorme tamaño, tiene una taza que se asemeja a una olla tamalera. Más al fondo pero siempre a la derecha, hay otro estante que sirve para los moldes especiales.
El visitante curioso, que por primera vez se asome a este centro de trabajo, tal vez pregunte:
-¿Estas son las mesas del amase?
-Eran; ahora nos valemos de esta maquinita -responderá don Crescencio, señalando hacia la cosa que parece molino de nixtamal-. Estas mesas quedaron para moldear, encarterar y empalar.
"La historia, le digo, la historia de su panadería, don Crescencio; ¿la sabe?"
-Uh, señor -responde-; de este negocio vivió la familia de mi padre, primero; después la que yo formé; y me pregunta si conozco la historia.
El dueño original de mi tahona fue don Chema, un señor que era de Santiago; a él se la compró don Adolfo de la Rosa y la trabajó muchos años. Recuerdo todavía que el negocio se llamaba Panadería Azteca. Después, en 1968, mi papá y yo la compramos, le pusimos 'Panadería Ayón', y desde entonces aquí estoy.
A punto de salir, después de felicitar a don Crescencio por su constancia y su fe en el trabajo honrado, descubrí en su rostro la satisfacción del hombre que de verdad se gana el pan de cada día, con el sudor de su frente.
En la esquina donde doblan los coches que van para el barrio Tijuanita, o que siguen de paso para las comunidades Juan Escutia, San Lorenzo y La Laguna, está la 'Panadería Ayón', la que es el orgullo de don Chencho. Más de cuatro décadas hay en el modesto centro de trabajo que administra la familia Ayón. Y yo me pregunto mientras me alejo: ¿en dónde no hay trabajo?, ¿para quiénes no hay empleo?
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domingo, 29 de enero de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
Primer machetazo
Un hombre se detiene en el último plano del camino. Levanta la mirada hacia el cañón que hacen las montañas. Observa detenidamente el arroyo por donde sube la vereda; parece una cicatriz en aquella piel verde y sangrante. Calcula tiempo, energía. Finalmente, limpiándose el sudor que perla su frente, reinicia la marcha.
Igual que la serpentina de agua cristalina, evade las rocas; y sube. La contracorriente planeada también tiene obstáculos que dificultan el viaje.
La ruta que sigue parece divertida. Lo hace saltar, rodear, detenerse para planear cada paso, ir de banda en banda. La determinación y la ocasión ciegan el espíritu del posible poeta; impiden la apreciación de aquella espesura exótica que lo envuelve y lo engulle conforme avanza.
Ocupado como lleva el pensamiento, su mirar es corto, inmediato. Descubre la piedra tembleque, el hoyo traicionero, la rama que se atraviesa; no ve más allá del paisaje inmediato.
Siendo montaraz, ya es insensible al entorno selvático de su bosque. Su mirada, su olfato, su oído y su instinto son herramientas prácticas desprovistas del sutil sentido de la belleza.
Yendo como va, con paso lento y firme, de cuando en cuando se detiene, respira hondo, se limpia la frente y observa la distancia como si fuera un infinito a recorrer.
La idea de llegar a su destino es obsesiva. No se trunca por nimiedades. Ni calor, ni sed, ni cansancio desaniman el empeñoso esfuerzo. La necesidad ingente prohíja el denodado viaje. Se pensaría por ello que el ocaso del día está cerca; sin embargo, el cíclico amanecer apenas conoce los rayos del sol. En la disonante situación, el espeso follaje sigue virgen a la influencia matutina.
El hombre sube paso a paso. Las aves, tan dadas a removerse en los primeros minutos de alborada, siguen quietas, engañadas por la oscuridad del paisaje, cuando ya el intruso va a medio camino. Él sí mira que hay claridad en la cresta de las montañas circunvecinas. Yendo de vado en vado, de banda en banda, resoplando su energía al rodear o saltar obstáculos, pronto hace el paso más ligero.
Una pequeña meseta le anticipa el arribo a su destino. Las feraces montañas se vuelven leves conforme el caminante descubre la cima y la corriente del arroyo, ahora mansa, en su más tímido nacer...
El sol ya espanta el frío de la sombra. Las aves revolotean de rama en rama, de árbol en árbol, y mudan de montaña cuando el hombre se detiene finalmente y echa una mirada al camino conquistado. Dando un último refriego a la frente, se quita el sudor, suspira, se instala provisionalmente y, tras observar el flanco de la montaña, mide su fuerza, su capacidad, su inveterada necesidad, mirando los rudimentarios enseres de labranza.
Tal vez pensando en la siembra y en el penoso esfuerzo que le esperan, en la futura cosecha que a vuelta de once meses recibirá, lanza con fe el primer machetazo.
(Dedicado a los hombres del campo).
Igual que la serpentina de agua cristalina, evade las rocas; y sube. La contracorriente planeada también tiene obstáculos que dificultan el viaje.
La ruta que sigue parece divertida. Lo hace saltar, rodear, detenerse para planear cada paso, ir de banda en banda. La determinación y la ocasión ciegan el espíritu del posible poeta; impiden la apreciación de aquella espesura exótica que lo envuelve y lo engulle conforme avanza.
Ocupado como lleva el pensamiento, su mirar es corto, inmediato. Descubre la piedra tembleque, el hoyo traicionero, la rama que se atraviesa; no ve más allá del paisaje inmediato.
Siendo montaraz, ya es insensible al entorno selvático de su bosque. Su mirada, su olfato, su oído y su instinto son herramientas prácticas desprovistas del sutil sentido de la belleza.
Yendo como va, con paso lento y firme, de cuando en cuando se detiene, respira hondo, se limpia la frente y observa la distancia como si fuera un infinito a recorrer.
La idea de llegar a su destino es obsesiva. No se trunca por nimiedades. Ni calor, ni sed, ni cansancio desaniman el empeñoso esfuerzo. La necesidad ingente prohíja el denodado viaje. Se pensaría por ello que el ocaso del día está cerca; sin embargo, el cíclico amanecer apenas conoce los rayos del sol. En la disonante situación, el espeso follaje sigue virgen a la influencia matutina.
El hombre sube paso a paso. Las aves, tan dadas a removerse en los primeros minutos de alborada, siguen quietas, engañadas por la oscuridad del paisaje, cuando ya el intruso va a medio camino. Él sí mira que hay claridad en la cresta de las montañas circunvecinas. Yendo de vado en vado, de banda en banda, resoplando su energía al rodear o saltar obstáculos, pronto hace el paso más ligero.
Una pequeña meseta le anticipa el arribo a su destino. Las feraces montañas se vuelven leves conforme el caminante descubre la cima y la corriente del arroyo, ahora mansa, en su más tímido nacer...
El sol ya espanta el frío de la sombra. Las aves revolotean de rama en rama, de árbol en árbol, y mudan de montaña cuando el hombre se detiene finalmente y echa una mirada al camino conquistado. Dando un último refriego a la frente, se quita el sudor, suspira, se instala provisionalmente y, tras observar el flanco de la montaña, mide su fuerza, su capacidad, su inveterada necesidad, mirando los rudimentarios enseres de labranza.
Tal vez pensando en la siembra y en el penoso esfuerzo que le esperan, en la futura cosecha que a vuelta de once meses recibirá, lanza con fe el primer machetazo.
(Dedicado a los hombres del campo).
El padre se robó a la María
Si los malos tiempos exigían postración beatífica, o si la intención de ir a misa era suficiente agradecimiento por la gracia concedida, ni Lidia ni Roberto lo supieron. ¿Quiénes eran ellos, para conocer los misterios del Señor?
Cuando llegaron a la humilde parroquia, todo era bullicio. La gente iba y venía hablando entre dientes, buscando con desesperación. Las mujeres, principalmente, trataban de contener los malos comentarios cubriéndose la boca con el rebozo. Pero con todo y la buena intención, hacían escuchar sus cuchicheos.
-No, pa' mí que si el padre no aparece, es porque algo muy malo está pasando.
-Cállate mujer; estamos en la casa de Dios.
Las mujeres mayores como doña Luz, doña Chona y doña Cirila, que eran las que más se dejaban mirar en aquel alboroto, tenían conocimiento de la historia que se rumoreaba en torno a la parroquia. Por ser asiduas concurrentes a los actos litúrgicos, estaban enteradas hasta de aquello que no importaba a la santa fe. También, para vivir felices, alguna vez habían aprovechado eso de "entre amigas" y "no se lo digas a nadie", para echar a volar secretillos falsos que servían para poner a prueba a las mujeres ingenuas.
El supuesto secreto, se iba de boca en boca, creciendo, asombrando conforme a la creatividad de las chismosas; y volvía buscando el origen, en su obligado caballo de humor: ¿quién te lo dijo?... me lo contó fulana. Finalmente, la puntada era cerrada con un divertido "quería calarte". ¡Vaya, si las tres doñas eran de temer!
Pero no todo lo que borregueaba tenía el sello de la mentira. Un año hacía, que el cura en turno, recién salido del seminario, persignado, mustio y modosito, había llegado a pie y se había ido en coche nuevo. Y las malas lenguas seguían afirmando: se fueron rodando las limosnas, las misas, los bautizos, y hasta las bodas de los valientes que se animaron.
Tiempo atrás, el cura anterior también dejó malos recuerdos: mandó bajar de la torre, la campana que mejor sonido tenía, la que al decir de la gente, se escuchaba hasta el otro lado del mundo; ¿y todo para qué?; para llevársela sin que se supieran causas ni pretextos. Ni él ni la campana volvieron.
-En mil campanas, aseguró Donato, yo conozco la que nos robaron.
El sonido se mete en las orejas como miel de penca, como el zumbido de los enjambres que se van poquito a poco.
A pesar de tantas inconformidades, ya no golpearon los badajos; ni en mil ni en una. La campana se perdió, y los devotos se quedaron durante muchos meses, sin oficiante ni instrumento pregonero de la santa voz.
Ahora, el tiempo que había pasado tenía tranquilos a los parroquianos, conformados con aquella cosa que ruideaba como cartera de panadero; y que no se escuchaba siquiera a la vuelta de la esquina. Después de dos malas experiencias, ahí estaba el pueblo; primero a la expectativa, luego en su triste realidad: sin guía espiritual.
-Vayan con María Bailón, pidió doña Luz.
-¿Ella es la que lava la ropa del padre?, preguntó la voluntaria.
-Ella mera. Ella tiene que saber algo del padre... ¡cómo que no aparece!
La gente que se quedó esperando, aprovechó para especular. Uno se había llevado la campana; otro había gastado las limosnas en su provecho; ¿qué más habría de interés, que pudiera llevarse un sinvergüenza?, ¿el crucifijo que estaba en el altar mayor; el Santísimo? La inquietud tenía mil razones de ser.
De pronto apareció Donato, el picueco más extrovertido de La Escondida. Atrás de él, jadeante y sudorosa, también regresaba la mujer enviada por la información. Los dos hablaron a un tiempo:
-¡No hay misa; vámonos!
-¿Pero qué pasó?, les contestó un coro de diablas, ¿por qué no hay misa?
Mientras la mujer iba a santiguarse al pie del crucifijo, Donato respiró hondo y trató de satisfacer la curiosidad de la gente.
-No hay misa, señoras; anunció por segunda vez.
Aunque el volumen de la voz brotó normal, resonó en el santo y silencioso espacio de la parroquia.
-¿Por qué, Donato?, ¿qué dijo María?
-Nada. Ha de estar durmiendo calientita.
-Pero el cura, Donato; ¿no está?
-No, señoras; ni el cura ni María.
Las miradas no pudieron ser más interrogantes, pidiendo información. Que ninguno hubiera sido localizado, no necesariamente era malo; que María Bailón durmiera fría o caliente, no era razón para suspender una misa. La gente se negaba a creer que las palabras de aquel hereje trajeran malas noticias; se negaba a mirar en aquel rostro el mensaje de alarma.
-¿Qué pasó?, dinos qué pasó; le exigía.
Finalmente, Donato, deseando dejar abierta la posibilidad de un mal entendido, soltó la noticia:
-Nada; nada que yo 'haiga' mirado; pero según parece... el padre se robó a la María.
-¡Madre santísima! -Exclamaron las mujeres-, ¿cómo que se la llevó?
Y una voz nueva intervino en defensa del párroco.
-¿Cómo se le metería el diablo a esta muchacha? Qué necesidad había de que sonsacara al padrecito...
No terminaba de manifestarse, y aún movía la cabeza en señal de franca desaprobación, cuando le dieron la respuesta.
-Anda tú; estás llena de chamacos, y no sabes cómo se le mete el diablo a una mujer.
Otra mujer que prudentemente ignoró la chanza, abundó en la insensatez a pesar de lo bien intencionada en sus palabras.
-Era la viva tentación en la casa cural. Era el cántaro que a tanto y tanto...
-Era nada, señora; atajó Donato. La mujer que quiere diablo, hasta en la sotana lo encuentra.
La gente mayor, influenciada por las decepciones de toda una vida, tenía una visión y un concepto diferentes de lo que era un sacerdote. Si bien había quien los veía como santos, para los detractores de edad no eran menos hombres ni menos pecadores que cualquier vecino. Decir padre, cura o sacerdote, no pasaba de ser simple reconocimiento al estudio; como albañil se le decía a quien pegaba adobes, y panadero al que hacía pan. Por lo pronto, faltaba confirmar la huída de la pareja, antes de enjuiciarlos y condenarlos.
(Vaya diablo sotanero).
Cuando llegaron a la humilde parroquia, todo era bullicio. La gente iba y venía hablando entre dientes, buscando con desesperación. Las mujeres, principalmente, trataban de contener los malos comentarios cubriéndose la boca con el rebozo. Pero con todo y la buena intención, hacían escuchar sus cuchicheos.
-No, pa' mí que si el padre no aparece, es porque algo muy malo está pasando.
-Cállate mujer; estamos en la casa de Dios.
Las mujeres mayores como doña Luz, doña Chona y doña Cirila, que eran las que más se dejaban mirar en aquel alboroto, tenían conocimiento de la historia que se rumoreaba en torno a la parroquia. Por ser asiduas concurrentes a los actos litúrgicos, estaban enteradas hasta de aquello que no importaba a la santa fe. También, para vivir felices, alguna vez habían aprovechado eso de "entre amigas" y "no se lo digas a nadie", para echar a volar secretillos falsos que servían para poner a prueba a las mujeres ingenuas.
El supuesto secreto, se iba de boca en boca, creciendo, asombrando conforme a la creatividad de las chismosas; y volvía buscando el origen, en su obligado caballo de humor: ¿quién te lo dijo?... me lo contó fulana. Finalmente, la puntada era cerrada con un divertido "quería calarte". ¡Vaya, si las tres doñas eran de temer!
Pero no todo lo que borregueaba tenía el sello de la mentira. Un año hacía, que el cura en turno, recién salido del seminario, persignado, mustio y modosito, había llegado a pie y se había ido en coche nuevo. Y las malas lenguas seguían afirmando: se fueron rodando las limosnas, las misas, los bautizos, y hasta las bodas de los valientes que se animaron.
Tiempo atrás, el cura anterior también dejó malos recuerdos: mandó bajar de la torre, la campana que mejor sonido tenía, la que al decir de la gente, se escuchaba hasta el otro lado del mundo; ¿y todo para qué?; para llevársela sin que se supieran causas ni pretextos. Ni él ni la campana volvieron.
-En mil campanas, aseguró Donato, yo conozco la que nos robaron.
El sonido se mete en las orejas como miel de penca, como el zumbido de los enjambres que se van poquito a poco.
A pesar de tantas inconformidades, ya no golpearon los badajos; ni en mil ni en una. La campana se perdió, y los devotos se quedaron durante muchos meses, sin oficiante ni instrumento pregonero de la santa voz.
Ahora, el tiempo que había pasado tenía tranquilos a los parroquianos, conformados con aquella cosa que ruideaba como cartera de panadero; y que no se escuchaba siquiera a la vuelta de la esquina. Después de dos malas experiencias, ahí estaba el pueblo; primero a la expectativa, luego en su triste realidad: sin guía espiritual.
-Vayan con María Bailón, pidió doña Luz.
-¿Ella es la que lava la ropa del padre?, preguntó la voluntaria.
-Ella mera. Ella tiene que saber algo del padre... ¡cómo que no aparece!
La gente que se quedó esperando, aprovechó para especular. Uno se había llevado la campana; otro había gastado las limosnas en su provecho; ¿qué más habría de interés, que pudiera llevarse un sinvergüenza?, ¿el crucifijo que estaba en el altar mayor; el Santísimo? La inquietud tenía mil razones de ser.
De pronto apareció Donato, el picueco más extrovertido de La Escondida. Atrás de él, jadeante y sudorosa, también regresaba la mujer enviada por la información. Los dos hablaron a un tiempo:
-¡No hay misa; vámonos!
-¿Pero qué pasó?, les contestó un coro de diablas, ¿por qué no hay misa?
Mientras la mujer iba a santiguarse al pie del crucifijo, Donato respiró hondo y trató de satisfacer la curiosidad de la gente.
-No hay misa, señoras; anunció por segunda vez.
Aunque el volumen de la voz brotó normal, resonó en el santo y silencioso espacio de la parroquia.
-¿Por qué, Donato?, ¿qué dijo María?
-Nada. Ha de estar durmiendo calientita.
-Pero el cura, Donato; ¿no está?
-No, señoras; ni el cura ni María.
Las miradas no pudieron ser más interrogantes, pidiendo información. Que ninguno hubiera sido localizado, no necesariamente era malo; que María Bailón durmiera fría o caliente, no era razón para suspender una misa. La gente se negaba a creer que las palabras de aquel hereje trajeran malas noticias; se negaba a mirar en aquel rostro el mensaje de alarma.
-¿Qué pasó?, dinos qué pasó; le exigía.
Finalmente, Donato, deseando dejar abierta la posibilidad de un mal entendido, soltó la noticia:
-Nada; nada que yo 'haiga' mirado; pero según parece... el padre se robó a la María.
-¡Madre santísima! -Exclamaron las mujeres-, ¿cómo que se la llevó?
Y una voz nueva intervino en defensa del párroco.
-¿Cómo se le metería el diablo a esta muchacha? Qué necesidad había de que sonsacara al padrecito...
No terminaba de manifestarse, y aún movía la cabeza en señal de franca desaprobación, cuando le dieron la respuesta.
-Anda tú; estás llena de chamacos, y no sabes cómo se le mete el diablo a una mujer.
Otra mujer que prudentemente ignoró la chanza, abundó en la insensatez a pesar de lo bien intencionada en sus palabras.
-Era la viva tentación en la casa cural. Era el cántaro que a tanto y tanto...
-Era nada, señora; atajó Donato. La mujer que quiere diablo, hasta en la sotana lo encuentra.
La gente mayor, influenciada por las decepciones de toda una vida, tenía una visión y un concepto diferentes de lo que era un sacerdote. Si bien había quien los veía como santos, para los detractores de edad no eran menos hombres ni menos pecadores que cualquier vecino. Decir padre, cura o sacerdote, no pasaba de ser simple reconocimiento al estudio; como albañil se le decía a quien pegaba adobes, y panadero al que hacía pan. Por lo pronto, faltaba confirmar la huída de la pareja, antes de enjuiciarlos y condenarlos.
(Vaya diablo sotanero).
sábado, 21 de enero de 2012
Una docena más
CIERTO es, no es lo mismo ver los toros desde lejos, que andar en la revuelta. Yo tampoco pensé como la gente de seso; a mí también se me calentó la fragua y me solté haciendo lo mismo que hicieron los viejos en sus buenos tiempos... y tanto que los criticaba.
¿Pos qué no había televisión? -les decía-. Con un poquito que lo hubieran pensado, cuando mucho fuéramos media docena; no que por causa de eso, nos fuimos criando con "burritos"... y así nos fuimos encarrerados pa' la escuela; burritos...
Ahí andaba mi amá remojando las tortillas en los machigüis, poniéndoles la tantita sal que les daba sabor; y nosotros, la docena de hijos que parió, rodeándola como si estuviéramos esperando el bolo después del bautizo, como si fuéramos pollitos alrededor de la gallina o cochis desesperados trompeando la canoa.
Y crecí, después de todo; y paré las orejas, aunque no como la gente que comprende. Porque conocí a la Caralampia con la que me casé, y le aventé con ganas tooodas mis energías. Tanto fue así, que se hinchaba con los primeros golpes bajos que le acomodaba. Yo la dejaba que respirara tantito, pero en cuanto se levantaba de la cuarentena pa' hacer el negocio de la casa con salú, se me alborotaba la calentura junto con el vicio y la tumbaba otra vez... ¡já! Y ella que tantito quería.
En esas íbamos, pasando la media docena, cuando mi apá me la reviró. Como que nomás estaba esperando la oportunidá.
-Ora tú -me dijo-, ¿pos qué no tienes televisión?
No le contesté. Así de sorpresa como me agarró, nomás me le quedé mirando. Yo estaba contento con el nuevo nacimiento, haciendo planes pa'l futuro, y él cortándome la inspiración, viendo que tenía la papa atravesada en el pescuezo.
-Ora tú -me repitió-, no te hagas tarugo; te hice una pregunta.
-Mire apá... usté ya sabe; los hijos son la felicidá.
Pa' cuando le respondí, ya se me habían espantado las malas ideas. La mera verdá, cuando no había luz, ese era el pretesto; con las películas de la televisión, se nos despertaba el apetito; cuando hacía frío, pos me iba de paso por calentarme las manos; y cuando llegaba el calor... era poquito pior, en dos por tres ya andábamos enredados.
No quiero hablar mal de la Caralampia, pero semos tal para cual. En los tiempos buenos eructábamos felicidá, nos hartábamos de quitarnos el frío, de achicharrarnos con la llegada de la canícula. Y ora que la mentada viagra ni me hace, no hay fijón, al fin que ya nos acabamos lo que había en el zarzo.
Entre mi vieja y yo... hicimos una docena más, como en los viejos tiempos.
¿Pos qué no había televisión? -les decía-. Con un poquito que lo hubieran pensado, cuando mucho fuéramos media docena; no que por causa de eso, nos fuimos criando con "burritos"... y así nos fuimos encarrerados pa' la escuela; burritos...
Ahí andaba mi amá remojando las tortillas en los machigüis, poniéndoles la tantita sal que les daba sabor; y nosotros, la docena de hijos que parió, rodeándola como si estuviéramos esperando el bolo después del bautizo, como si fuéramos pollitos alrededor de la gallina o cochis desesperados trompeando la canoa.
Y crecí, después de todo; y paré las orejas, aunque no como la gente que comprende. Porque conocí a la Caralampia con la que me casé, y le aventé con ganas tooodas mis energías. Tanto fue así, que se hinchaba con los primeros golpes bajos que le acomodaba. Yo la dejaba que respirara tantito, pero en cuanto se levantaba de la cuarentena pa' hacer el negocio de la casa con salú, se me alborotaba la calentura junto con el vicio y la tumbaba otra vez... ¡já! Y ella que tantito quería.
En esas íbamos, pasando la media docena, cuando mi apá me la reviró. Como que nomás estaba esperando la oportunidá.
-Ora tú -me dijo-, ¿pos qué no tienes televisión?
No le contesté. Así de sorpresa como me agarró, nomás me le quedé mirando. Yo estaba contento con el nuevo nacimiento, haciendo planes pa'l futuro, y él cortándome la inspiración, viendo que tenía la papa atravesada en el pescuezo.
-Ora tú -me repitió-, no te hagas tarugo; te hice una pregunta.
-Mire apá... usté ya sabe; los hijos son la felicidá.
Pa' cuando le respondí, ya se me habían espantado las malas ideas. La mera verdá, cuando no había luz, ese era el pretesto; con las películas de la televisión, se nos despertaba el apetito; cuando hacía frío, pos me iba de paso por calentarme las manos; y cuando llegaba el calor... era poquito pior, en dos por tres ya andábamos enredados.
No quiero hablar mal de la Caralampia, pero semos tal para cual. En los tiempos buenos eructábamos felicidá, nos hartábamos de quitarnos el frío, de achicharrarnos con la llegada de la canícula. Y ora que la mentada viagra ni me hace, no hay fijón, al fin que ya nos acabamos lo que había en el zarzo.
Entre mi vieja y yo... hicimos una docena más, como en los viejos tiempos.
El relinchón
Don Alejo Meiva, hombre regordete y de setenta ya empolvados años, se quiso poner relinchón con su mujer doña Oralia Frías. Hacía muchas lunas y soles que no practicaba esas cosas que, en su muy lejana juventud, habían sido de todos los días; pero eso sí, de teoría estaba empapado.
...No cabe duda, todo tiene su tiempo y sucede cuando tiene que suceder. Antes de ir "a lo que te truje" y de actuar a lo "rencoroso", un maldito calambre le encogió el pie.
Precisamente el único bueno que tenía, porque el otro, el malo, lo tenía asegurado para que no pasara una contingencia como esa, con un grueso y largo tornillo que le habían puesto los doctores, después de un accidente.
Doña Oralia, mortificada por los lamentos que su cónyuge lanzaba a los ocho vientos, corrió hacia él conforme las llantas mantequeras se lo permitieron. Ahí, sobándole los achaques al mañoso de su marido, supo de "sus buenas intenciones".
Lo primero que recibió la buena mujer fue una bocanada de reconcentrada gingivitis, revuelta con caries y nicotina.
Arrugando la cara como consecuencia de aquel viento que pudo ser mortal para una mosca, preguntó:
-¿Este es el malo?
"...¡Sí!", alcanzó a responder don Alejo, antes de beberse el tufo de halitosis que desde muchos años atrás cargaba doña Oralia. Luego, volviendo la cara para no ser víctima de otra ráfaga venenosa, soltó:
"Acuérdate de que el otro nomás rechina por los fierros que me pusieron, pero nunca se acalambra ni me deja en evidencia".
Pasado el encogimiento y sufriendo apenas leves punzadas musculares, aún sobándose pues, don Alejo le confesó: "Fíjate nomás. Apenas iba estirando la pata, pa' ejercitarme porque amanecí amoroso, y se torció con el puro pensamiento".
-Te iba a dar un beso -agregó luego-.
-Ni Dios lo quiera -contestó ella-. Y se pusieron a considerar los nuevos tiempos, hablando de lado y tapándose la boca, para no echarse las fetideces a la cara.
-De que te apestan los pies, yo nunca digo nada...
"Y yo hago como que no miro que ya te salió bigote..."
-¿Ya te diste cuenta de que roncas como gorila de circo?
"¿Y tú sí?"
-Nada, nada, viejo. Acuérdate del 'mi nana para mi tata' y que 'todo por servir se acaba'. Vamos de bajada; ¿qué nos queda? Ya ves, hasta por pensar en lo que no debes hacer... te torciste.
Estas y otras consideraciones hicieron para terminar la historia de las buenas intenciones, aunque no por eso dejaron de ser dos enamorados setentones.
Publicado en Quehacer Cultural No.922.
...No cabe duda, todo tiene su tiempo y sucede cuando tiene que suceder. Antes de ir "a lo que te truje" y de actuar a lo "rencoroso", un maldito calambre le encogió el pie.
Precisamente el único bueno que tenía, porque el otro, el malo, lo tenía asegurado para que no pasara una contingencia como esa, con un grueso y largo tornillo que le habían puesto los doctores, después de un accidente.
Doña Oralia, mortificada por los lamentos que su cónyuge lanzaba a los ocho vientos, corrió hacia él conforme las llantas mantequeras se lo permitieron. Ahí, sobándole los achaques al mañoso de su marido, supo de "sus buenas intenciones".
Lo primero que recibió la buena mujer fue una bocanada de reconcentrada gingivitis, revuelta con caries y nicotina.
Arrugando la cara como consecuencia de aquel viento que pudo ser mortal para una mosca, preguntó:
-¿Este es el malo?
"...¡Sí!", alcanzó a responder don Alejo, antes de beberse el tufo de halitosis que desde muchos años atrás cargaba doña Oralia. Luego, volviendo la cara para no ser víctima de otra ráfaga venenosa, soltó:
"Acuérdate de que el otro nomás rechina por los fierros que me pusieron, pero nunca se acalambra ni me deja en evidencia".
Pasado el encogimiento y sufriendo apenas leves punzadas musculares, aún sobándose pues, don Alejo le confesó: "Fíjate nomás. Apenas iba estirando la pata, pa' ejercitarme porque amanecí amoroso, y se torció con el puro pensamiento".
-Te iba a dar un beso -agregó luego-.
-Ni Dios lo quiera -contestó ella-. Y se pusieron a considerar los nuevos tiempos, hablando de lado y tapándose la boca, para no echarse las fetideces a la cara.
-De que te apestan los pies, yo nunca digo nada...
"Y yo hago como que no miro que ya te salió bigote..."
-¿Ya te diste cuenta de que roncas como gorila de circo?
"¿Y tú sí?"
-Nada, nada, viejo. Acuérdate del 'mi nana para mi tata' y que 'todo por servir se acaba'. Vamos de bajada; ¿qué nos queda? Ya ves, hasta por pensar en lo que no debes hacer... te torciste.
Estas y otras consideraciones hicieron para terminar la historia de las buenas intenciones, aunque no por eso dejaron de ser dos enamorados setentones.
Publicado en Quehacer Cultural No.922.
viernes, 20 de enero de 2012
Yo no tuve abuelo
Los abuelos, según cuentan los imaginativos con fervor infantil, son los que consienten a los nietos; los que haciendo alarde del conocimiento adquirido a través de los años, trastocan las realidades de otro tiempo, las manipulan, para convertirlas en cuentos.
Yo me digo: puede ser. El que conocí fue diferente.
Era viudo. Nunca me contó historias de mi abuela; ni verdades ni mentiras. Dicen que tocaba el violín, pero nunca le oí tararear alguna vieja melodía. Que era herrero, puede ser. En un tejabán estaba un yunque, pero él nunca me platicó de los colores mágicos del fuego, ni de la fragua o la historia del carbón. Yo sólo sabía de él, que era mi abuelo.
Un día, de esos que se asientan en la memoria cuando la conciencia duerme, yo me descubrí obedeciendo una orden.
-Niño -dijo mi padre-, ve corriendo por tu abuelo; dile que venga a desayunar.
Y fui por él, le di el recado, lo tomé de la mano y lo llevé al hogar. Él escuchó el mensaje y simplemente se dejó llevar. Caminamos en silencio, como dos desconocidos. No se interesó en las cosas de mi corta vida, yo no quise perturbar su pensamiento, no quise buscar con palabras imprudentes los recuerdos del hombre que era mi abuelo. !Qué sensación tan extraña sentí, al tocar la mano de la indiferencia!
Así pasó una vez, y otra, y otra; sin que una sola palabra saliera de su boca; sin que yo conociera la voz cálida del afecto.
Me recuerdo todavía levantando la mirada, observando su rostro, con hambre de aquellos cuentos que otros niños disfrutaban. Pero él, atrapado tal vez en el pasado tormentoso, mudo seguía. Sin hablar del acero dócil sometido tantas veces a su voluntad, ni de las viejas serenatas que yo sólo imaginaba para la joven que sería mi abuela.
Luego de sentarse, sonreía en plan agradecido, me acariciaba el pelo, y yo me escabullía por ahí, pendiente de sus movimientos y sus palabras.
Siempre sucedía lo mismo: una vez servido el plato que era de frijol caldudo, y la taza humeante que era de café negro, tomaba el salero y lo vaciaba en el café; destapaba la azucarera, y le ponía seis cucharadas a los frijoles.
Yo hubiera creído que así le gustaban los alimentos, pero no; se me ocurría al fin que no miraba.
"Ah, qué dulce me quedó", decía del plato; "ah, qué salado está el café", decía de la taza. Luego, comedido mi padre, retiraba el desperdicio y pedía:
-Sírvele otro plato, mujer; dale más café a mi padre.
Y mi madre, silenciosa, cumplía la orden. Pero allá, a espaldas de los comensales movía la cabeza y la boca; como diciendo alguna inconveniencia.
De pronto, como si el incidente hiciera un milagro, el abuelo dejaba escapar las únicas palabras que recuerdo:
-Eres muy bueno, hijo. A ti te voy a dejar la casa.
Estando él vivo todavía, nunca supe por qué confesaba un sentimiento especial; nunca supe también, por qué prometía lo que nadie le pedía. Lo que sí era claro, es que después de hacer aquella promesa, todo volvía a la normalidad del silencio, de la mudez total.
Así sucedía siempre. Yo iba por él, él tomaba asiento, cometía la barbaridad, le servían de nuevo, prometía, terminaba el desayuno y se iba; claro, sin faltar los gestos y las palabras inconvenientes de mi madre. Ella más que nadie sabía la situación apremiante de la familia.
¿Cuentos, historias, recuerdos? No, no los conocí.
Al fin, siendo yo niño aún, el abuelo murió. Se fue callado, sin hacer lamento alguno; ni testamento... tampoco testamento. La casa tantas veces prometida quedó sola, abandonada.
Hasta entonces conocí el propósito de su silencio, de la promesa que hacía, y por qué a todos los herederos les decía lo mismo. Pretendía que no lo dejaran morir de hambre; que acaso por interés le tendieran la mano.
También supe, pasado el tiempo, la razón del estropicio silencioso que armaba: lo hacía por desconfianza. Era una estrategia para evitar que uno de los diez hijos que tenía, lo envenenara. Por eso echaba a perder los alimentos que servía mi madre con tanto sacrificio. También de ella desconfiaba.
Dar un halago, ofrecer la vieja casa de la familia en agradecimiento por las atenciones, era una forma de dar disculpas.
Eso no era todo. Yendo así, de prevención en prevención, también cambiaba de ruta y destino para buscar el sustento; concentrado siempre en evitarse una tragedia.
Más tenía el anciano para defenderse. Aunque no era rico, lo creía. Y si fue abuelo, nunca tuvo nietos. El miedo, tal vez el terror, le quitó el privilegio de ser padre por segunda vez.
Concentrado en su plan de vida, el abuelo que yo no tuve alimentó el interés y la ambición de los hijos, para buscar su propio beneficio. Su conciencia, lo sé, no estuvo tranquila; no tenía paz para ser lo que debía.
¿Por qué -habrán de preguntar-, hago un recuento de amarguras?
Sabiendo que los años no perdonan al viajero de este mundo, debo confesar que espero el tiempo; el tiempo de mover las verdades, de alterar viejas manías, de armar mis fantasías, de contar a mis nietos por venir que, si ahora no tengo dientes, es porque deben caer para que renazcan en esos niños que adoro; es el precio del amor... que si no hay energía en estos brazos, es porque se consumió en los miles de abrazos que hasta en sueños repartí.
La historia del abuelo que nunca tuve, es una lección provechosa. Yo no tengo bienes materiales, no tengo riquezas ni temores; y sé que todo el oro del mundo es nada, ante la dicha de ser abuelo. Quiero romper los modelos caprichosos del atavismo, heredarle a mis nietos de poquito en poquito, el único tesoro que tengo: el corazón apolillado de un viejo fantasioso, para que nunca más se diga... !yo no tuve abuelo!
!Descúbrete!... si te gusta una historia, ¿por qué no lo dices?
Yo me digo: puede ser. El que conocí fue diferente.
Era viudo. Nunca me contó historias de mi abuela; ni verdades ni mentiras. Dicen que tocaba el violín, pero nunca le oí tararear alguna vieja melodía. Que era herrero, puede ser. En un tejabán estaba un yunque, pero él nunca me platicó de los colores mágicos del fuego, ni de la fragua o la historia del carbón. Yo sólo sabía de él, que era mi abuelo.
Un día, de esos que se asientan en la memoria cuando la conciencia duerme, yo me descubrí obedeciendo una orden.
-Niño -dijo mi padre-, ve corriendo por tu abuelo; dile que venga a desayunar.
Y fui por él, le di el recado, lo tomé de la mano y lo llevé al hogar. Él escuchó el mensaje y simplemente se dejó llevar. Caminamos en silencio, como dos desconocidos. No se interesó en las cosas de mi corta vida, yo no quise perturbar su pensamiento, no quise buscar con palabras imprudentes los recuerdos del hombre que era mi abuelo. !Qué sensación tan extraña sentí, al tocar la mano de la indiferencia!
Así pasó una vez, y otra, y otra; sin que una sola palabra saliera de su boca; sin que yo conociera la voz cálida del afecto.
Me recuerdo todavía levantando la mirada, observando su rostro, con hambre de aquellos cuentos que otros niños disfrutaban. Pero él, atrapado tal vez en el pasado tormentoso, mudo seguía. Sin hablar del acero dócil sometido tantas veces a su voluntad, ni de las viejas serenatas que yo sólo imaginaba para la joven que sería mi abuela.
Luego de sentarse, sonreía en plan agradecido, me acariciaba el pelo, y yo me escabullía por ahí, pendiente de sus movimientos y sus palabras.
Siempre sucedía lo mismo: una vez servido el plato que era de frijol caldudo, y la taza humeante que era de café negro, tomaba el salero y lo vaciaba en el café; destapaba la azucarera, y le ponía seis cucharadas a los frijoles.
Yo hubiera creído que así le gustaban los alimentos, pero no; se me ocurría al fin que no miraba.
"Ah, qué dulce me quedó", decía del plato; "ah, qué salado está el café", decía de la taza. Luego, comedido mi padre, retiraba el desperdicio y pedía:
-Sírvele otro plato, mujer; dale más café a mi padre.
Y mi madre, silenciosa, cumplía la orden. Pero allá, a espaldas de los comensales movía la cabeza y la boca; como diciendo alguna inconveniencia.
De pronto, como si el incidente hiciera un milagro, el abuelo dejaba escapar las únicas palabras que recuerdo:
-Eres muy bueno, hijo. A ti te voy a dejar la casa.
Estando él vivo todavía, nunca supe por qué confesaba un sentimiento especial; nunca supe también, por qué prometía lo que nadie le pedía. Lo que sí era claro, es que después de hacer aquella promesa, todo volvía a la normalidad del silencio, de la mudez total.
Así sucedía siempre. Yo iba por él, él tomaba asiento, cometía la barbaridad, le servían de nuevo, prometía, terminaba el desayuno y se iba; claro, sin faltar los gestos y las palabras inconvenientes de mi madre. Ella más que nadie sabía la situación apremiante de la familia.
¿Cuentos, historias, recuerdos? No, no los conocí.
Al fin, siendo yo niño aún, el abuelo murió. Se fue callado, sin hacer lamento alguno; ni testamento... tampoco testamento. La casa tantas veces prometida quedó sola, abandonada.
Hasta entonces conocí el propósito de su silencio, de la promesa que hacía, y por qué a todos los herederos les decía lo mismo. Pretendía que no lo dejaran morir de hambre; que acaso por interés le tendieran la mano.
También supe, pasado el tiempo, la razón del estropicio silencioso que armaba: lo hacía por desconfianza. Era una estrategia para evitar que uno de los diez hijos que tenía, lo envenenara. Por eso echaba a perder los alimentos que servía mi madre con tanto sacrificio. También de ella desconfiaba.
Dar un halago, ofrecer la vieja casa de la familia en agradecimiento por las atenciones, era una forma de dar disculpas.
Eso no era todo. Yendo así, de prevención en prevención, también cambiaba de ruta y destino para buscar el sustento; concentrado siempre en evitarse una tragedia.
Más tenía el anciano para defenderse. Aunque no era rico, lo creía. Y si fue abuelo, nunca tuvo nietos. El miedo, tal vez el terror, le quitó el privilegio de ser padre por segunda vez.
Concentrado en su plan de vida, el abuelo que yo no tuve alimentó el interés y la ambición de los hijos, para buscar su propio beneficio. Su conciencia, lo sé, no estuvo tranquila; no tenía paz para ser lo que debía.
¿Por qué -habrán de preguntar-, hago un recuento de amarguras?
Sabiendo que los años no perdonan al viajero de este mundo, debo confesar que espero el tiempo; el tiempo de mover las verdades, de alterar viejas manías, de armar mis fantasías, de contar a mis nietos por venir que, si ahora no tengo dientes, es porque deben caer para que renazcan en esos niños que adoro; es el precio del amor... que si no hay energía en estos brazos, es porque se consumió en los miles de abrazos que hasta en sueños repartí.
La historia del abuelo que nunca tuve, es una lección provechosa. Yo no tengo bienes materiales, no tengo riquezas ni temores; y sé que todo el oro del mundo es nada, ante la dicha de ser abuelo. Quiero romper los modelos caprichosos del atavismo, heredarle a mis nietos de poquito en poquito, el único tesoro que tengo: el corazón apolillado de un viejo fantasioso, para que nunca más se diga... !yo no tuve abuelo!
!Descúbrete!... si te gusta una historia, ¿por qué no lo dices?
Pablito
Papá -dijo Pablito, preso aún por el hipo que le producía el sentimiento y el dolor momentáneo de los golpes-, tú me pegas cuando me porto mal; ¿y a ti quién te pega? ¿Dios?
La decisión, injusta ciertamente, de golpear al niño no había sido fácil ni difícil. Había ocurrido en un instante impreciso en el tiempo y en el razonamiento. Dentro de esa inconsciencia, el único que había perdido una vez más era Pablito.
"Papá -insistió el niño-, ¿quién hace las leyes que castigan a los niños? ¿Dios?".
Las preguntas fueron golpes certeros a la conciencia, al corazón y al espíritu paterno. El impacto hizo huella en el corazón del padre, y éste se convulsionó en forma por demás notoria, a la vez que gruesas lágrimas corrían por la pendiente de su rostro.
"!Cuánta luz necesito para comprender y querer a mi hijo!", se decía mientras apretaba contra su pecho el cuerpo de Pablito.
La emoción que experimentaba al despertar en un mundo de amor que no conocía, lo hacía volver constantemente a los espasmos y al llanto cuando ya creía recobrada la calma. No se daba cuenta que una carita confundida lloraba junto con él y sonreía junto con él, sin comprender lo que pasaba.
Al fin tuvo fuerza suficiente para tomar a su hijo por los hombros y descubrirle el mundo que ignoraba.
"Hijo... las leyes que castigan a los niños no las hizo Dios... !las hacen las bestias!... !bestias como yo... que no actuamos por amor sino por instinto!... !bestias que cobramos a los hijos las frustraciones que nos ocasiona la sociedad!... Algún día Dios me juzgará... ¿pero de qué servirá ese juicio postrero si cuando debo cuidarte te ataco?"
"No llores, papito -dijo el niño aún sin comprender-; ya no me duele".
La decisión, injusta ciertamente, de golpear al niño no había sido fácil ni difícil. Había ocurrido en un instante impreciso en el tiempo y en el razonamiento. Dentro de esa inconsciencia, el único que había perdido una vez más era Pablito.
"Papá -insistió el niño-, ¿quién hace las leyes que castigan a los niños? ¿Dios?".
Las preguntas fueron golpes certeros a la conciencia, al corazón y al espíritu paterno. El impacto hizo huella en el corazón del padre, y éste se convulsionó en forma por demás notoria, a la vez que gruesas lágrimas corrían por la pendiente de su rostro.
"!Cuánta luz necesito para comprender y querer a mi hijo!", se decía mientras apretaba contra su pecho el cuerpo de Pablito.
La emoción que experimentaba al despertar en un mundo de amor que no conocía, lo hacía volver constantemente a los espasmos y al llanto cuando ya creía recobrada la calma. No se daba cuenta que una carita confundida lloraba junto con él y sonreía junto con él, sin comprender lo que pasaba.
Al fin tuvo fuerza suficiente para tomar a su hijo por los hombros y descubrirle el mundo que ignoraba.
"Hijo... las leyes que castigan a los niños no las hizo Dios... !las hacen las bestias!... !bestias como yo... que no actuamos por amor sino por instinto!... !bestias que cobramos a los hijos las frustraciones que nos ocasiona la sociedad!... Algún día Dios me juzgará... ¿pero de qué servirá ese juicio postrero si cuando debo cuidarte te ataco?"
"No llores, papito -dijo el niño aún sin comprender-; ya no me duele".
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