Amigos lectores:
La página "Te lo cuento", de David Cibrián Santacruz, a la que se puede entrar con más facilidad escribiendo sólo 'Mataron a la josca', estará cerrando en el mes de septiembre del año 2012, nada más y nada menos que l000 visitas; esto, Gracias a ustedes.
Si tomamos en cuenta que la contabilidad comenzó en el mes de mayo pasado, considero que no es malo el resultado. Y si pensamos además que el nombre del cuentero David Cibrián Santacruz, comenzó desde el mismísimo anonimato y que los lectores no tienen obligación o compromiso de ninguna clase con este mexicano que escribe por placer, más razón tengo para agradecer y saludar por este medio, a quienes me animan a escribir sinceramente y sin eufemismos lo que me inspira la realidad del mundo.
Vean, amigos, el orden que fueron tomando los visitantes de las diferentes partes del mundo: México en primer lugar, tal vez porque el cuentero escriba de la campiña y sociedad mexicanas; después vienen Estados Unidos, Alaska, Alemania, Rusia, Canadá, Ecuador, Perú, Argentina, Colombia, España, Reino Unido, Corea del Sur, Bolivia, Panamá, Malasia, Honduras, Guatemala, Chile, Francia, Puerto Rico y Venezuela. Por cierto, Venezuela hizo presencia apenas el día 21 de agosto pasado.
Amigos lectores, realmente agradezco de corazón la presencia virtual de ustedes. Por tal razón les notifico que, de los 47 textos que he puesto a consideración del público, los más leídos han sido Mataron a la josca, La última voluntad, Héroes anónimos, Una lágrima, Panadería Ayón, Primer corte de plátano y Vaya tío.
Los invito a checar el archivo, ya que por ahí están El padre se robó a la María, Está cañón, El retorno y Hola campeón, que muy probablemente les recuerden experiencias personales o locales. Chao, amigos; y nuevamente Gracias, Gracias, Gracias.
Atentamente: David Cibrián Santacruz, el "Cuentero"; desde Nayarit y Sonora, México, para el mundo.
Compartir historias reales o ficticias.Aceptar críticas o sugerencias y posibles invitaciones a lecturas por su autor.
viernes, 24 de agosto de 2012
Agradecimiento y saludo a los lectores
viernes, 3 de agosto de 2012
Parecía chango
... Hablemos de un errorcillo en la acción educativa.
La escuela primaria deja en el corazón de quienes la abandonan, recuerdos que marcan el alma y forjan el espíritu. El viejo edificio inspira; es la primera ventanita que permite sospechar nuevos horizontes.
Las boletas ganadas con poco o mucho esfuerzo; los diplomas obtenidos con dedicación; las participaciones artísticas que se plasmaron en las fotografías; los amigos y los profesores que se perdieron en los caminos del mundo... todo nos deja huella; hasta los horribles exámenes que empiezan con el diagnóstico de septiembre y siguen hasta el mes de junio, evidenciando la ignorancia y también la habilidad para copiar, vuelven como recuerdos caprichosos para arrancar una sonrisa de felicidad o un gesto de tristeza.
El caso de Paco, niño de cuarto grado, es parte de la historia que duele y que debe hacer camino a la reflexión.
Sus compañeros de grupo lo conocieron desde que llegó a primer año.
Aunque fue inquieto y que no desperdiciaba las oportunidades para levantarse de su asiento, siempre alcanzó las notas suficientes para irse al siguiente grado: de primero a segundo, de segundo a tercero, de tercero a cuarto; y de cuarto... quiso Dios que al cielo. Diez años tenía.
Sí; el día que la maestra Gabina informó los nombres de quienes habían aprobado, él fue uno de los afortunados que saltó para festejar su pase.
Era fin de año, junio, mes de las mayores exigencias administrativas. El director estaba en la oficina, precisamente firmando los certificados de los alumnos de sexto y recibiendo por partes la documentación que debía entregar a la superioridad. En el patio y en las aulas todo era algarabía, entusiasmo, gozo.
Para evitar la acumulación de documentos en el escritorio, el director hacía llamar a los maestros que necesitaba. Esa era la mecánica de todos los años, lo tradicional. Ya se sabía, sobreentendido o por instrucción verbal, que el profesor que iba a la dirección, debía dejar trabajando al grupo, sin la vigilancia necesaria.
Por ahí alguien ensayaba una poesía, algún canto, una ronda dentro del salón de clases, otros repasaban actividades curriculares y, allá en la cancha cívica, el profesor de sexto se ocupaba de que los alumnos aprendieran la coreografía del vals "Aída". Según la norma escolar, había qué cumplir con el aspecto administrativo; con el ensayo de los números artísticos que habrían de presentarse en la fiesta de clausura; pero también, desde luego, con aquello que era el calendario escolar y que exigía la presencia de los niños.
Los niños que todavía repasaban las actividades del Programa oficial, se las ingeniaban para dejar de trabajar y mirar los ensayos del vals; pidiendo permiso para ir al baño, se desviaban sin escrúpulos ni mortificación alguna, por tal de ver las evoluciones de los niños de sexto grado.
Las exigencias para trabajar en los libros de texto y en los cuadernos, no tenía sentido. Eran tantos los distractores que, seguramente, ni siquiera los estudiantes privilegiados con buen intelecto se preocupaban del repaso ni de aprender más.
Aunque en las aulas ya no había concentración para estudiar, pero sobre todo, que ya las boletas se estaban requisitando y que la gran mayoría de los estudiantes conocían su calificación final, ahí estaban los profesores tesoneros y sus alumnos: encerrados en las aulas, porque todavía faltaba una semana para que terminara el ciclo escolar.
Mientras, a pesar del ruido que llegaba de las aulas y de la cancha como distractores, el director trataba de hacer su trabajo.
En el salón de cuarto grado, la profesora Gabina revisaba por enésima vez los promedios finales y de cuando en cuando levantaba el rostro, para hacerse notar como vigilante. Cada vez que lo hacía quedaba satisfecha: hasta el niño más inquieto permanecía en su lugar, haciendo el trabajo propuesto en el pizarrón.
Ya pasaron los años que dan resignación; pero... a la luz del tiempo que ha transcurrido; al amparo de la función multiocupacional que provoca estrés; influídos por la sensatez que otorga el reposo emocional, preguntaríamos: ¿no se asemeja la muy cuestionable responsabilidad de hacer tanto al final del ciclo, con lo que hace una mujer cuando amamanta, cocina y atiende al teléfono? ¿No se presenta la multiocupación como un riesgo para los niños, que en algún momento habrán de quedar solos?
Piénsese, piénsese; ¿no peligran los niños de acción impredecible, cuando quedan solos dentro del aula?
Así como son peligrosos para otras personas los conductores que hablan por el celular mientras manejan, así los niños inquietos son el potencial enemigo de sí mismos cuando están solos.
EN algún momento, como era de esperarse, se apareció un niño de otro grupo, y desde la puerta del salón dio un recado verbal:
-Profesora Gabina... dice el director que vaya; que se lleve el cuadro de concentración, las boletas y los diplomas -dijo.
Ahí comenzó la cuenta regresiva en la vida de Paco, sin que la profesora ni los alumnos se dieran cuenta. ¿Quién puede sospechar los misteriosos designios del destino?
Antes de abandonar su aula, llevando el paquete de documentos que debían firmarse, la maestra hizo una recomendación:
-Se portan bien, niños; voy a la dirección pero vuelvo luego. No hagan que les baje calificación o que ponga una mala nota en la boleta... ¿oíste, Paco?
Y se fue, sin imaginar la tragedia que ya se gestaba. Paco, el "tremendo" Paco, nieto del señor Celestino Estrada, estaba por cometer la última imprudencia; estaba a tres minutos de su propia desgracia.
Todavía volvió la mirada la profesora, cuando iba a unos metros del salón. Nada extraño le anunció el terrible evento que llegaría. La dedicación y el silencio de los estudiantes, nada malo presagiaban. Tranquila pues, llegó a la dirección; colocó los paquetes sobre el escritorio, sacó de su bolso la calculadora y tomó asiento.
-Traigo el cuadro de concentración -dijo-, las boletas y los diplomas; todo para supervisión y firma.
-Sí, maestra; por lo pronto veamos eso -respondió el director-.
Luego, después de meditar sobre las conveniencias del orden, agregó:
-Vamos a verificar los números del cuadro de concentración y dejamos para después las firmas; ¿qué le parece?
-Como usted diga, profesor -acotó la profesora Gabina-.
En esos acuerdos iban, cuando les llegó la mala noticia.
-¡Profesora, profesora; Paco se cayó!
Es posible creer que ni el famoso Rodrigo de Triana puso tanto énfasis en la frase "tierra a la vista", cuando descubrió el Continente Americano. Sin embargo, veamos la respuesta que obtuvo la mensajera.
-Que se levante, niña -respondió fríamente la maestra y sin volver la mirada-; estoy ocupada.
Ni siquiera el profesor comprendió el carácter aprensivo del mensaje.
-Ayúdenlo, niña; la maestra está ocupada -pidió-.
-¡Es que no se mueve, director; ya le gritamos!
-¡Virgen santa! -exclamó la maestra, saliendo tan rápido como pudo y con visibles muestras de preocupación.
Los compañeros del grupo rodeaban el cuerpo y, efectivamente, dos o tres vocecitas le gritaban:
-¡Levántate, Paco... levántate por favor!
Un hilillo de sangre le escurría de una pequeña descalabrada; pero el cuerpecito permanecía inmóvil, exánime, sin responder al llamado de los amigos ni de la maestra.
-¡Levántate, Paco; levántate! -repetía ella, haciendo eco del deseo.
-¿Cómo se cayó? -Preguntó el director-. ¿Álguien vio cómo se cayó?
-¡Sí! -contestaron los niños-; nosotros vimos todo.
"Primero quiso que viéramos cómo bajan los cazadores a los venados que matan allá en las montañas -dijo uno-. Se colgó de ese tubo con las manos y los pies".
"¡Sí, director -dijo otro-; pero luego se fue hasta allá y se regresó! En cuanto llegó lo vimos caer".
Paco, el amigo que todos conocían como inquieto y temerario, se había colgado de la varilla tubular que iba de lado a lado, en lo ancho de aquel salón de material prefabricado. No contento con estar en lo alto, comenzó a deslizarse motivado por los aplausos de los compañeros; pero no pudo bajar como debía.
Los profesores conocen, seguramente... las aulas prefabricadas llevan un cintillo tubular que va de lado a lado, en la mitad de la parte ancha pero en el techo. Esa fue la trampa donde Paco dejó su energía y su corta vida. Cayó al vacío y se golpeó la nuca con el borde de un banco binario. Ya no se movió. Ya no supo de él, ni de la escuela, ni de nada.
No supo de gritos ni de lamentos; había muerto feliz por haber pasado al siguiente grado, pero también satisfecho de haber realizado el esfuerzo insensato en la meta que se había propuesto. Ir y volver colgando era un reto de muchos amigos; pero él era el mejor.
-Está muerto -dijo alguien-, ya no respira; no tiene signos vitales.
El dramático anuncio vació el sentimiento de los profesores y de los niños. Pero qué inútiles eran ya para Paco, las demostraciones de afecto por la vía de la congoja y el dolor. Ahí donde había conocido regaños y exigencias, resonó la negación.
-¡No, Paco! ¡No, hijo! -Gritó la profesora Gabina desde el paroxismo del dolor; en la débil frontera del sentimiento desbordado.
En coro patético también resonaron otras negaciones: la del director y el resto de su personal docente.
Hubo niños que, influenciados por la inocencia de los pocos años, apreciaron con serenidad la otra parte de la historia; la que no habían sospechado. "Si nos quieren" -se decían discretamente-, mientras el director echaba al viento su íntima confesión, con acento aún más aterrador que la misma muerte.
-¡No, hijo...! ¿Qué le voy a decir a tus papás?
No quisiera cansar a los profesores ni mortificar el corazón de los padres de familia, con las voces doloridas de los protagonistas que, viajando acusadoras de ida y vuelta, ya no le devolvían la vida al niño. Pero a cambio debo decir, en primer lugar y aun bajo juramento, que la historia no es producto de la fantasía.
En segundo lugar cabe decir, para que la experiencia ajena se aproveche en las nuevas generaciones de niños y profesores, debemos poner sobre la mesa y con la honestidad necesaria que el caso amerita, los cuestionamientos educativos que motiven el cambio en el aspecto administrativo al interior de las escuelas primarias.
¿Corren algún riesgo los niños, cuando quedan sin la presencia del profesor?
¿Tuvo alguna responsabilidad el director, en la desgracia de Paco?
¿Puede invertirse la estrategia laboral del director, haciendo que él vaya a los grupos por la información?
¿Fue culpable del accidente la profesora Gabina?
Y por último, ya que con supuestos y hubieras no se remedia el pasado, busquemos beneficio para el futuro con la última pregunta:
¿Pudo evitarse la tragedia; puede evitarse una tragedia?
Cuando pienso en las situaciones de abandono, generadas desde el inicio del ciclo escolar por necesidades internas de la escuela (que no deseo enumerar), también pienso: ¿alguna vez se ha visto a la actividad administrativa como generadora de inseguridad para los niños?
La orden tan repetida "pónganles cualquier cosa para que se entretengan y pasen a la dirección", es indicativa de que nunca se ha sospechado, siquiera, que invirtiendo los pasos de la investigación de datos, se pueden evitar desgracias tan lamentables como la que se describe en esta dramática historia.
La escuela primaria deja en el corazón de quienes la abandonan, recuerdos que marcan el alma y forjan el espíritu. El viejo edificio inspira; es la primera ventanita que permite sospechar nuevos horizontes.
Las boletas ganadas con poco o mucho esfuerzo; los diplomas obtenidos con dedicación; las participaciones artísticas que se plasmaron en las fotografías; los amigos y los profesores que se perdieron en los caminos del mundo... todo nos deja huella; hasta los horribles exámenes que empiezan con el diagnóstico de septiembre y siguen hasta el mes de junio, evidenciando la ignorancia y también la habilidad para copiar, vuelven como recuerdos caprichosos para arrancar una sonrisa de felicidad o un gesto de tristeza.
El caso de Paco, niño de cuarto grado, es parte de la historia que duele y que debe hacer camino a la reflexión.
Sus compañeros de grupo lo conocieron desde que llegó a primer año.
Aunque fue inquieto y que no desperdiciaba las oportunidades para levantarse de su asiento, siempre alcanzó las notas suficientes para irse al siguiente grado: de primero a segundo, de segundo a tercero, de tercero a cuarto; y de cuarto... quiso Dios que al cielo. Diez años tenía.
Sí; el día que la maestra Gabina informó los nombres de quienes habían aprobado, él fue uno de los afortunados que saltó para festejar su pase.
Era fin de año, junio, mes de las mayores exigencias administrativas. El director estaba en la oficina, precisamente firmando los certificados de los alumnos de sexto y recibiendo por partes la documentación que debía entregar a la superioridad. En el patio y en las aulas todo era algarabía, entusiasmo, gozo.
Para evitar la acumulación de documentos en el escritorio, el director hacía llamar a los maestros que necesitaba. Esa era la mecánica de todos los años, lo tradicional. Ya se sabía, sobreentendido o por instrucción verbal, que el profesor que iba a la dirección, debía dejar trabajando al grupo, sin la vigilancia necesaria.
Por ahí alguien ensayaba una poesía, algún canto, una ronda dentro del salón de clases, otros repasaban actividades curriculares y, allá en la cancha cívica, el profesor de sexto se ocupaba de que los alumnos aprendieran la coreografía del vals "Aída". Según la norma escolar, había qué cumplir con el aspecto administrativo; con el ensayo de los números artísticos que habrían de presentarse en la fiesta de clausura; pero también, desde luego, con aquello que era el calendario escolar y que exigía la presencia de los niños.
Los niños que todavía repasaban las actividades del Programa oficial, se las ingeniaban para dejar de trabajar y mirar los ensayos del vals; pidiendo permiso para ir al baño, se desviaban sin escrúpulos ni mortificación alguna, por tal de ver las evoluciones de los niños de sexto grado.
Las exigencias para trabajar en los libros de texto y en los cuadernos, no tenía sentido. Eran tantos los distractores que, seguramente, ni siquiera los estudiantes privilegiados con buen intelecto se preocupaban del repaso ni de aprender más.
Aunque en las aulas ya no había concentración para estudiar, pero sobre todo, que ya las boletas se estaban requisitando y que la gran mayoría de los estudiantes conocían su calificación final, ahí estaban los profesores tesoneros y sus alumnos: encerrados en las aulas, porque todavía faltaba una semana para que terminara el ciclo escolar.
Mientras, a pesar del ruido que llegaba de las aulas y de la cancha como distractores, el director trataba de hacer su trabajo.
En el salón de cuarto grado, la profesora Gabina revisaba por enésima vez los promedios finales y de cuando en cuando levantaba el rostro, para hacerse notar como vigilante. Cada vez que lo hacía quedaba satisfecha: hasta el niño más inquieto permanecía en su lugar, haciendo el trabajo propuesto en el pizarrón.
Ya pasaron los años que dan resignación; pero... a la luz del tiempo que ha transcurrido; al amparo de la función multiocupacional que provoca estrés; influídos por la sensatez que otorga el reposo emocional, preguntaríamos: ¿no se asemeja la muy cuestionable responsabilidad de hacer tanto al final del ciclo, con lo que hace una mujer cuando amamanta, cocina y atiende al teléfono? ¿No se presenta la multiocupación como un riesgo para los niños, que en algún momento habrán de quedar solos?
Piénsese, piénsese; ¿no peligran los niños de acción impredecible, cuando quedan solos dentro del aula?
Así como son peligrosos para otras personas los conductores que hablan por el celular mientras manejan, así los niños inquietos son el potencial enemigo de sí mismos cuando están solos.
EN algún momento, como era de esperarse, se apareció un niño de otro grupo, y desde la puerta del salón dio un recado verbal:
-Profesora Gabina... dice el director que vaya; que se lleve el cuadro de concentración, las boletas y los diplomas -dijo.
Ahí comenzó la cuenta regresiva en la vida de Paco, sin que la profesora ni los alumnos se dieran cuenta. ¿Quién puede sospechar los misteriosos designios del destino?
Antes de abandonar su aula, llevando el paquete de documentos que debían firmarse, la maestra hizo una recomendación:
-Se portan bien, niños; voy a la dirección pero vuelvo luego. No hagan que les baje calificación o que ponga una mala nota en la boleta... ¿oíste, Paco?
Y se fue, sin imaginar la tragedia que ya se gestaba. Paco, el "tremendo" Paco, nieto del señor Celestino Estrada, estaba por cometer la última imprudencia; estaba a tres minutos de su propia desgracia.
Todavía volvió la mirada la profesora, cuando iba a unos metros del salón. Nada extraño le anunció el terrible evento que llegaría. La dedicación y el silencio de los estudiantes, nada malo presagiaban. Tranquila pues, llegó a la dirección; colocó los paquetes sobre el escritorio, sacó de su bolso la calculadora y tomó asiento.
-Traigo el cuadro de concentración -dijo-, las boletas y los diplomas; todo para supervisión y firma.
-Sí, maestra; por lo pronto veamos eso -respondió el director-.
Luego, después de meditar sobre las conveniencias del orden, agregó:
-Vamos a verificar los números del cuadro de concentración y dejamos para después las firmas; ¿qué le parece?
-Como usted diga, profesor -acotó la profesora Gabina-.
En esos acuerdos iban, cuando les llegó la mala noticia.
-¡Profesora, profesora; Paco se cayó!
Es posible creer que ni el famoso Rodrigo de Triana puso tanto énfasis en la frase "tierra a la vista", cuando descubrió el Continente Americano. Sin embargo, veamos la respuesta que obtuvo la mensajera.
-Que se levante, niña -respondió fríamente la maestra y sin volver la mirada-; estoy ocupada.
Ni siquiera el profesor comprendió el carácter aprensivo del mensaje.
-Ayúdenlo, niña; la maestra está ocupada -pidió-.
-¡Es que no se mueve, director; ya le gritamos!
-¡Virgen santa! -exclamó la maestra, saliendo tan rápido como pudo y con visibles muestras de preocupación.
Los compañeros del grupo rodeaban el cuerpo y, efectivamente, dos o tres vocecitas le gritaban:
-¡Levántate, Paco... levántate por favor!
Un hilillo de sangre le escurría de una pequeña descalabrada; pero el cuerpecito permanecía inmóvil, exánime, sin responder al llamado de los amigos ni de la maestra.
-¡Levántate, Paco; levántate! -repetía ella, haciendo eco del deseo.
-¿Cómo se cayó? -Preguntó el director-. ¿Álguien vio cómo se cayó?
-¡Sí! -contestaron los niños-; nosotros vimos todo.
"Primero quiso que viéramos cómo bajan los cazadores a los venados que matan allá en las montañas -dijo uno-. Se colgó de ese tubo con las manos y los pies".
"¡Sí, director -dijo otro-; pero luego se fue hasta allá y se regresó! En cuanto llegó lo vimos caer".
Paco, el amigo que todos conocían como inquieto y temerario, se había colgado de la varilla tubular que iba de lado a lado, en lo ancho de aquel salón de material prefabricado. No contento con estar en lo alto, comenzó a deslizarse motivado por los aplausos de los compañeros; pero no pudo bajar como debía.
Los profesores conocen, seguramente... las aulas prefabricadas llevan un cintillo tubular que va de lado a lado, en la mitad de la parte ancha pero en el techo. Esa fue la trampa donde Paco dejó su energía y su corta vida. Cayó al vacío y se golpeó la nuca con el borde de un banco binario. Ya no se movió. Ya no supo de él, ni de la escuela, ni de nada.
No supo de gritos ni de lamentos; había muerto feliz por haber pasado al siguiente grado, pero también satisfecho de haber realizado el esfuerzo insensato en la meta que se había propuesto. Ir y volver colgando era un reto de muchos amigos; pero él era el mejor.
-Está muerto -dijo alguien-, ya no respira; no tiene signos vitales.
El dramático anuncio vació el sentimiento de los profesores y de los niños. Pero qué inútiles eran ya para Paco, las demostraciones de afecto por la vía de la congoja y el dolor. Ahí donde había conocido regaños y exigencias, resonó la negación.
-¡No, Paco! ¡No, hijo! -Gritó la profesora Gabina desde el paroxismo del dolor; en la débil frontera del sentimiento desbordado.
En coro patético también resonaron otras negaciones: la del director y el resto de su personal docente.
Hubo niños que, influenciados por la inocencia de los pocos años, apreciaron con serenidad la otra parte de la historia; la que no habían sospechado. "Si nos quieren" -se decían discretamente-, mientras el director echaba al viento su íntima confesión, con acento aún más aterrador que la misma muerte.
-¡No, hijo...! ¿Qué le voy a decir a tus papás?
No quisiera cansar a los profesores ni mortificar el corazón de los padres de familia, con las voces doloridas de los protagonistas que, viajando acusadoras de ida y vuelta, ya no le devolvían la vida al niño. Pero a cambio debo decir, en primer lugar y aun bajo juramento, que la historia no es producto de la fantasía.
En segundo lugar cabe decir, para que la experiencia ajena se aproveche en las nuevas generaciones de niños y profesores, debemos poner sobre la mesa y con la honestidad necesaria que el caso amerita, los cuestionamientos educativos que motiven el cambio en el aspecto administrativo al interior de las escuelas primarias.
¿Corren algún riesgo los niños, cuando quedan sin la presencia del profesor?
¿Tuvo alguna responsabilidad el director, en la desgracia de Paco?
¿Puede invertirse la estrategia laboral del director, haciendo que él vaya a los grupos por la información?
¿Fue culpable del accidente la profesora Gabina?
Y por último, ya que con supuestos y hubieras no se remedia el pasado, busquemos beneficio para el futuro con la última pregunta:
¿Pudo evitarse la tragedia; puede evitarse una tragedia?
Cuando pienso en las situaciones de abandono, generadas desde el inicio del ciclo escolar por necesidades internas de la escuela (que no deseo enumerar), también pienso: ¿alguna vez se ha visto a la actividad administrativa como generadora de inseguridad para los niños?
La orden tan repetida "pónganles cualquier cosa para que se entretengan y pasen a la dirección", es indicativa de que nunca se ha sospechado, siquiera, que invirtiendo los pasos de la investigación de datos, se pueden evitar desgracias tan lamentables como la que se describe en esta dramática historia.
lunes, 25 de junio de 2012
Hola, campeón...
(Reclamo silencioso para un alcohólico).
Hola campeón... ¡Al fin te coronaste absurdo! Pero dime, ¡dime!, ¿de qué sirve que seas congruente con la vida en el último instante y que podamos echar la platicada como gente de razón cuando ya te quedaste sordo?
Te veo y ya sé que miro cincuenta años de barbaridades; de estupideces. En mala hora te entiendo. Al verte echando tamaña siesta, ya sé porqué y también para dónde vas; ¡ya eres lógico, predecible!
Al mirarte así, en estas malas circunstancias, indiferente al café y a las galletas, y sin fastidiar a la concurrencia en este momento tan especial, te reconozco principalmente la sensatez que nunca tuviste, y que ahora de nada sirve.
¿Recuerdas cuando desparramaste el mitote de que yo te hice borracho? Le contaste a tus parientes que yo te brindé las primeras cervezas, y que una vez que supiste cómo lavarte los riñones y que saboreaste la bendita taranta, te hiciste borracho por mi culpa. ¡Vaya angelito!
¿Por qué no les dijiste de aquella larga temporada en que sacaste fiados los cigarros, a nombre de tu papá? Eso fue antes, ¿qué no?; por lo menos tres años antes de que te empinaras la primera botella. ¿Me vas a decir entonces, que Marino el de la tienda te enseñó a fumar? ¡Ya traías el gusanito de los vicios, campeón!
No creas que se me olvida cuando sonsacaste a Felipón para llevártelo a vender chicles por toda la calle "Cahuila"... ¿te acuerdas o no te acuerdas? Yo me quedé cuidando las mochilas allá en la escuela, mientras ustedes se iban a mirar viejas vichis, con el pretexto de venderles chicles. ¿No dices nada? ¿No te da la gana recordar, porque todavía te duele la santa cueriza que te acomodaron?
Eso te pasó en Tijuana, cuando apenas estabas en cuarto año de primaria... ¿ya te acordaste?
A las tantas y tantas, tú y Felipón llegaron al antro que no te convenía; y por mirar para donde no debías, ahí estuviste a muele y muele: "chicles, patrón; chicles". Con poquito que hubieras puesto atención a lo que andabas haciendo, no te pasa lo que te pasó. Pero tanto estuviste a dale y dale con tu "chicles, patrón", moviendo el hombro del doñito que resultó ser tu papá, hasta que lograste que volviera la cabeza y te mirara.
¿A quién se le ocurre, campeón, dime, a quién se le ocurre ofrecerle chicles al papá cuando está tirando una cana? ¿Acaso no viste el mujerón que tenía en las piernas?
No... y de otra tarugada que nunca platicaste, fue de aquella que te pintó de "hueva": caminaste a los siete años de edad; si todavía te imagino caminando sentado, jalándote con los pies para avanzar... y cuando hacías tus necesidades, dejabas un camino de moscas negras, que servía para localizarte.
¡Ah, que campeón! Precisamente por no querer caminar a tiempo, tu papá te arrimó la primera tunda que necesitabas. Nomás tres cintarazos te dio. Y quién lo había de sospechar; después de que nomás "agú" decías para pedir lo que se te ocurría, yo te oí gritar: "¡Ya no, papacito; ya no!" Con tres milagrosos fuetazos aprendiste a caminar, y también a pedir clemencia.
En cuanto recibiste la lección, te vi patalear y pegar la carrera, sobándote las nalgas con desesperación. Si parecía que te daban cuerda: pataleabas primero, después corrías, te detenías, te sobabas... y repetías lo mismo en cada trecho, haciendo sonreír a tus viejos.
Lo que te quiero decir con todo esto, es que ya venías torcido desde el nacimiento; mañoso pues, con rumbo equivocado.
Te mandaron a estudiar para que fueras profesionista, ¿te acuerdas? Pero un día que te visitaron tus viejos, hallaron el cuarto lleno de envases vacíos, y más apestoso que la última cantina donde fuiste cliente malo.
Mucho tiempo después, cuando ya eras pasado de cosecha, te consiguieron una novia urgida de marido... ¿recuerdas que también era de modelo descontinuado? ¡Ella pagó todo, caramba!; su vestido de novia, tu traje, el casino y la música, la comida y la cerveza; y todavía te regaló aquellos cigarros que tanto te gustaban, para que espantaras el nerviosismo. ¿Para qué, campeón, dime para qué? ¡No la usaste! ¡Ni en la noche de bodas ni después!
El día que fui a visitarte, miré cómo volaban los trapos de ella para la calle; porque la corriste de la casa. Fui testigo, campeón; ni un calzón te guardaste como recuerdo.
Pobre zonza, pagó tanto por la boda, porque quería que le dieras para "sus chicles", ¿y tú qué hiciste? Preferiste las botellas de alcohol que yo nunca te ofrecí. Y digo, si tu mujer pagó tanto para que te acostaras con ella y la desairaste, dime campeón, ¿cómo es entonces, que pediste un préstamo para guardarlo en la tanga de una cantinera, si no te gustaba el "chaca, chaca"? ¿Qué caso tenía que pagaras por mirar?
Yo lo supe luego. En cada tanda que dejaba para ti y tus coleros, le ponías un billete de doscientos pesos, por dentro del minúsculo calzón.
De esa borrachera ya no te levantaste. Perdiste el trabajo, te dejó tu mujer, te fuiste a la calle, y tu familia te ayudó con la comida, y con ropa; y tú seguiste a lo bruto el camino equivocado.
Un pantalón de mezclilla, lo cambiaste por una "caguama" y por un pantalón verde mayate que te quedó pintado, como traje de luces en el torero. No lo niegues, campeón; abajito de las rodillas te quedaron las mangas, y a pesar de que ya estabas más flaco que un carrizo, ¡te quedó apretado!
Una hermana te dio una bolsa de rastrillos desechables... pobre tonta; fueron los mismos que cambiaste por lo que era tu vicio. Te prestaron una casa, ¿te acuerdas? Desapareciste el ropero, la estufa, y las puertas, y las ventanas.
De ahí te fuiste a la casa de otro hermano, y por poco se la quemas con la colilla que tiraste debajo de un sillón. Pero lo peor, y eso lo digo yo, es que haciendo tantos años de no conocer el agua ni de oídas, fuiste a meter tus manotas en las cazuelas y en las ollas de los alimentos. Por eso te corrió tu cuñada, campeón; eras un riesgo para la salud de la familia. ¿Qué pensabas?
Ahora estás aquí, quieto, mansito, formal; finalmente lógico y predecible. Y es hasta ahora que pienso, que todos tenemos una misión en este mundo. Pero dime, campeón; tú que fuiste redondo, que nunca tuviste lado bueno ni entendederas, ¿cuál sería tu misión?
Hubo un tonto pitoniso, gringo por cierto, que predijo el fin del mundo para el 21 de mayo del sexto año impar de este milenio; que porque "dos y dos son cuatro, y cuatro y dos son seis"... y mira nomás, apenas tú te pusiste de pechito para acabar con tu mundo.
Yo sé que andabas como araña fumigada; como siempre, en el restaurante donde te vieron por última vez; borracho pues. Pero los mismos informantes aseguraron que no tiraste las sillas ni las mesas, mientras pedías un taco por caridad. Entonces, campeón, ¿cómo te caíste en lo parejo donde dicen que caíste? ¿Cómo fuiste a quedar adentro del agua y no en la orilla, cuando ni gordo eras para rodar? Y si moriste ahogado, ¿cómo es que flotaste y que tus pulmones no tenían agua?
No creas, campeón, hasta muerto revolviste el mundo y te llevaste entre las patas a tu familia. Aquí entre nos... no querían entregarles tu cuerpo, porque no te curaron. Pero, ¿recuerdas a cuántos hermanos amenazaste de muerte si te metían a un centro de rehabilitación?
La última tarugada que salió en tu nombre, la dijo un hombre de la ley que no quiso investigar tu caso. Imagínate, en rueda de prensa dijo: "ya lo habían visto bañándose en la madrugada".
¿Tú le creerías? Tú que siempre fuiste alérgico al agua, ¿le creerías a este hombre de poca ley?... Descansa en paz, campeón; ¿qué más te puedo decir? Tú solo decidiste mandar tu vida al carajo; y ya estás en donde querías... adiós campeón, adiós.
Hola campeón... ¡Al fin te coronaste absurdo! Pero dime, ¡dime!, ¿de qué sirve que seas congruente con la vida en el último instante y que podamos echar la platicada como gente de razón cuando ya te quedaste sordo?
Te veo y ya sé que miro cincuenta años de barbaridades; de estupideces. En mala hora te entiendo. Al verte echando tamaña siesta, ya sé porqué y también para dónde vas; ¡ya eres lógico, predecible!
Al mirarte así, en estas malas circunstancias, indiferente al café y a las galletas, y sin fastidiar a la concurrencia en este momento tan especial, te reconozco principalmente la sensatez que nunca tuviste, y que ahora de nada sirve.
¿Recuerdas cuando desparramaste el mitote de que yo te hice borracho? Le contaste a tus parientes que yo te brindé las primeras cervezas, y que una vez que supiste cómo lavarte los riñones y que saboreaste la bendita taranta, te hiciste borracho por mi culpa. ¡Vaya angelito!
¿Por qué no les dijiste de aquella larga temporada en que sacaste fiados los cigarros, a nombre de tu papá? Eso fue antes, ¿qué no?; por lo menos tres años antes de que te empinaras la primera botella. ¿Me vas a decir entonces, que Marino el de la tienda te enseñó a fumar? ¡Ya traías el gusanito de los vicios, campeón!
No creas que se me olvida cuando sonsacaste a Felipón para llevártelo a vender chicles por toda la calle "Cahuila"... ¿te acuerdas o no te acuerdas? Yo me quedé cuidando las mochilas allá en la escuela, mientras ustedes se iban a mirar viejas vichis, con el pretexto de venderles chicles. ¿No dices nada? ¿No te da la gana recordar, porque todavía te duele la santa cueriza que te acomodaron?
Eso te pasó en Tijuana, cuando apenas estabas en cuarto año de primaria... ¿ya te acordaste?
A las tantas y tantas, tú y Felipón llegaron al antro que no te convenía; y por mirar para donde no debías, ahí estuviste a muele y muele: "chicles, patrón; chicles". Con poquito que hubieras puesto atención a lo que andabas haciendo, no te pasa lo que te pasó. Pero tanto estuviste a dale y dale con tu "chicles, patrón", moviendo el hombro del doñito que resultó ser tu papá, hasta que lograste que volviera la cabeza y te mirara.
¿A quién se le ocurre, campeón, dime, a quién se le ocurre ofrecerle chicles al papá cuando está tirando una cana? ¿Acaso no viste el mujerón que tenía en las piernas?
No... y de otra tarugada que nunca platicaste, fue de aquella que te pintó de "hueva": caminaste a los siete años de edad; si todavía te imagino caminando sentado, jalándote con los pies para avanzar... y cuando hacías tus necesidades, dejabas un camino de moscas negras, que servía para localizarte.
¡Ah, que campeón! Precisamente por no querer caminar a tiempo, tu papá te arrimó la primera tunda que necesitabas. Nomás tres cintarazos te dio. Y quién lo había de sospechar; después de que nomás "agú" decías para pedir lo que se te ocurría, yo te oí gritar: "¡Ya no, papacito; ya no!" Con tres milagrosos fuetazos aprendiste a caminar, y también a pedir clemencia.
En cuanto recibiste la lección, te vi patalear y pegar la carrera, sobándote las nalgas con desesperación. Si parecía que te daban cuerda: pataleabas primero, después corrías, te detenías, te sobabas... y repetías lo mismo en cada trecho, haciendo sonreír a tus viejos.
Lo que te quiero decir con todo esto, es que ya venías torcido desde el nacimiento; mañoso pues, con rumbo equivocado.
Te mandaron a estudiar para que fueras profesionista, ¿te acuerdas? Pero un día que te visitaron tus viejos, hallaron el cuarto lleno de envases vacíos, y más apestoso que la última cantina donde fuiste cliente malo.
Mucho tiempo después, cuando ya eras pasado de cosecha, te consiguieron una novia urgida de marido... ¿recuerdas que también era de modelo descontinuado? ¡Ella pagó todo, caramba!; su vestido de novia, tu traje, el casino y la música, la comida y la cerveza; y todavía te regaló aquellos cigarros que tanto te gustaban, para que espantaras el nerviosismo. ¿Para qué, campeón, dime para qué? ¡No la usaste! ¡Ni en la noche de bodas ni después!
El día que fui a visitarte, miré cómo volaban los trapos de ella para la calle; porque la corriste de la casa. Fui testigo, campeón; ni un calzón te guardaste como recuerdo.
Pobre zonza, pagó tanto por la boda, porque quería que le dieras para "sus chicles", ¿y tú qué hiciste? Preferiste las botellas de alcohol que yo nunca te ofrecí. Y digo, si tu mujer pagó tanto para que te acostaras con ella y la desairaste, dime campeón, ¿cómo es entonces, que pediste un préstamo para guardarlo en la tanga de una cantinera, si no te gustaba el "chaca, chaca"? ¿Qué caso tenía que pagaras por mirar?
Yo lo supe luego. En cada tanda que dejaba para ti y tus coleros, le ponías un billete de doscientos pesos, por dentro del minúsculo calzón.
De esa borrachera ya no te levantaste. Perdiste el trabajo, te dejó tu mujer, te fuiste a la calle, y tu familia te ayudó con la comida, y con ropa; y tú seguiste a lo bruto el camino equivocado.
Un pantalón de mezclilla, lo cambiaste por una "caguama" y por un pantalón verde mayate que te quedó pintado, como traje de luces en el torero. No lo niegues, campeón; abajito de las rodillas te quedaron las mangas, y a pesar de que ya estabas más flaco que un carrizo, ¡te quedó apretado!
Una hermana te dio una bolsa de rastrillos desechables... pobre tonta; fueron los mismos que cambiaste por lo que era tu vicio. Te prestaron una casa, ¿te acuerdas? Desapareciste el ropero, la estufa, y las puertas, y las ventanas.
De ahí te fuiste a la casa de otro hermano, y por poco se la quemas con la colilla que tiraste debajo de un sillón. Pero lo peor, y eso lo digo yo, es que haciendo tantos años de no conocer el agua ni de oídas, fuiste a meter tus manotas en las cazuelas y en las ollas de los alimentos. Por eso te corrió tu cuñada, campeón; eras un riesgo para la salud de la familia. ¿Qué pensabas?
Ahora estás aquí, quieto, mansito, formal; finalmente lógico y predecible. Y es hasta ahora que pienso, que todos tenemos una misión en este mundo. Pero dime, campeón; tú que fuiste redondo, que nunca tuviste lado bueno ni entendederas, ¿cuál sería tu misión?
Hubo un tonto pitoniso, gringo por cierto, que predijo el fin del mundo para el 21 de mayo del sexto año impar de este milenio; que porque "dos y dos son cuatro, y cuatro y dos son seis"... y mira nomás, apenas tú te pusiste de pechito para acabar con tu mundo.
Yo sé que andabas como araña fumigada; como siempre, en el restaurante donde te vieron por última vez; borracho pues. Pero los mismos informantes aseguraron que no tiraste las sillas ni las mesas, mientras pedías un taco por caridad. Entonces, campeón, ¿cómo te caíste en lo parejo donde dicen que caíste? ¿Cómo fuiste a quedar adentro del agua y no en la orilla, cuando ni gordo eras para rodar? Y si moriste ahogado, ¿cómo es que flotaste y que tus pulmones no tenían agua?
No creas, campeón, hasta muerto revolviste el mundo y te llevaste entre las patas a tu familia. Aquí entre nos... no querían entregarles tu cuerpo, porque no te curaron. Pero, ¿recuerdas a cuántos hermanos amenazaste de muerte si te metían a un centro de rehabilitación?
La última tarugada que salió en tu nombre, la dijo un hombre de la ley que no quiso investigar tu caso. Imagínate, en rueda de prensa dijo: "ya lo habían visto bañándose en la madrugada".
¿Tú le creerías? Tú que siempre fuiste alérgico al agua, ¿le creerías a este hombre de poca ley?... Descansa en paz, campeón; ¿qué más te puedo decir? Tú solo decidiste mandar tu vida al carajo; y ya estás en donde querías... adiós campeón, adiós.
miércoles, 13 de junio de 2012
Vejez
Vejez... ¡ah, la vejez!
Sala de recuerdos,
museo viviente de hombres carcomidos por el tiempo.
Espacio del copretérito.
Lugar de videntes que al conjuro del "yo podía",
lentamente se consumen como el cigarrillo
que los entretiene,
mientras catan el sabor y la espuma del café.
Vejez... ¡hermosa vejez!
Vitrina de los dinosaurios;
de afortunados que recibieron mil oportunidades;
entre ellas, conocer el amor candente
que provoca la mujer en primavera,
y el afecto platónico de la musa
cuyo molde sirvió para forjar una familia.
¡Cuántos quisieran vivir en la antesala
de la ancianidad!
¡Vejez! ¡Vejez! Reducto de los vicios dormidos.
Volcán de pasiones que anuncia en fumarolas
la energía que se extingue.
La presencia del achaque,
retracta la intención de cumplir en el amor
con instinto de brioso corcel.
Sin la energía suficiente,
el ímpetu se bate en retirada
al compás del corazón desfalleciente.
¡Ah, la vejez! ¡Quién soñara en tu regazo!
Hacer antología de los buenos tiempos.
Reír acaso de los desengaños amorosos,
o sentir en la frente el tierno beso
del nieto guardián en la historia del abuelo.
¡Ah, la vejez! ¡Tan hermosa y temida a la vez!
Sept. 25 del 2003; 6:00 A.M.
Sala de recuerdos,
museo viviente de hombres carcomidos por el tiempo.
Espacio del copretérito.
Lugar de videntes que al conjuro del "yo podía",
lentamente se consumen como el cigarrillo
que los entretiene,
mientras catan el sabor y la espuma del café.
Vejez... ¡hermosa vejez!
Vitrina de los dinosaurios;
de afortunados que recibieron mil oportunidades;
entre ellas, conocer el amor candente
que provoca la mujer en primavera,
y el afecto platónico de la musa
cuyo molde sirvió para forjar una familia.
¡Cuántos quisieran vivir en la antesala
de la ancianidad!
¡Vejez! ¡Vejez! Reducto de los vicios dormidos.
Volcán de pasiones que anuncia en fumarolas
la energía que se extingue.
La presencia del achaque,
retracta la intención de cumplir en el amor
con instinto de brioso corcel.
Sin la energía suficiente,
el ímpetu se bate en retirada
al compás del corazón desfalleciente.
¡Ah, la vejez! ¡Quién soñara en tu regazo!
Hacer antología de los buenos tiempos.
Reír acaso de los desengaños amorosos,
o sentir en la frente el tierno beso
del nieto guardián en la historia del abuelo.
¡Ah, la vejez! ¡Tan hermosa y temida a la vez!
Sept. 25 del 2003; 6:00 A.M.
martes, 12 de junio de 2012
Historia de la cueva
Rosario Tesopaco, Sonora, el de 1973, era un apacible caserío lleno de gente amable y sin malicia. Tenía los brazos abiertos y francos para todos los visitantes. En la Presidencia Municipal despachaba el señor Tomás Peñúñuri, quien tenía en "Gilito" a un colaborador muy singular. Él, Gilito, venía a ser en aquel tiempo, "Intendente General" del Ayuntamiento; el cual sin piso suficiente para el trapeador (tres pequeñas piezas eran las oficinas), ni tierra que cubriera las expectativas para la escoba, llenaba la jornada laboral haciendo la función de mandadero ("traidor").
En el correo estaba como oficial "El Chino" Hernando Lavandera, hermano de Gilito ("nepotismo de provincia"). Allá abajo, camino a Cedros, vivía don Encarnación Amaya, Comisariado Ejidal. Así las cosas, mientras que el señor Peñúñuri representaba al municipio, don Chon estaba al frente de los ejidatarios.
En la escuela primaria "Josefa Ortiz de Domínguez", que en aquel tiempo y circunstancias era del estado, el profesor José María Flores estaba a cargo de la dirección. Bajo su mando estaban las profesoras Dolores Valle Arenas "Lolita", María Rita Valle Contreras, María Luisa Coronado Salazar, su esposa Rafaela Gámez y la mismísima primera dama del municipio, profesora Virginia Peñúñuri, a quien de cariño le decían "Quina".
Fue en ese 1973, cuando a final de año llegaron unos maestros a Tesopaco. Nada parecía indicar el bullicio que armarían. Llegaron con el proyecto de formar una escuela de artes y oficios, por lo que el señor Peñúñuri, interesado, buscó alojamiento para el personal y espacios para que impartieran sus clases. Dicho sea para la precisión, que noviembre y diciembre de 1973, se fueron en preparativos. Se levantó el censo poblacional, se adaptaron aulas, se realizó la inscripción, y todo quedó listo para arrancar con los trabajos en los primeros días hábiles de 1974.
Para lo que fue como un pase de tanteo, los seis meses que transcurrieron desde enero a junio de ese 1974, sirvió para que la gente confirmara la ocupación del personal federal que había albergado. Y esto abrió camino a la confianza de toda la población. Por eso, hasta la oficina de la Misión Cultural Rural No.127, llegó un día la noticia de que en la orilla del pueblo, allá en la salida hacia el ejido La Estrella, había una cueva donde vivían unas gentes.
Aunque las familias rosarenses conocían el caso desde siempre, y las autoridades y la iglesia también, nadie mostraba iniciativa para resolver o mitigar por lo menos, las dificultades de dichos vecinos. Este hecho motivó que se informara al Supervisor la situación, a la vez que alumnos y profesores de la Misión se daban a la tarea de visitar y conocer más de cerca el caso, con el fin de concientizarse y apoyar a los hermanos en desgracia.
Con esto, lo que había sido el secreto íntimo de la población, llegó a los oídos y al corazón de la comunidad. En la iglesia se abogó por ellos; en la escuela también; el señor Peñúñuri como autoridad municipal y el señor Amaya en calidad de Comisariado Ejidal; el uno y el otro se mostraron dispuestos a colaborar tan pronto como la Misión presentara un proyecto. Y se hizo.
Un día primaveral, la gente se dio cita en un lugar cercano a la bomba de agua potable, el que está por el lado norte, yendo por la calle que nace en la casa de don Jorge Valenzuela, hasta llegar al pie del cerro; y no fueron a ver solamente.
En ese lugar se mostró el plano de una casa, que presuntamente se levantaría para resolver el problema de vivienda que tenían cuatro familias. Ese sería el primer conjunto habitacional propiamente hecho, para beneficio de familias desamparadas.
El solar tenía medidas normales, 15X20, pero la construcción quedaría en una esquina, y era un rectángulo de ocho metros de ancho por diez de largo. Quedarían dos piezas de cinco por cinco hacia la calle, y un corredor de tres por diez adentro, en donde fácilmente quedarían dos cocinas, o una cocina y un cuarto para dormir.
Pero bueno, el uso no es el caso. Lo que sí importa, es que la obra era para resolver el problema de un anciano y su mujer, y el de tres hijos de este matrimonio, con sus propias mujeres. La gente se apareció con adobes, madera, agua de sabor y sodas para todos los que voluntariamente ponían su esfuerzo en la excavación de la zanja para los cimientos. Otros ayudaban en la batida de la mezcla que servía para pegar los adobes, ayudaban recortando barrotes o tablas, o bien, los que menos se ensuciaban las manos, organizaban las tareas o amenizaban la reunión con su participación artística. Tal fue el caso del profesor Ceferino Corrales Romero, Supervisor de la Misión Cultural que felicitaba a las autoridades por tan buena disposición para levantar una obra de beneficio social.
No tenía buena voz el profesor, pero lo que no se le dio en aplausos, lo superó en risas y recomendaciones para que "por favor" no siguiera echando tan malos gorgoritos; todo en buena y santa armonía.
De estos hechos hubo muchas fotografías, pero la mayoría fueron enviadas a Hermosillo. El Presidente Municipal posó para la cámara, don Encarnación Amaya, el Supervisor, los voluntarios que movieron adobes, los alumnos y las gentes que dieron agua fresca. Durante la construcción de la casa, se dieron muchas visitas a la cueva por parte de aquellos que aún tenían duda en cuanto a la afirmación de que ahí vivían cuatro familias. Y el desengaño les arrancó un "ta cañón" que en la voz coloquial y orgullosa del pueblo, ni se escuchó tan mal en los oídos; esa palabreja que pudo ser altisonante y ofensiva en otras circunstancias, fue un mero reconocimiento para quienes combatían la injusticia social, arrancando sonrisas forzadas.
Ese era el Rosario Tesopaco de 1975, el que sabía reconocer la voz de un líder y las necesidades extremas de otros; el que se divertía sanamente y se dejaba pasear en sus calles, en cualquier hora del día o en plena madrugada, bajo la pesada carga de un cartón de cerveza.
No era preciso llevar en la bolsa de la camisa la credencial de elector, o referencias especiales para ser tratado como gente o influyente; era sin duda, un pueblo de gente amable que abría los brazos francos a todos los visitantes. Que sea esto, un recuerdo bello y de honor, para todos los hijos de Rosario Tesopaco.
En el correo estaba como oficial "El Chino" Hernando Lavandera, hermano de Gilito ("nepotismo de provincia"). Allá abajo, camino a Cedros, vivía don Encarnación Amaya, Comisariado Ejidal. Así las cosas, mientras que el señor Peñúñuri representaba al municipio, don Chon estaba al frente de los ejidatarios.
En la escuela primaria "Josefa Ortiz de Domínguez", que en aquel tiempo y circunstancias era del estado, el profesor José María Flores estaba a cargo de la dirección. Bajo su mando estaban las profesoras Dolores Valle Arenas "Lolita", María Rita Valle Contreras, María Luisa Coronado Salazar, su esposa Rafaela Gámez y la mismísima primera dama del municipio, profesora Virginia Peñúñuri, a quien de cariño le decían "Quina".
Fue en ese 1973, cuando a final de año llegaron unos maestros a Tesopaco. Nada parecía indicar el bullicio que armarían. Llegaron con el proyecto de formar una escuela de artes y oficios, por lo que el señor Peñúñuri, interesado, buscó alojamiento para el personal y espacios para que impartieran sus clases. Dicho sea para la precisión, que noviembre y diciembre de 1973, se fueron en preparativos. Se levantó el censo poblacional, se adaptaron aulas, se realizó la inscripción, y todo quedó listo para arrancar con los trabajos en los primeros días hábiles de 1974.
Para lo que fue como un pase de tanteo, los seis meses que transcurrieron desde enero a junio de ese 1974, sirvió para que la gente confirmara la ocupación del personal federal que había albergado. Y esto abrió camino a la confianza de toda la población. Por eso, hasta la oficina de la Misión Cultural Rural No.127, llegó un día la noticia de que en la orilla del pueblo, allá en la salida hacia el ejido La Estrella, había una cueva donde vivían unas gentes.
Aunque las familias rosarenses conocían el caso desde siempre, y las autoridades y la iglesia también, nadie mostraba iniciativa para resolver o mitigar por lo menos, las dificultades de dichos vecinos. Este hecho motivó que se informara al Supervisor la situación, a la vez que alumnos y profesores de la Misión se daban a la tarea de visitar y conocer más de cerca el caso, con el fin de concientizarse y apoyar a los hermanos en desgracia.
Con esto, lo que había sido el secreto íntimo de la población, llegó a los oídos y al corazón de la comunidad. En la iglesia se abogó por ellos; en la escuela también; el señor Peñúñuri como autoridad municipal y el señor Amaya en calidad de Comisariado Ejidal; el uno y el otro se mostraron dispuestos a colaborar tan pronto como la Misión presentara un proyecto. Y se hizo.
Un día primaveral, la gente se dio cita en un lugar cercano a la bomba de agua potable, el que está por el lado norte, yendo por la calle que nace en la casa de don Jorge Valenzuela, hasta llegar al pie del cerro; y no fueron a ver solamente.
En ese lugar se mostró el plano de una casa, que presuntamente se levantaría para resolver el problema de vivienda que tenían cuatro familias. Ese sería el primer conjunto habitacional propiamente hecho, para beneficio de familias desamparadas.
El solar tenía medidas normales, 15X20, pero la construcción quedaría en una esquina, y era un rectángulo de ocho metros de ancho por diez de largo. Quedarían dos piezas de cinco por cinco hacia la calle, y un corredor de tres por diez adentro, en donde fácilmente quedarían dos cocinas, o una cocina y un cuarto para dormir.
Pero bueno, el uso no es el caso. Lo que sí importa, es que la obra era para resolver el problema de un anciano y su mujer, y el de tres hijos de este matrimonio, con sus propias mujeres. La gente se apareció con adobes, madera, agua de sabor y sodas para todos los que voluntariamente ponían su esfuerzo en la excavación de la zanja para los cimientos. Otros ayudaban en la batida de la mezcla que servía para pegar los adobes, ayudaban recortando barrotes o tablas, o bien, los que menos se ensuciaban las manos, organizaban las tareas o amenizaban la reunión con su participación artística. Tal fue el caso del profesor Ceferino Corrales Romero, Supervisor de la Misión Cultural que felicitaba a las autoridades por tan buena disposición para levantar una obra de beneficio social.
No tenía buena voz el profesor, pero lo que no se le dio en aplausos, lo superó en risas y recomendaciones para que "por favor" no siguiera echando tan malos gorgoritos; todo en buena y santa armonía.
De estos hechos hubo muchas fotografías, pero la mayoría fueron enviadas a Hermosillo. El Presidente Municipal posó para la cámara, don Encarnación Amaya, el Supervisor, los voluntarios que movieron adobes, los alumnos y las gentes que dieron agua fresca. Durante la construcción de la casa, se dieron muchas visitas a la cueva por parte de aquellos que aún tenían duda en cuanto a la afirmación de que ahí vivían cuatro familias. Y el desengaño les arrancó un "ta cañón" que en la voz coloquial y orgullosa del pueblo, ni se escuchó tan mal en los oídos; esa palabreja que pudo ser altisonante y ofensiva en otras circunstancias, fue un mero reconocimiento para quienes combatían la injusticia social, arrancando sonrisas forzadas.
Ese era el Rosario Tesopaco de 1975, el que sabía reconocer la voz de un líder y las necesidades extremas de otros; el que se divertía sanamente y se dejaba pasear en sus calles, en cualquier hora del día o en plena madrugada, bajo la pesada carga de un cartón de cerveza.
No era preciso llevar en la bolsa de la camisa la credencial de elector, o referencias especiales para ser tratado como gente o influyente; era sin duda, un pueblo de gente amable que abría los brazos francos a todos los visitantes. Que sea esto, un recuerdo bello y de honor, para todos los hijos de Rosario Tesopaco.
domingo, 3 de junio de 2012
La piedra
La historia que vamos a conocer es de carácter anecdótico. Me atrevo a compartirla, sólo porque es evidencia de lo que piensan las personas altas, de aquellas que no crecen siquiera con estatura regular.
El pavimento llegaba, en 1979, hasta Huásabas. A partir de allí, con sólo cruzar el río se iniciaba la dura jornada de la brecha, un camino de terracería que debía recorrerse en carro bueno, es decir, que estuviera en óptimas condiciones. Motor, sistema de frenos, sistema eléctrico, llantas y chofer, debían estar "al centavo".
Tan solo llegar a la otra orilla, se iniciaba la subida que se recorría en media hora. Los cinco sentidos del operador se ponían a prueba, para llegar a lo más alto y cruzar lo que se conoce como "La Cruz del diablo". Pasar esta parte final de la subida no era fácil; la brecha era de un solo carril; se podía transitar de ida o de venida y, en caso de un encuentro, comenzaban las difíciles maniobras de orillamiento en donde la pericia del conductor se ponía a prueba.
"La Cruz del diablo" es un profundo barranco que, en forma de cruz parece esperar la comisión de un error, para convertirse en el centro de la tragedia. Las maniobras de orillamiento tal vez sean motivo de insano placer para el diablo, inspirador de tan sugestivo nombre; pero quienes ven caer al vacío las piedrecillas que arrojan las llantas, sudan amarillo mientras volantean. La profundidad del barranco rebasa los cien metros de altura... Y pensar que en ese tramo del camino se quedó dormido Antonio Rojas, operador de la camioneta Dodge en que iban los maestros de la Misión Cultural 127. La suerte lo hizo conducir para el lado contrario.
Si en el terreno de los sustos no acontece ningún percance, el trecho faltante para llegar a Bacadéhuachi o Nácori Chico se recorre en dos y tres horas, respectivamente (1979); tiempo en el cual se pasa por El Coyote, que es el medio camino, y por una vegetación propia del desierto. Entre los árboles que hay en esta región, que bien pudieran llamarse matorros altos, se da el chiltepín silvestre en los meses de agosto y septiembre; pero volvamos al tema.
La historia de la piedra que descubre el sentir de la gente alta con respecto a los chaparritos, se da en realidad, en un viaje de sentido inverso. Los viajeros no iban de Hermosillo a la sierra, bajaban más bien, de las montañas a la ciudad capital de Sonora. Y todo marchaba bien. El camión rabón cruzó sin novedad "La Cruz del diablo" y se dirigió al río, con un motor que rugía sereno. Pero al pasar el vado del dicho río, que anuncia la proximidad de Huásabas cuando se viene de la sierra, sucedió lo impensable: una piedra se acomodó entre las llantas traseras e izquierdas. Y tan pronto como inició el camino de asfalto, se dejó escuchar el rítmico tac de la intrusa que viajaba sin pagar boleto.
El operador no lo pensó dos veces; se orilló y detuvo la marcha, buscó el origen del ruido, y con parsimonia bajó un marro y una barra, a la vez que solicitaba ayuda.
Adelantemos. No es común la gente de estatura baja en la sierra de Sonora; el único que no se hablaba de tú con las nubes, era un maestro misionero que venía en el camión, confundido entre unos chamacos como de diez años de edad.
-A ver -dijo el conductor-, necesito ayuda de los hombres más fuertes.
Y bajaron como doce hombres altos; se quitaron las camisas y se dispusieron a dar una demostración de fortaleza. Uno de ellos se acomodó debajo de la unidad automotriz y los demás observaron. Hasta entonces se acercó el maestro misionero, y calculó que a la piedra le faltaba cuerpo para los tantos voluntarios que pensaban aporrearla.
Después de haber leído distraidamente unas páginas de su "México bárbaro", y cuando la mitad del grupo de fortachones había tirado inútilmente la soberbia y la energía, escuchó el veredicto: "no se puede; está muy metida y muy dura". Los voluntarios restantes se miraron y encontraron una respuesta lógica: "es que ustedes le entraron confiados y se fueron desgastando". Pero luego, entre esas justificaciones y la defensa de quienes todavía mostraban signos de fatiga, se escuchó la voz del maestro chaparrito:
-Si quieren les echo la mano... digo, en lo que descansan.
Todos rieron. El conductor, los ayudantes, y hasta las mujeres que permanecían en los asientos.
-No'mbre -respondió un hombre que recién había dejado el marro-, si nosotros apenas le sacamos chispas; puede que tú ni cosquillas le hagas.
Y volvieron a reír. Todas las miradas buscaron al inocente que pretendía hacer lo que los fuertes no podían. Y había qué ver como sudaban y resoplaban aquellos hombres.
Ignorando pues la solicitud del desconocido, todo volvió a la rutina de los golpes, a la valoración que hacía el chofer, y a la decepción que cada fortachón se traía en total estado de agotamiento. "No se puede -repetían-, no se puede". Y cuando más convencidos estaban del fracaso, cuando comprendían que si enteros no habían podido, menos resolverían el problema en tal estado, volvieron a escuchar el ofrecimiento de ayuda. Y unos rieron de nueva cuenta por la propuesta necia; otros apenas sonrieron, víctimas del cansancio.
-Bueno -respondió el conductor-, peor es nada.
Con la sonrisa escéptica aún dibujada en el rostro, el chofer ofreció el marro y la barra al jovencito que deseaba darse un entre.
-No -dijo el joven-, no necesito el marro.
Entonces, toda aquella gente que venía desde Nácori Chico, vio con interés el desplante. Aquel chaparrito que parecía disgustado, también sonaba farsante.
-El marro es para golpear, muchachito -respingó un señor, acusando recibo de la burla-; si no lo puedes, no hagas perder el tiempo.
-Ya lo sé, señor; pero la barra es lo único que necesito.
Y aquel jovencito se acercó al conductor, cuando éste se alejaba luego de darle la herramienta. Las instrucciones que le dio, fueron precisas.
-Cuando le diga que mueva el camión, lo mueve lento; lo más lento que pueda. Y cuando le diga que pare, se detiene; es todo lo que usted tiene que hacer.
-¿Y tú qué piensas hacer?
-Meterme debajo de su camión.
Al ver la incertidumbre en la mirada del chofer, el maestro lo animó:
-No tema; voy a sacar la piedra, no a suicidarme.
Entonces los hombres que habían fracasado utilizando la energía, se inclinaron para ver cómo usaba la barra aquel jovencito, para sacar una piedra de entre las llantas.
-La cosa es así -les dijo-, una punta de la barra se acomoda en la piedra, y la otra en el pavimento. Listo... díganle al señor que mueva el camión.
-¡Dale!
Y el operador movió la unidad. La piedra salió sin ofrecer nada de resistencia y cayó al pavimento.
-¡Para!... ¡Para!
Hasta entonces los señores vieron con interés al joven desconocido.
-¿Quién eres? -aventuró uno-.
-Soy maestro de una Misión Cultural que está en Bacadéhuachi -respondió-; en los pueblos donde hay algún río y que la gente saca grava y arena, todos los días hacen esto. No usan marro; aprovechan la fuerza del motor.
"Ah... -se escuchó en murmullo apagado-; hablaba en serio cuando quería ayudar".
El pavimento llegaba, en 1979, hasta Huásabas. A partir de allí, con sólo cruzar el río se iniciaba la dura jornada de la brecha, un camino de terracería que debía recorrerse en carro bueno, es decir, que estuviera en óptimas condiciones. Motor, sistema de frenos, sistema eléctrico, llantas y chofer, debían estar "al centavo".
Tan solo llegar a la otra orilla, se iniciaba la subida que se recorría en media hora. Los cinco sentidos del operador se ponían a prueba, para llegar a lo más alto y cruzar lo que se conoce como "La Cruz del diablo". Pasar esta parte final de la subida no era fácil; la brecha era de un solo carril; se podía transitar de ida o de venida y, en caso de un encuentro, comenzaban las difíciles maniobras de orillamiento en donde la pericia del conductor se ponía a prueba.
"La Cruz del diablo" es un profundo barranco que, en forma de cruz parece esperar la comisión de un error, para convertirse en el centro de la tragedia. Las maniobras de orillamiento tal vez sean motivo de insano placer para el diablo, inspirador de tan sugestivo nombre; pero quienes ven caer al vacío las piedrecillas que arrojan las llantas, sudan amarillo mientras volantean. La profundidad del barranco rebasa los cien metros de altura... Y pensar que en ese tramo del camino se quedó dormido Antonio Rojas, operador de la camioneta Dodge en que iban los maestros de la Misión Cultural 127. La suerte lo hizo conducir para el lado contrario.
Si en el terreno de los sustos no acontece ningún percance, el trecho faltante para llegar a Bacadéhuachi o Nácori Chico se recorre en dos y tres horas, respectivamente (1979); tiempo en el cual se pasa por El Coyote, que es el medio camino, y por una vegetación propia del desierto. Entre los árboles que hay en esta región, que bien pudieran llamarse matorros altos, se da el chiltepín silvestre en los meses de agosto y septiembre; pero volvamos al tema.
La historia de la piedra que descubre el sentir de la gente alta con respecto a los chaparritos, se da en realidad, en un viaje de sentido inverso. Los viajeros no iban de Hermosillo a la sierra, bajaban más bien, de las montañas a la ciudad capital de Sonora. Y todo marchaba bien. El camión rabón cruzó sin novedad "La Cruz del diablo" y se dirigió al río, con un motor que rugía sereno. Pero al pasar el vado del dicho río, que anuncia la proximidad de Huásabas cuando se viene de la sierra, sucedió lo impensable: una piedra se acomodó entre las llantas traseras e izquierdas. Y tan pronto como inició el camino de asfalto, se dejó escuchar el rítmico tac de la intrusa que viajaba sin pagar boleto.
El operador no lo pensó dos veces; se orilló y detuvo la marcha, buscó el origen del ruido, y con parsimonia bajó un marro y una barra, a la vez que solicitaba ayuda.
Adelantemos. No es común la gente de estatura baja en la sierra de Sonora; el único que no se hablaba de tú con las nubes, era un maestro misionero que venía en el camión, confundido entre unos chamacos como de diez años de edad.
-A ver -dijo el conductor-, necesito ayuda de los hombres más fuertes.
Y bajaron como doce hombres altos; se quitaron las camisas y se dispusieron a dar una demostración de fortaleza. Uno de ellos se acomodó debajo de la unidad automotriz y los demás observaron. Hasta entonces se acercó el maestro misionero, y calculó que a la piedra le faltaba cuerpo para los tantos voluntarios que pensaban aporrearla.
Después de haber leído distraidamente unas páginas de su "México bárbaro", y cuando la mitad del grupo de fortachones había tirado inútilmente la soberbia y la energía, escuchó el veredicto: "no se puede; está muy metida y muy dura". Los voluntarios restantes se miraron y encontraron una respuesta lógica: "es que ustedes le entraron confiados y se fueron desgastando". Pero luego, entre esas justificaciones y la defensa de quienes todavía mostraban signos de fatiga, se escuchó la voz del maestro chaparrito:
-Si quieren les echo la mano... digo, en lo que descansan.
Todos rieron. El conductor, los ayudantes, y hasta las mujeres que permanecían en los asientos.
-No'mbre -respondió un hombre que recién había dejado el marro-, si nosotros apenas le sacamos chispas; puede que tú ni cosquillas le hagas.
Y volvieron a reír. Todas las miradas buscaron al inocente que pretendía hacer lo que los fuertes no podían. Y había qué ver como sudaban y resoplaban aquellos hombres.
Ignorando pues la solicitud del desconocido, todo volvió a la rutina de los golpes, a la valoración que hacía el chofer, y a la decepción que cada fortachón se traía en total estado de agotamiento. "No se puede -repetían-, no se puede". Y cuando más convencidos estaban del fracaso, cuando comprendían que si enteros no habían podido, menos resolverían el problema en tal estado, volvieron a escuchar el ofrecimiento de ayuda. Y unos rieron de nueva cuenta por la propuesta necia; otros apenas sonrieron, víctimas del cansancio.
-Bueno -respondió el conductor-, peor es nada.
Con la sonrisa escéptica aún dibujada en el rostro, el chofer ofreció el marro y la barra al jovencito que deseaba darse un entre.
-No -dijo el joven-, no necesito el marro.
Entonces, toda aquella gente que venía desde Nácori Chico, vio con interés el desplante. Aquel chaparrito que parecía disgustado, también sonaba farsante.
-El marro es para golpear, muchachito -respingó un señor, acusando recibo de la burla-; si no lo puedes, no hagas perder el tiempo.
-Ya lo sé, señor; pero la barra es lo único que necesito.
Y aquel jovencito se acercó al conductor, cuando éste se alejaba luego de darle la herramienta. Las instrucciones que le dio, fueron precisas.
-Cuando le diga que mueva el camión, lo mueve lento; lo más lento que pueda. Y cuando le diga que pare, se detiene; es todo lo que usted tiene que hacer.
-¿Y tú qué piensas hacer?
-Meterme debajo de su camión.
Al ver la incertidumbre en la mirada del chofer, el maestro lo animó:
-No tema; voy a sacar la piedra, no a suicidarme.
Entonces los hombres que habían fracasado utilizando la energía, se inclinaron para ver cómo usaba la barra aquel jovencito, para sacar una piedra de entre las llantas.
-La cosa es así -les dijo-, una punta de la barra se acomoda en la piedra, y la otra en el pavimento. Listo... díganle al señor que mueva el camión.
-¡Dale!
Y el operador movió la unidad. La piedra salió sin ofrecer nada de resistencia y cayó al pavimento.
-¡Para!... ¡Para!
Hasta entonces los señores vieron con interés al joven desconocido.
-¿Quién eres? -aventuró uno-.
-Soy maestro de una Misión Cultural que está en Bacadéhuachi -respondió-; en los pueblos donde hay algún río y que la gente saca grava y arena, todos los días hacen esto. No usan marro; aprovechan la fuerza del motor.
"Ah... -se escuchó en murmullo apagado-; hablaba en serio cuando quería ayudar".
sábado, 26 de mayo de 2012
El cerro de La Cruz
Muchos pueblos tienen su cerro de La Cruz, y lo visitan con devoción cuando llega el día 3 de mayo. Nosotros también tenemos uno, pero nunca sube nadie a llevar siquiera una veladora. Y es que el primero que tiene que hacer punta, es el cura; él tiene la obligación de enseñarnos el camino de la fe, pero no lo hace.
Asegura el buen hombre, que dentro de la parroquia tenemos la principal, que es la del Cristo crucificado que está en el altar mayor; que no hay necesidad de hacer sacrificios inútiles. ¡Sí... cómo no! Aunque nada se le dice en contra, no nos engaña; bien sabemos que tiene razones egoistas para no inculcarnos el amor a Dios. Y la primera que le detectamos es la pereza; no quiere caminar durante una hora por el monte selvático que hay en la cuesta.
También miramos claramente que le sobra peso, que no es dado a caminar, y que disfruta todo lo que el buen diente le permite echarse a la boca. Está gordo el señor cura. Entendemos que no es fácil aborrecer las tortillas, ni los antojitos que prueba en las casas que visita, pero ¿no es acaso quien debe enseñar el camino del sacrificio?
A veces la gente se detiene por fuera de la iglesia y platica de la gula, de la pereza, y de cosas así que parecen vanas cuando se come prójimo. Pero al mirar el cerro tan lejos, y ese terraplén tan largo, de monte espeso y lleno de moscos, vuelve la mirada, se persigna, y entre dientes pero claro, se oye que más de cuatro justos pronuncian: "pobrecillo; no podemos pedirle que entregue el alma por nosotros".
Nuestro cerro tiene lo suyo. Estando arriba, donde hace muchos años alguien plantó la santa Cruz que no se mira desde el caserío, se descubre que del oriente vienen las montañas como en fila, una detrás de otra, empujando a nuestro cerro. Y parece también, que nuestro cerro se detuvo bruscamente, haciendo que la tierra suelta se viniera rodando, hasta terminar en nada, al nivel del suelo que ya estaba parejo.
Para su lado norte, donde el río parece lavarle los pies en eterno Jueves Santo, no pasó lo mismo. La caída que marca la piedra, es vertical; se ve como si alguien especial hubiera trazado a plomo esa cara de la montaña, haciendo un precipicio de más de cien metros de altura que causa vértigo.
Los hombres del campo sabemos lo que implica subir y aventurarse con el cuerpo a punto del desvanecimiento; y conocemos también ese llano que hay allá arriba, como si fuera una cancha de algo, donde alguna vez otras personas hubieran disfrutado algún deporte.
La subida es otra cosa; no es sino pendiente que inicia de la nada, y sube, y sube, y sube como si hubiera la esperanza de un día hacer camino hasta las nubes, a la luna, al sol.
Desde que comienza la cuesta, comienzan los resuellos. Los cristianos que aceptan el reto de subir, saben lo que es comenzar con entusiasmo la caminata, y terminar deteniéndose en cada trecho para respirar con desesperación, para descansar y sobarse los músculos acalambrados.
Una hora de viaje, resoplando, envuelto en la humedad, comentando con voz entrecortada la belleza del paisaje, parece nada como precio; sin embargo, el que sube conoce la tos que viene de la resequedad interna, la sed, los desesperados respiros y el descanso obligado, cuando al fin abre los brazos para recibir el viento fresco y libertino que acaricia suavemente con sabor a brisa, con sabor a miel de florecillas silvestres.
Desde abajo, las emociones que inspira son diferentes; sobre todo en los amaneceres; cuando retarda la luz quemante del astro rey. En las alboradas que los pobres conocemos, no hay alegría; vida sí, alegría no. La gente que se echa a la calle pierde la calidad de humana. Hombres y mujeres se vuelven sombras fantasmales cuando dejan la cama y salen a buscar el alimento del día; son siluetas amorfas, sin sexo, sin voz, sin rostro en el manto negro del amanecer; son como nubes que caminan silenciosas en los empedrados que no delatan el paso de las visiones fugaces.
Nuestro cerro se yergue desafiando al sol; y se deja admirar de la gente sensible que le teme, sintiéndolo como una mole a punto de caer sobre el caserío que hay en el plan... Eso lo sabemos los feligreses; por eso no somos tan obstinados con lo de la santa Cruz; claro, entendemos finalmente que un sacerdote está para rescatar almas, no para subir a las montañas; es, después de todo, como el prójimo cuando da un consejo y se queda sin él.
Asegura el buen hombre, que dentro de la parroquia tenemos la principal, que es la del Cristo crucificado que está en el altar mayor; que no hay necesidad de hacer sacrificios inútiles. ¡Sí... cómo no! Aunque nada se le dice en contra, no nos engaña; bien sabemos que tiene razones egoistas para no inculcarnos el amor a Dios. Y la primera que le detectamos es la pereza; no quiere caminar durante una hora por el monte selvático que hay en la cuesta.
También miramos claramente que le sobra peso, que no es dado a caminar, y que disfruta todo lo que el buen diente le permite echarse a la boca. Está gordo el señor cura. Entendemos que no es fácil aborrecer las tortillas, ni los antojitos que prueba en las casas que visita, pero ¿no es acaso quien debe enseñar el camino del sacrificio?
A veces la gente se detiene por fuera de la iglesia y platica de la gula, de la pereza, y de cosas así que parecen vanas cuando se come prójimo. Pero al mirar el cerro tan lejos, y ese terraplén tan largo, de monte espeso y lleno de moscos, vuelve la mirada, se persigna, y entre dientes pero claro, se oye que más de cuatro justos pronuncian: "pobrecillo; no podemos pedirle que entregue el alma por nosotros".
Nuestro cerro tiene lo suyo. Estando arriba, donde hace muchos años alguien plantó la santa Cruz que no se mira desde el caserío, se descubre que del oriente vienen las montañas como en fila, una detrás de otra, empujando a nuestro cerro. Y parece también, que nuestro cerro se detuvo bruscamente, haciendo que la tierra suelta se viniera rodando, hasta terminar en nada, al nivel del suelo que ya estaba parejo.
Para su lado norte, donde el río parece lavarle los pies en eterno Jueves Santo, no pasó lo mismo. La caída que marca la piedra, es vertical; se ve como si alguien especial hubiera trazado a plomo esa cara de la montaña, haciendo un precipicio de más de cien metros de altura que causa vértigo.
Los hombres del campo sabemos lo que implica subir y aventurarse con el cuerpo a punto del desvanecimiento; y conocemos también ese llano que hay allá arriba, como si fuera una cancha de algo, donde alguna vez otras personas hubieran disfrutado algún deporte.
La subida es otra cosa; no es sino pendiente que inicia de la nada, y sube, y sube, y sube como si hubiera la esperanza de un día hacer camino hasta las nubes, a la luna, al sol.
Desde que comienza la cuesta, comienzan los resuellos. Los cristianos que aceptan el reto de subir, saben lo que es comenzar con entusiasmo la caminata, y terminar deteniéndose en cada trecho para respirar con desesperación, para descansar y sobarse los músculos acalambrados.
Una hora de viaje, resoplando, envuelto en la humedad, comentando con voz entrecortada la belleza del paisaje, parece nada como precio; sin embargo, el que sube conoce la tos que viene de la resequedad interna, la sed, los desesperados respiros y el descanso obligado, cuando al fin abre los brazos para recibir el viento fresco y libertino que acaricia suavemente con sabor a brisa, con sabor a miel de florecillas silvestres.
Desde abajo, las emociones que inspira son diferentes; sobre todo en los amaneceres; cuando retarda la luz quemante del astro rey. En las alboradas que los pobres conocemos, no hay alegría; vida sí, alegría no. La gente que se echa a la calle pierde la calidad de humana. Hombres y mujeres se vuelven sombras fantasmales cuando dejan la cama y salen a buscar el alimento del día; son siluetas amorfas, sin sexo, sin voz, sin rostro en el manto negro del amanecer; son como nubes que caminan silenciosas en los empedrados que no delatan el paso de las visiones fugaces.
Nuestro cerro se yergue desafiando al sol; y se deja admirar de la gente sensible que le teme, sintiéndolo como una mole a punto de caer sobre el caserío que hay en el plan... Eso lo sabemos los feligreses; por eso no somos tan obstinados con lo de la santa Cruz; claro, entendemos finalmente que un sacerdote está para rescatar almas, no para subir a las montañas; es, después de todo, como el prójimo cuando da un consejo y se queda sin él.
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