La sonrisa es santa:
se descubre en los niños de paz imperturbable
cuando están en el regazo.
La sonrisa es propia de los ángeles:
apenas dibujada, hace gritar jubiloso al corazón:
¡Qué ternura! ¡Bendita la madre que te trajo al mundo!
La sonrisa es de los hombres justos:
se anuncia ingénita en los rostros infantiles.
La sonrisa, si es falsa y amiga de la envidia,
esconde la mirada y hace sentir en los oídos
eco de palabras estudiadas.
La sonrisa es también,
máscara de fiera que olfatea la desgracia:
le brillan los ojillos, farfulla las ideas,
le sudan las manos, le falta el aliento...
y mira fijamente a la víctima
o palmea los hombros con falsa condolencia,
igual que los gatos si juegan con la presa,
antes de dar la tarascada letal.
La sonrisa, pues, privilegio divino de los hombres,
es también efluvio de los seres imperfectos,
miasma de la bonhomía que muere.
La esencia de los hombres está en la sonrisa:
la verdad, la hipocresía;
el bien, el mal; el odio, el amor.
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miércoles, 28 de marzo de 2012
martes, 27 de marzo de 2012
La noche sin mañana
Estacionado el carro de paletas, don Luis mira su reloj de pulsera. Faltan pocos minutos para que los niños salgan al receso matutino de la escuela. Se sienta por ahí. Su rostro curtido por el sol y marcado ya por numerosas arrugas, tiene expresión indiferente.
En su diario trajinar por las rúas de la ciudad, sólo tiene tres momentos de reposo para su cuerpo: la hora de entrada de los niños que espera, el receso y la salida. Mientras la hora de posible venta llega, camina por ahí sin rumbo ni destino; se va con desgano, autómata, siempre atrás de su carro.
Lo más pesado del día es la tarde. Tan pronto como los niños desaparecen de su vista, echa la triste mirada hacia las calles desiertas y, muy a su pesar, hace sonar la campanilla y arranca.
Los jovenzuelos de añejos y malsanos sentimientos, sonríen. Alguno aplica la acuciosa mirada, observa bien y comparte el extraño descubrimiento: el hombre del carrito parece que va en una competencia deportiva. Causa gracia; él solo se da el toque de arranque, y él solo emprende la salida.
Se va al paso, con parsimonia; sabedor acaso de que lleva demasiada ventaja. Toma su tiempo, se detiene a tomar agua y mira de cualquier forma hacia atrás, como si temiera ser alcanzado. Pero también mira de reojo, sospechando tal vez que una sombra lo rebase.
Nada de eso pasa. En su diaria rutina de trabajo donde apenas gana para mal vivir, los eventos deportivos le inspiran otros intereses. Él estaría presente como el comerciante que es, en su más humilde representación; pero no como deportista.
Su proyecto de vida es de corto plazo; apenas dura doce horas. Comienza a las siete de la mañana y termina a las siete de la noche; justo cuando el sol se duerme. Cabalmente podría decirse de él, que labora de sol a sol. Sin embargo, a pesar de la dura jornada, el trato que recibe como trabajador es justo; así lo parece. No se mortifica por la obtención de ganancias extras; no lucha por una comisión; su cuerpo no da para mayor esfuerzo. Si vende más, menos o igual que en el día transcurrido, no le causa preocupación; siempre gana lo mismo.
Observando a don Luis, somera o minuciosamente, se descubre que no tiene talento para el comercio. Y sea él quien falla o el patrón porque no le da la orientación debida, el resultado es el mismo.
¿A quién se le ocurre traer uñas largas y llenas de tierra?, ¿a quién que se jacte de tener 'tres dedos de frente', se le ocurre llevar un pañuelo colgante en la bolsa trasera del pantalón, y con él asearse la nariz, limpiar el polvo del carro paletero y secar los helados?
¿Cuántas veces un posible cliente se ahuyenta por la mala presencia del vendedor, por las malas prácticas que mira, o tal vez por lo que sólo imagina?
Un paletero que lleva exprofeso un pañuelo para los mocos, para secarse las manos, para sacudir el polvo de su negocio ambulante, amén como dicen, de manejar dinero y alimentos sin el mínimo cuidado, no puede tener mayor aspiración que la de vender su producto al atrevido que pone en riesgo la salud donde hay falta de higiene.
El peregrinar de don Luis no puede ser promisorio. Sin la luz de la conciencia, no puede tener mayor aspiración. Ante la posibilidad de que los niños puedan contraer alguna enfermedad, se puede hacer una pregunta más: ¿Cuántos padres prefieren el berrinche del hijo, a tener qué lidiar con los efectos de una mala decisión?
Esto se puede reflexionar desde la óptica paterna; no precisamente desde la inconsciencia de don Luis. Si él supiera que la diferencia entre el éxito y el fracaso de su modesto negocio está en la higiene, posiblemente usaría cubreboca; pero no lo sabe. Nunca lo ha sabido. Para aspirar a una noche con mañana distinto, es necesario tener una almohada que aconseje; que después de oír los íntimos anhelos, diga lo que se debe hacer.
Tristemente hemos de reconocer: donde no hay sueños, anida el fracaso; donde no hay conciencia, está el fracaso. Es ahí donde duermen la frustración y el desencanto de los hombres de trabajo que merecen un amanecer promisorio. Desgraciadamente no saben siquiera, que la conciencia es una lucecita motivadora, que alumbra el camino del éxito desde que el hombre está en su más tierna edad; ni imaginan, vaya, que "lo que no fue en su año, sí hace daño". Claro, sin la preparación adecuada, el resultado final sólo puede llamarse fracaso. Aún para vender paletas, hace falta el sentido común que se traduzca en higiene.
En su diario trajinar por las rúas de la ciudad, sólo tiene tres momentos de reposo para su cuerpo: la hora de entrada de los niños que espera, el receso y la salida. Mientras la hora de posible venta llega, camina por ahí sin rumbo ni destino; se va con desgano, autómata, siempre atrás de su carro.
Lo más pesado del día es la tarde. Tan pronto como los niños desaparecen de su vista, echa la triste mirada hacia las calles desiertas y, muy a su pesar, hace sonar la campanilla y arranca.
Los jovenzuelos de añejos y malsanos sentimientos, sonríen. Alguno aplica la acuciosa mirada, observa bien y comparte el extraño descubrimiento: el hombre del carrito parece que va en una competencia deportiva. Causa gracia; él solo se da el toque de arranque, y él solo emprende la salida.
Se va al paso, con parsimonia; sabedor acaso de que lleva demasiada ventaja. Toma su tiempo, se detiene a tomar agua y mira de cualquier forma hacia atrás, como si temiera ser alcanzado. Pero también mira de reojo, sospechando tal vez que una sombra lo rebase.
Nada de eso pasa. En su diaria rutina de trabajo donde apenas gana para mal vivir, los eventos deportivos le inspiran otros intereses. Él estaría presente como el comerciante que es, en su más humilde representación; pero no como deportista.
Su proyecto de vida es de corto plazo; apenas dura doce horas. Comienza a las siete de la mañana y termina a las siete de la noche; justo cuando el sol se duerme. Cabalmente podría decirse de él, que labora de sol a sol. Sin embargo, a pesar de la dura jornada, el trato que recibe como trabajador es justo; así lo parece. No se mortifica por la obtención de ganancias extras; no lucha por una comisión; su cuerpo no da para mayor esfuerzo. Si vende más, menos o igual que en el día transcurrido, no le causa preocupación; siempre gana lo mismo.
Observando a don Luis, somera o minuciosamente, se descubre que no tiene talento para el comercio. Y sea él quien falla o el patrón porque no le da la orientación debida, el resultado es el mismo.
¿A quién se le ocurre traer uñas largas y llenas de tierra?, ¿a quién que se jacte de tener 'tres dedos de frente', se le ocurre llevar un pañuelo colgante en la bolsa trasera del pantalón, y con él asearse la nariz, limpiar el polvo del carro paletero y secar los helados?
¿Cuántas veces un posible cliente se ahuyenta por la mala presencia del vendedor, por las malas prácticas que mira, o tal vez por lo que sólo imagina?
Un paletero que lleva exprofeso un pañuelo para los mocos, para secarse las manos, para sacudir el polvo de su negocio ambulante, amén como dicen, de manejar dinero y alimentos sin el mínimo cuidado, no puede tener mayor aspiración que la de vender su producto al atrevido que pone en riesgo la salud donde hay falta de higiene.
El peregrinar de don Luis no puede ser promisorio. Sin la luz de la conciencia, no puede tener mayor aspiración. Ante la posibilidad de que los niños puedan contraer alguna enfermedad, se puede hacer una pregunta más: ¿Cuántos padres prefieren el berrinche del hijo, a tener qué lidiar con los efectos de una mala decisión?
Esto se puede reflexionar desde la óptica paterna; no precisamente desde la inconsciencia de don Luis. Si él supiera que la diferencia entre el éxito y el fracaso de su modesto negocio está en la higiene, posiblemente usaría cubreboca; pero no lo sabe. Nunca lo ha sabido. Para aspirar a una noche con mañana distinto, es necesario tener una almohada que aconseje; que después de oír los íntimos anhelos, diga lo que se debe hacer.
Tristemente hemos de reconocer: donde no hay sueños, anida el fracaso; donde no hay conciencia, está el fracaso. Es ahí donde duermen la frustración y el desencanto de los hombres de trabajo que merecen un amanecer promisorio. Desgraciadamente no saben siquiera, que la conciencia es una lucecita motivadora, que alumbra el camino del éxito desde que el hombre está en su más tierna edad; ni imaginan, vaya, que "lo que no fue en su año, sí hace daño". Claro, sin la preparación adecuada, el resultado final sólo puede llamarse fracaso. Aún para vender paletas, hace falta el sentido común que se traduzca en higiene.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Héroes anónimos
Ayer platiqué con don Juan Laurean. Lo miré tan de buen ánimo, que se me antojó preguntarle la razón. Con todo y que no inspira confianza para intercambiar palabras, le dije:
-Don Juan, hoy lo miro feliz. ¿A qué se debe, pues?
-Mira, Benito -me contestó-; hoy temprano, poco antes de que el sol amenazara con salir, recibí una llamada de mi hija. Llamó para anunciar que ya es R5. ¿Sabes lo que eso quiere decir?
-No, don Juan; si me lo pregunta a mí que no sé de esos negocios, lo único que le puedo decir es que usted sigue torcido; le está metiendo dinero bueno al malo. Eso es lo que entiendo.
Don Juan sonrió. Y es mucho decir. La naturaleza no le dio facultades para que eche carcajadas. Cuando más contento se pone, apenas se le dibuja una sonrisa.
-No, Benito -me aclaró-. Aparte de eso de invertir, que es muy cierto, mi hija comienza otro proyecto de dos años. Imagínate; primero estudió seis años para ser médico, médico; luego hizo una especialidad de cuatro años; y ahora comienza otro periodo de dos años para estudiar quién sabe qué cosa.
Todavía me acuerdo de su primera fiesta y se me enchina la piel. El doctor que tenía el micrófono para felicitar a los muchachos, dijo: "quiero felicitarlos muy sinceramente, porque finalmente se han instalado en el primer peldaño de esta dificil carrera. Pero no se hagan ilusiones, muchachos; no se engañen. Los felicito, no por lo que ustedes hicieron; aunque eso de quemarse las pestañas y soportar tan agobiantes jornadas de trabajo tenga mérito. Tampoco los felicito por las calificaciones obtenidas; no, muchachos. Ustedes no han dejado de ser estudiantes para los verdaderos héroes.
"Busquen entre los invitados a esta fiesta, vean ese rostro de felicidad que seguramente han visto mortificado en otros tiempos. Yo sé que cada uno de ustedes tiene un héroe, o dos. Ese brillo que hoy tienen ellos en el rostro, la satisfacción que les inflama el pecho y esas ganas de llorar que dificilmente soportan, es lo único que ganan por el triunfo de ustedes.
"Los felicito, muchachos, y muy sinceramente digo, por tener unos padres que nunca dijeron 'no tengo' o 'no puedo', cuando de mandarles la mesada se trató.
"Ellos, sólo ellos, son los verdaderos héroes del sacrificio en esta fiesta. Ustedes, colegas, se han dedicado a estudiar, a sembrar para ustedes. Y mientras han pasado su corta vida estudiando, ellos han trabajado toda la vida para ustedes; han permanecido en el anonimato, bajo sus pies, para que ustedes puedan mirar un futuro prometedor a través de la ventana universitaria.
"Mientras ustedes buscan una vida digna como profesionistas, ellos se privaron ya de muchas cosas elementales, para inyectarle a la sociedad una persona de bien".
Ah, que doctorcito. Sabrá Dios lo que estudió para curar el alma de los padres. Todo el mundo se quedó callado.
Repentinamente los muchachos aplaudieron, abandonaron sus lugares y también dejaron, con el alboroto, de escuchar el mensaje del orador; todo por darles en aquel momento, un abrazo a sus padres.
-Oiga, don Juan -lo interrumpí-; se lo voy a decir con todo respeto, ¿no se le hace que sigue tirando el dinero? Yo digo, las gentes mayores aseguran que las mujeres son para que las mantenga el marido; que es a los hijos, a los que se debe dar escuela. ¿Usted no piensa igual?
Don Juan volvió a sonreír; pero ahora comprensivo.
-¡Qué voy a pensar igual, Benito!... Mira: la mujer preparada tiene muchas ventajas en la vida. Si le sale marido que no sirva, lo deja; si le resulta mantenido y listo, seguro la trata bien; pero si halla pareja de su mismo nivel, ¿te puedes imaginar que le vaya mal?
-No, don Juan; no me lo imagino.
-Acuérdate, Benito; no está lejos el tiempo de las mujeres golpeadas. Es hora de que sepan defenderse... y no sólo del marido sino de la vida.
Yo me quedé pensando: don Juan no es de la bola; no es del montón. Eso creo. No piensa que 'la voz del pueblo es la voz de Dios'. No se lo dije, pero también quedé convencido de que, darle estudio a una hija no es mala inversión ni beneficio para otros. Todo el esfuerzo que los padres hacen, es para bien de los hijos; no importa si son hombres o mujeres. Así, cuando vuelan por el mundo, es más probable que les vaya bien.
-Don Juan, hoy lo miro feliz. ¿A qué se debe, pues?
-Mira, Benito -me contestó-; hoy temprano, poco antes de que el sol amenazara con salir, recibí una llamada de mi hija. Llamó para anunciar que ya es R5. ¿Sabes lo que eso quiere decir?
-No, don Juan; si me lo pregunta a mí que no sé de esos negocios, lo único que le puedo decir es que usted sigue torcido; le está metiendo dinero bueno al malo. Eso es lo que entiendo.
Don Juan sonrió. Y es mucho decir. La naturaleza no le dio facultades para que eche carcajadas. Cuando más contento se pone, apenas se le dibuja una sonrisa.
-No, Benito -me aclaró-. Aparte de eso de invertir, que es muy cierto, mi hija comienza otro proyecto de dos años. Imagínate; primero estudió seis años para ser médico, médico; luego hizo una especialidad de cuatro años; y ahora comienza otro periodo de dos años para estudiar quién sabe qué cosa.
Todavía me acuerdo de su primera fiesta y se me enchina la piel. El doctor que tenía el micrófono para felicitar a los muchachos, dijo: "quiero felicitarlos muy sinceramente, porque finalmente se han instalado en el primer peldaño de esta dificil carrera. Pero no se hagan ilusiones, muchachos; no se engañen. Los felicito, no por lo que ustedes hicieron; aunque eso de quemarse las pestañas y soportar tan agobiantes jornadas de trabajo tenga mérito. Tampoco los felicito por las calificaciones obtenidas; no, muchachos. Ustedes no han dejado de ser estudiantes para los verdaderos héroes.
"Busquen entre los invitados a esta fiesta, vean ese rostro de felicidad que seguramente han visto mortificado en otros tiempos. Yo sé que cada uno de ustedes tiene un héroe, o dos. Ese brillo que hoy tienen ellos en el rostro, la satisfacción que les inflama el pecho y esas ganas de llorar que dificilmente soportan, es lo único que ganan por el triunfo de ustedes.
"Los felicito, muchachos, y muy sinceramente digo, por tener unos padres que nunca dijeron 'no tengo' o 'no puedo', cuando de mandarles la mesada se trató.
"Ellos, sólo ellos, son los verdaderos héroes del sacrificio en esta fiesta. Ustedes, colegas, se han dedicado a estudiar, a sembrar para ustedes. Y mientras han pasado su corta vida estudiando, ellos han trabajado toda la vida para ustedes; han permanecido en el anonimato, bajo sus pies, para que ustedes puedan mirar un futuro prometedor a través de la ventana universitaria.
"Mientras ustedes buscan una vida digna como profesionistas, ellos se privaron ya de muchas cosas elementales, para inyectarle a la sociedad una persona de bien".
Ah, que doctorcito. Sabrá Dios lo que estudió para curar el alma de los padres. Todo el mundo se quedó callado.
Repentinamente los muchachos aplaudieron, abandonaron sus lugares y también dejaron, con el alboroto, de escuchar el mensaje del orador; todo por darles en aquel momento, un abrazo a sus padres.
-Oiga, don Juan -lo interrumpí-; se lo voy a decir con todo respeto, ¿no se le hace que sigue tirando el dinero? Yo digo, las gentes mayores aseguran que las mujeres son para que las mantenga el marido; que es a los hijos, a los que se debe dar escuela. ¿Usted no piensa igual?
Don Juan volvió a sonreír; pero ahora comprensivo.
-¡Qué voy a pensar igual, Benito!... Mira: la mujer preparada tiene muchas ventajas en la vida. Si le sale marido que no sirva, lo deja; si le resulta mantenido y listo, seguro la trata bien; pero si halla pareja de su mismo nivel, ¿te puedes imaginar que le vaya mal?
-No, don Juan; no me lo imagino.
-Acuérdate, Benito; no está lejos el tiempo de las mujeres golpeadas. Es hora de que sepan defenderse... y no sólo del marido sino de la vida.
Yo me quedé pensando: don Juan no es de la bola; no es del montón. Eso creo. No piensa que 'la voz del pueblo es la voz de Dios'. No se lo dije, pero también quedé convencido de que, darle estudio a una hija no es mala inversión ni beneficio para otros. Todo el esfuerzo que los padres hacen, es para bien de los hijos; no importa si son hombres o mujeres. Así, cuando vuelan por el mundo, es más probable que les vaya bien.
domingo, 5 de febrero de 2012
Quiero ser buen estudiante
Está terminando el año escolar,
y el maestro ya me aseguró que voy a pasar.
Pero yo me pregunto:
¿Hice todo lo que podía
para sacarme las calificaciones que merecía?
Porque yo reconozco que tuve momentos de pereza,
de cansancio, distracciones y pleitos
que hicieron del grupo un desastre.
Descubrí que no hay maestro bueno
cuando los alumnos no quieren estudiar.
Quiero considerar esta experiencia para reflexionar;
porque quiero ser buen estudiante.
Y dice el profesor que eso es fácil;
que sólo hace falta numerar las hojas de mi cuaderno
y poner la fecha en cada trabajo
para que tú, mamá,
puedas ver si trabajo o no trabajo,
si aprendo o no aprendo;
porque para ser buen estudiante,
también necesito la vigilancia que puedes darme
en cinco minutos del día de tu descanso.
¡Mamá!
Quiero ser buen estudiante;
quiero conocer el mundo que quieres que conozca;
ser con el tiempo, útil a mi gente.
Quiero corresponder a tus cuidados
para que digas con orgullo el día de mañana:
¡Ese... es mi hijo!
y el maestro ya me aseguró que voy a pasar.
Pero yo me pregunto:
¿Hice todo lo que podía
para sacarme las calificaciones que merecía?
Porque yo reconozco que tuve momentos de pereza,
de cansancio, distracciones y pleitos
que hicieron del grupo un desastre.
Descubrí que no hay maestro bueno
cuando los alumnos no quieren estudiar.
Quiero considerar esta experiencia para reflexionar;
porque quiero ser buen estudiante.
Y dice el profesor que eso es fácil;
que sólo hace falta numerar las hojas de mi cuaderno
y poner la fecha en cada trabajo
para que tú, mamá,
puedas ver si trabajo o no trabajo,
si aprendo o no aprendo;
porque para ser buen estudiante,
también necesito la vigilancia que puedes darme
en cinco minutos del día de tu descanso.
¡Mamá!
Quiero ser buen estudiante;
quiero conocer el mundo que quieres que conozca;
ser con el tiempo, útil a mi gente.
Quiero corresponder a tus cuidados
para que digas con orgullo el día de mañana:
¡Ese... es mi hijo!
Una lágrima
El director se jubiló. Por primera vez los alumnos y los profesores del plantel, supieron que su voz podía quebrarse víctima de la emoción, como cuando los maestros tenían algún problema grave o los estudiantes reprendidos debían justificar la mala acción cometida.
Para decir adiós a quienes lo acompañaron en los últimos años de servicio, buscó en la lejanía el motivo que ahuyentara su deseo de llorar, pero no lo encontró. Cuando se dio por vencido, pretendió mirar de frente al público con la seriedad que en otro tiempo había impuesto respeto y temor, pero encontró miradas expectantes; ojos que, atraídos en un solo punto, tenían la virtud de fulminarlo, desaparecerlo, de achicar su figura y su carácter.
Trató de decir adiós y no pudo; quiso pedir perdón, sólo perdón, y la voz se negó a salir; buscó el apoyo de las manos para decir espérenme un poquito, para solicitar el vaso de agua que necesitaba, pero, prendidas al micrófono, se negaron a obedecer; las dos le temblaban al ritmo del corazón alocado.
Fue necesario que moviera la cabeza de izquierda a derecha en su desesperación; de la derecha a la izquierda, para deshacer el nudo que le impedía hablar. Entonces, el malestar que se eternizaba, arrancó un aplauso estruendoso y el ruido de las palmas hizo que aflorara una lágrima; y esa lágrima, como la energía que huye, estuvo a punto de hacer que el director, en otra hora fuerte, diera en el piso.
Una maestra alcanzó a tomar el micrófono y se quedó esperando que alguien más tranquilo, tratara de expresar las palabras de despedida que el director no había podido manifestar. El resto del personal comenzó a señalarla con el índice, como diciendo "tú, compañera; tú".
Por fin la maestra habló, y dijo:
"Esa lágrima que vimos, dice más que mil palabras. Hay en ella sentimientos encontrados. Está presente la alegría del hombre que tiene la vista fija, en el camino que lo llevará hasta su familia. Por otro lado, esa lágrima también es de dolor; y ese dolor se justifica, porque ahora deja una familia que lo acompañó durante los treinta años que le dan el derecho a la jubilación.
"Si un día lo vimos serio, fue porque la gravedad de los problemas exigía concentración; si un día lo vimos triste, debió ser por la preocupación que ocasionan los niños que no estudian, que abandonan la escuela para seguir el camino equivocado. Hoy no está serio nuestro director, hoy no está triste; esa lágrima es de alegría... y dolor profundo.
"Hace 30 años, dejó una familia para cumplir un deber hacia ésta que forman los niños que buscan un mejor futuro en los libros; hoy regresará por el camino que lo trajo. ¿Hallará vivos a sus padres?, ¿a sus hermanos?
"En treinta años también los hijos crecen; tal vez por no haberlos acompañado cuando cumplieron años y cuando se enfermaron, lo reciban con la indiferencia que gana el desconocido... esa lágrima que vimos tiene historia; es alegría, incertidumbre, dolor. Nuestro aplauso puede ser el pago amoroso por la siembra que el profesor hizo en 30 años..."
Un aplauso más fuerte que el primero, interrumpió a la maestra. El director inclinó la cabeza para esconder una nueva lágrima. No hubo más palabras; nadie más habló. Mientras los alumnos pasaron de uno en uno a despedir al profesor, las palmas arreciaron su castigo, en una sincera expresión de alegría, motivada en el adiós. (D.C.S.)
Para decir adiós a quienes lo acompañaron en los últimos años de servicio, buscó en la lejanía el motivo que ahuyentara su deseo de llorar, pero no lo encontró. Cuando se dio por vencido, pretendió mirar de frente al público con la seriedad que en otro tiempo había impuesto respeto y temor, pero encontró miradas expectantes; ojos que, atraídos en un solo punto, tenían la virtud de fulminarlo, desaparecerlo, de achicar su figura y su carácter.
Trató de decir adiós y no pudo; quiso pedir perdón, sólo perdón, y la voz se negó a salir; buscó el apoyo de las manos para decir espérenme un poquito, para solicitar el vaso de agua que necesitaba, pero, prendidas al micrófono, se negaron a obedecer; las dos le temblaban al ritmo del corazón alocado.
Fue necesario que moviera la cabeza de izquierda a derecha en su desesperación; de la derecha a la izquierda, para deshacer el nudo que le impedía hablar. Entonces, el malestar que se eternizaba, arrancó un aplauso estruendoso y el ruido de las palmas hizo que aflorara una lágrima; y esa lágrima, como la energía que huye, estuvo a punto de hacer que el director, en otra hora fuerte, diera en el piso.
Una maestra alcanzó a tomar el micrófono y se quedó esperando que alguien más tranquilo, tratara de expresar las palabras de despedida que el director no había podido manifestar. El resto del personal comenzó a señalarla con el índice, como diciendo "tú, compañera; tú".
Por fin la maestra habló, y dijo:
"Esa lágrima que vimos, dice más que mil palabras. Hay en ella sentimientos encontrados. Está presente la alegría del hombre que tiene la vista fija, en el camino que lo llevará hasta su familia. Por otro lado, esa lágrima también es de dolor; y ese dolor se justifica, porque ahora deja una familia que lo acompañó durante los treinta años que le dan el derecho a la jubilación.
"Si un día lo vimos serio, fue porque la gravedad de los problemas exigía concentración; si un día lo vimos triste, debió ser por la preocupación que ocasionan los niños que no estudian, que abandonan la escuela para seguir el camino equivocado. Hoy no está serio nuestro director, hoy no está triste; esa lágrima es de alegría... y dolor profundo.
"Hace 30 años, dejó una familia para cumplir un deber hacia ésta que forman los niños que buscan un mejor futuro en los libros; hoy regresará por el camino que lo trajo. ¿Hallará vivos a sus padres?, ¿a sus hermanos?
"En treinta años también los hijos crecen; tal vez por no haberlos acompañado cuando cumplieron años y cuando se enfermaron, lo reciban con la indiferencia que gana el desconocido... esa lágrima que vimos tiene historia; es alegría, incertidumbre, dolor. Nuestro aplauso puede ser el pago amoroso por la siembra que el profesor hizo en 30 años..."
Un aplauso más fuerte que el primero, interrumpió a la maestra. El director inclinó la cabeza para esconder una nueva lágrima. No hubo más palabras; nadie más habló. Mientras los alumnos pasaron de uno en uno a despedir al profesor, las palmas arreciaron su castigo, en una sincera expresión de alegría, motivada en el adiós. (D.C.S.)
Una casa
Una casa puede ser un hogar,
remanso de armonía
y nido del amor;
pero también una prisión
o el mismo infierno
cuando mueren los afectos.
De tamaño descomunal y lujosa,
puede tener coches deportivos
de último modelo;
también atesorar en cada rincón
los avances de la tecnología
y repetir en cada pared
ecos de ausencia humana.
Una casa puede ser la choza humilde
donde moran inclementes
el hambre, las penas, la miseria;
pero también refugio de almas
que sueñan futuro promisorio
en castillo de grotescos muros.
Una casa, una casa...
puede ser un edificio frío,
vacío, sin bullicio, olvidado;
pero también el techo amable
de una familia feliz.
En ella caben tristeza y alegría,
los sueños, la indolencia,
también el odio que reduce espacios
y el amor, ¡claro!, el amor
que todo lo hace grande... y bello,
¡El amor como herencia de Dios!
remanso de armonía
y nido del amor;
pero también una prisión
o el mismo infierno
cuando mueren los afectos.
De tamaño descomunal y lujosa,
puede tener coches deportivos
de último modelo;
también atesorar en cada rincón
los avances de la tecnología
y repetir en cada pared
ecos de ausencia humana.
Una casa puede ser la choza humilde
donde moran inclementes
el hambre, las penas, la miseria;
pero también refugio de almas
que sueñan futuro promisorio
en castillo de grotescos muros.
Una casa, una casa...
puede ser un edificio frío,
vacío, sin bullicio, olvidado;
pero también el techo amable
de una familia feliz.
En ella caben tristeza y alegría,
los sueños, la indolencia,
también el odio que reduce espacios
y el amor, ¡claro!, el amor
que todo lo hace grande... y bello,
¡El amor como herencia de Dios!
sábado, 4 de febrero de 2012
El retorno
Hoy regresó mi hijo. Vino a pasar las vacaciones escolares en casa, una vez más. Pobrecillo, me digo, cómo le llega fuerte la nostalgia todavía. Hace tanto tiempo que la necesidad de estudiar lo hizo partir.
"¿Qué se hizo el árbol donde subíamos mis hermanos y yo?" -pregunta-.
-Lo cortaron -le respondo-. Lo cortaron porque estaba levantando la banqueta con las raíces.
"Y la tiendita que estaba en la esquina, ¿qué se hizo?, ¿y el baldío donde jugábamos mis amigos y yo?, ¿y el señor de los tacos?"
En las últimas venidas, eso es lo que ha preguntado. Ve clara la transformación del mundo que vio en su niñez.
Yo lo miro salir, ir deliberadamente en busca de las amistades, y volver pronto con gran desilusión. "En días pasados aquí anduvieron", le digo.
Por fin se pone en paz, mira su entorno hogareño, se busca en las fotografías que detienen su infancia, y suspira.
No tengo palabras ni ánimo para interpretar su sentimiento; pero veo bien que la nostalgia lo consume. Pienso en el futuro. En que llega el día de su partida y se va, dejando una vez más vacía la silla del comedor. Lo miro levantando la mano para despedirse, pero amenazando al mismo tiempo, sin que lo sepa, no volver.
Quisiera contarle que más adelante pensará en los edificios principales de la ciudad, en el parque, en las fiestas regionales, pero no en el árbol de su niñez ni en la tienda del vecino; ni siquiera en el baldío donde pasó su más tierna infancia. Esa es la siguiente etapa, quisiera decirle; pero no tengo valor.
En ese futuro inmediato que pienso, veo clara la siguiente parte de su vida.
Cuando pase el tiempo, mirará a través de los alimentos y de la ropa de temporada. Sí; aunque parezca increible. Recordará el sabor de una comida, de un dulce regional, el calor de una prenda representativa de su estado natal, cuando esa nostalgia que ahora lo trastorna, se diluya en los años de la vejez.
No puedo adelantarle lo que pienso y lo que siento; no puedo. No tengo valor para decirle, que en la vejez todo se vuelve suspiros... y lamentos.
En ella hay fotografías amarillas, que son el espíritu de las personas amadas; anécdotas que arrancan sonrisas tristes; edificios derruidos que dejaron escapar el eco de pasadas alegrías. No, no tengo valor para adelantar esas cosas del destino.
En este su retorno, sólo quiero saber que regresó; aunque luego sufra por su inevitable partida.
"¿Qué se hizo el árbol donde subíamos mis hermanos y yo?" -pregunta-.
-Lo cortaron -le respondo-. Lo cortaron porque estaba levantando la banqueta con las raíces.
"Y la tiendita que estaba en la esquina, ¿qué se hizo?, ¿y el baldío donde jugábamos mis amigos y yo?, ¿y el señor de los tacos?"
En las últimas venidas, eso es lo que ha preguntado. Ve clara la transformación del mundo que vio en su niñez.
Yo lo miro salir, ir deliberadamente en busca de las amistades, y volver pronto con gran desilusión. "En días pasados aquí anduvieron", le digo.
Por fin se pone en paz, mira su entorno hogareño, se busca en las fotografías que detienen su infancia, y suspira.
No tengo palabras ni ánimo para interpretar su sentimiento; pero veo bien que la nostalgia lo consume. Pienso en el futuro. En que llega el día de su partida y se va, dejando una vez más vacía la silla del comedor. Lo miro levantando la mano para despedirse, pero amenazando al mismo tiempo, sin que lo sepa, no volver.
Quisiera contarle que más adelante pensará en los edificios principales de la ciudad, en el parque, en las fiestas regionales, pero no en el árbol de su niñez ni en la tienda del vecino; ni siquiera en el baldío donde pasó su más tierna infancia. Esa es la siguiente etapa, quisiera decirle; pero no tengo valor.
En ese futuro inmediato que pienso, veo clara la siguiente parte de su vida.
Cuando pase el tiempo, mirará a través de los alimentos y de la ropa de temporada. Sí; aunque parezca increible. Recordará el sabor de una comida, de un dulce regional, el calor de una prenda representativa de su estado natal, cuando esa nostalgia que ahora lo trastorna, se diluya en los años de la vejez.
No puedo adelantarle lo que pienso y lo que siento; no puedo. No tengo valor para decirle, que en la vejez todo se vuelve suspiros... y lamentos.
En ella hay fotografías amarillas, que son el espíritu de las personas amadas; anécdotas que arrancan sonrisas tristes; edificios derruidos que dejaron escapar el eco de pasadas alegrías. No, no tengo valor para adelantar esas cosas del destino.
En este su retorno, sólo quiero saber que regresó; aunque luego sufra por su inevitable partida.
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