Lidia sí sacó cuentas, cuando le preguntó a Roberto por los años que tenían de casados. Habían pasado dieciocho. Su hijo mayor apenas pasaba los dieciséis de edad. Los partos, repetidos año con año, pronto le hicieron sentir que en lugar de hijos paría problemas, hambre, necesidad; y se quedó mirando las camas de los retoños.
Así como la mesa era de carrizos, también las camas. Miró el techo. Vio palma, más carrizo, algún agujero que ya pedía reparación y, abajo, la tierra que diario pisaba, era de francas hondonadas y elevaciones cubiertas de filosas rocas. El chiname que servía de pared en su jacal, estaba hecho de varas y carrizo.
Inconscientemente volvió la mirada al rincón que se hacía detrás del metate y del comal. Cerró los ojos. Recordó las veces que había llorado con cada manecer. Los rayos matutinos del sol, como lanzas, habían herido su corazón. Luego su hijo mayor, aquel niño de apenas hablar, preguntando: ¿qué vamos a comer?
Cómo podría olvidar el día que sintió deseos de estrangularlo, para que ya no se preocupara por los alimentos. "¿Qué vamos a comer?" -había preguntado-. Y ella, en aquel ánimo asesino que la invadía, tuvo la fuerza necesaria para cambiar el dictado de la desesperación.
-¡Ay, hijo!, ¿para qué te levantas? -pronunció.
Y un ángel vino en su ayuda seguramente, porque en lugar de buscar el cuello de su niño, se oyó preguntando:
-¿Haces un mandado, hijo?
La sonrisa dulce que tenía para su niño al hacer la pregunta, se chorreó de llanto.
-¿Por qué lloras, mamá? -dijo el pequeño.
-No lloro, hijo; el humo me molesta -se defendió. Pero a pesar de la negativa, la pregunta de su niño se repetía en su cabeza como un eco perpetuo, incesante, que aceleraba el ritmo de su corazón.
-¿Quieres hacer un mandado? -repitió, olvidando que aquella palabra era desconocida para el niño. Y el pequeño sólo acató a mirar el rostro de su madre; hasta que ella modificó la pregunta.
-Busca a don Jesús, el de doña Cirila; dile que me preste cinco pesos.
¡Ah, tiempo de penas! El niño, de cuatro años de edad, echó a correr y volvió con una mala respuesta.
-Dice que no tiene -anunció.
-Entonces dile a don Emilio; corre.
El niño, su pequeño Ángel, voló de nuevo y volvió milagrosamente con cinco pesos en la mano.
Eso había pasado en la primera vez de los apuros. Después la vida se volvería más amable. El billete prestado resolvía el problema económico de cada amanecer. No era mucho dinero, pero aquella Lidia amorosa y desesperada, ya no lloraba; su hijo, al despertar, hacía suyo el problema y la solución, apagando el dolor y el hambre de su familia, sin saberlo siquiera.
Un año, otro y otro fue lo mismo. De verdad, su Ángel la había rescatado de muchos malos pensamientos.
¿Qué eran los cinco pesos en especie?
Apenas servían para comprar un jitomate, una cebolla, medio kilo de frijol, otro tanto de azúcar y un huevo para la torta que terminaba en caldo; no más. Al medio día ya eran seguros los frijoles caldudos, y por la noche el café.
En época de lluvias había verdolagas, alguna vez elotes, y tamales, pero también días peores en la dieta. Con "burritos" de sal, que no eran otra cosa que tortillas recién hechas, bañadas en agua de sal, se espantaba el hambre. Luego estaba el "viacrucis" que no tenía comparación: cuando los niños comían guajes o cortaban las hojas tiernas de los ciruelos, para comerlas aderezadas con sal. Qué realidad tan amarga era aquella, cuando los niños hacían su comedero en las ramas de los árboles.
Los pensamientos de Lidia se espantaron con la salida del sol. A dieciocho años de distancia de las terribles experiencias de hambruna, ahí estaba, pensando en la nueva promesa de bienestar, que silenciosa parecía venir de la tierra quemada donde su marido sembraría el cuamil. ¿En dónde estará Roberto a esta hora? -se dijo. ¿Arrancándole esperanzas a la montaña?
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domingo, 28 de octubre de 2012
lunes, 22 de octubre de 2012
La cárcel
En San Luis Potosí, el andador que inicia en la Plaza de Armas, tiene una distancia semejante a la que hay desde la catedral metropolitana al Hospicio Cabañas, en Guadalajara, Jalisco.
Con esto se quiere decir a los amantes de la historia, que la distancia es mínima, para quien busque el monumento regional de la rebelión social, a la cual incitara Francisco I. Madero en su Plan de San Luis, en 1910.
Después de hacer un alto en la esquina de referencia cardinal donde se ostenta el nombre de Agustín de Iturbide, y que lo mismo pudiera decir Hernán Cortés, Ignacio Elizondo que Félix María Calleja sin merecimiento alguno de los mexicanos, mi esposa y yo seguimos la ruta sur con decisión. El extremo opuesto del andador nos mostró una fachada carcelaria ya vista en fotografía.
Delante de nosotros quedó al fin, la cárcel municipal donde Madero fue preso por "conato de rebelión y ultraje a las autoridades" y, donde según cuenta la historia regional, hizo el famoso Plan de San Luis, antes de escapar hacia los Estados Unidos. Los torreones que hay laterales a la puerta de entrada, y los muros de cantera labrada, hacen una fachada extraordinaria que llevan a pensar en un castillo. Y eso es realmente; un castillo especial para los opositores del régimen de Díaz. ¿Quién si no él, podía callar para siempre a unos enemigos con la muerte, y silenciar a otros con encierro o destierro?
Ahí estaba pues, el monumento de la paz porfiriana, escondiendo su negra historia bajo el nuevo emblema social: Centro de las Artes de San Luis Potosí Centenario (CASLPC).
Sin embargo, cien años atrás, el centro penitenciario fue emblemático de la política dictatorial. Inaugurado el 5 de mayo de 1890 como flamante centro carcelario moderno, dejó de ser tal hasta 1999. A la par, el también mal llamado Palacio de Lecumberri, abrió sus puertas a los opositores del dictador, el 29 de septiembre de 1900; las Islas Marías se convirtieron en colonia penitenciaria en 1905; y el Manicomio General de la Castañeda terminó siendo cárcel, después de los festejos centenarios de la Independencia.
Al entrar al edificio los visitantes (20 personas), encontramos una explanada en hondonada que no hacía sospechar las tragedias humanas del pasado. Pero siguiendo la ruta al oriente, cruzamos otra puerta y doblamos hacia la derecha para desembocar en el temible "corredor de la muerte". Este corredor, limitado hacia la calle por una barda de 12 metros de altura, y por una pared al interior del mismo alto, hizo preguntar:
-¿Por qué lo llaman así?
"Bueno -respondió el guía-, la barda tiene un ancho de tres metros donde rondaban los guardias, y un cimiento de piedra y cemento con seis metros de profundidad; la otra pared es el techo de una sección de celdas. Arriba estaban los vigilantes con órdenes de tirar a matar a quien se dejara mirar en este despoblado sin autorización. Como ven, se trata de un lugar sin techo, son ocho metros de ancho, no hay puertas de escape ni nada que sirva de parapeto. El reo que llegaba a este sitio, moría por las balas que le llovían".
Saliendo del corredor (casi acribillados), entramos a un lugar que resultó pintoresco e inapropiado. El escenario que descubrimos parecía plaza pública; había un jardín, tenía bancas, y una torre se alzaba como obelisco. El guía no esperó a que le preguntaran algo sobre el singular escenario.
-Esa es la torre de control. Si observan bien, desde ahí se pueden vigilar todos los pasillos que resultan de las ocho secciones de celdas. En 1900, este conjunto de torre panóptica y secciones circundantes eran lo moderno en centros penitenciarios; México, gracias al general Porfirio Díaz, fue pionero en la aplicación de estas medidas carcelarias. Argentina, Colombia, Ecuador, España, Perú, Venezuela y Bolivia, también adoptaron este modelo de prisión, moderna en 1900. Diez años después de inaugurarse esta cárcel, se abrieron las puertas del Palacio de Lecumberri; ahí estuvo preso Francisco Villa y fueron asesinados en su parte posterior, el Presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente José María Pino Suárez.
"Vengan" -dijo nuestro guía, arrancándonos de la meditación-. Nos llevó por un pasillo que permitía mirar las celdas de dos metros y medio de ancho y cinco de largo, donde el régimen porfirista confinaba de 10 a 20 reos. De pronto nos detuvo y dijo: "esta es la celda donde estuvo Francisco I. Madero; aquí hizo el Plan de San Luis". Era la celda número 4 que pudimos haber encontrado, si en lugar de doblar a la derecha para conocer el "corredor de la muerte", al llegar, hubiéramos seguido en línea recta rumbo a las celdas.
Con esto se quiere decir a los amantes de la historia, que la distancia es mínima, para quien busque el monumento regional de la rebelión social, a la cual incitara Francisco I. Madero en su Plan de San Luis, en 1910.
Después de hacer un alto en la esquina de referencia cardinal donde se ostenta el nombre de Agustín de Iturbide, y que lo mismo pudiera decir Hernán Cortés, Ignacio Elizondo que Félix María Calleja sin merecimiento alguno de los mexicanos, mi esposa y yo seguimos la ruta sur con decisión. El extremo opuesto del andador nos mostró una fachada carcelaria ya vista en fotografía.
Delante de nosotros quedó al fin, la cárcel municipal donde Madero fue preso por "conato de rebelión y ultraje a las autoridades" y, donde según cuenta la historia regional, hizo el famoso Plan de San Luis, antes de escapar hacia los Estados Unidos. Los torreones que hay laterales a la puerta de entrada, y los muros de cantera labrada, hacen una fachada extraordinaria que llevan a pensar en un castillo. Y eso es realmente; un castillo especial para los opositores del régimen de Díaz. ¿Quién si no él, podía callar para siempre a unos enemigos con la muerte, y silenciar a otros con encierro o destierro?
Ahí estaba pues, el monumento de la paz porfiriana, escondiendo su negra historia bajo el nuevo emblema social: Centro de las Artes de San Luis Potosí Centenario (CASLPC).
Sin embargo, cien años atrás, el centro penitenciario fue emblemático de la política dictatorial. Inaugurado el 5 de mayo de 1890 como flamante centro carcelario moderno, dejó de ser tal hasta 1999. A la par, el también mal llamado Palacio de Lecumberri, abrió sus puertas a los opositores del dictador, el 29 de septiembre de 1900; las Islas Marías se convirtieron en colonia penitenciaria en 1905; y el Manicomio General de la Castañeda terminó siendo cárcel, después de los festejos centenarios de la Independencia.
Al entrar al edificio los visitantes (20 personas), encontramos una explanada en hondonada que no hacía sospechar las tragedias humanas del pasado. Pero siguiendo la ruta al oriente, cruzamos otra puerta y doblamos hacia la derecha para desembocar en el temible "corredor de la muerte". Este corredor, limitado hacia la calle por una barda de 12 metros de altura, y por una pared al interior del mismo alto, hizo preguntar:
-¿Por qué lo llaman así?
"Bueno -respondió el guía-, la barda tiene un ancho de tres metros donde rondaban los guardias, y un cimiento de piedra y cemento con seis metros de profundidad; la otra pared es el techo de una sección de celdas. Arriba estaban los vigilantes con órdenes de tirar a matar a quien se dejara mirar en este despoblado sin autorización. Como ven, se trata de un lugar sin techo, son ocho metros de ancho, no hay puertas de escape ni nada que sirva de parapeto. El reo que llegaba a este sitio, moría por las balas que le llovían".
Saliendo del corredor (casi acribillados), entramos a un lugar que resultó pintoresco e inapropiado. El escenario que descubrimos parecía plaza pública; había un jardín, tenía bancas, y una torre se alzaba como obelisco. El guía no esperó a que le preguntaran algo sobre el singular escenario.
-Esa es la torre de control. Si observan bien, desde ahí se pueden vigilar todos los pasillos que resultan de las ocho secciones de celdas. En 1900, este conjunto de torre panóptica y secciones circundantes eran lo moderno en centros penitenciarios; México, gracias al general Porfirio Díaz, fue pionero en la aplicación de estas medidas carcelarias. Argentina, Colombia, Ecuador, España, Perú, Venezuela y Bolivia, también adoptaron este modelo de prisión, moderna en 1900. Diez años después de inaugurarse esta cárcel, se abrieron las puertas del Palacio de Lecumberri; ahí estuvo preso Francisco Villa y fueron asesinados en su parte posterior, el Presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente José María Pino Suárez.
"Vengan" -dijo nuestro guía, arrancándonos de la meditación-. Nos llevó por un pasillo que permitía mirar las celdas de dos metros y medio de ancho y cinco de largo, donde el régimen porfirista confinaba de 10 a 20 reos. De pronto nos detuvo y dijo: "esta es la celda donde estuvo Francisco I. Madero; aquí hizo el Plan de San Luis". Era la celda número 4 que pudimos haber encontrado, si en lugar de doblar a la derecha para conocer el "corredor de la muerte", al llegar, hubiéramos seguido en línea recta rumbo a las celdas.
domingo, 14 de octubre de 2012
Doña Berna
DE haber estudiado historia, doña Berna hubiera tenido que abrir muy pocos libros. Tres aspectos relevantes de nuestro pasado fueron los únicos que, por decirlo así, quedaron lejos de su nacimiento: La época Prehispánica, Historia de la Conquista de la Nueva España y la Guerra de Independencia.
Nacida posiblemente en 1855, ella misma fue historia. Como se podrá dar cuenta el buen lector, vivió durante los años gloriosos de don Benito Juárez. Seguramente supo de forma oportuna, cuando el Benemérito ocupó la silla presidencial y luchó junto a sus correligionarios, por establecer para el país las Leyes de Reforma.
Siendo niña, alguien debe haberle contado de la Intervención Francesa y del triunfo del ejército mexicano en aquel memorable combate del 5 de Mayo de 1862; también debió conocer algo sobre el Emperador Maximiliano de Habsburgo y la Emperatriz Carlota, así como del fusilamiento internacionalmente conocido, y ocurrido el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.
Después, yendo a la par de su tiempo juvenil, tal vez haya escuchado con días o meses de diferencia, algo relacionado con la toma de poder del general Porfirio Díaz, hijo de Petrona Mori, ocurrida en 1876. Claro... con más razón debió saber cómo fue la política nefanda del militar; un dictador que duró tantos años en la primera silla del país, fastidiando al pueblo, no podía pasar desapercibido.
Y si pudo haber conocido los hechos históricos de su país, que de forma natural a los intereses de aquella sociedad se fueron presentando, con más razón debió enterarse de la peste ocurrida en 1883; porque afectó al territorio donde ella nació y creció, y donde finalmente moriría en edad muy, pero muy avanzada.
La fiebre amarilla, que así fuera conocida, curiosamente no sería recordada por haberse llevado al más allá a cientos de familias, no; más bien seguiría presente en la memoria del pueblo, por haber terminado con la vida de una artista mexicana de fama internacional, cuyo nombre fue Ángela Peralta, a quien se reconocía en el mundo de la ópera como "El ruiseñor mexicano".
Ella, la internacional cantante de ópera, la que siendo una joven de veinte años de edad, le cantara a la pareja imperial mexicana en 1865, murió el 30 de agosto de 1883, en Mazatlán, Sinaloa, México, víctima de la fiebre amarilla.
¿Cómo fue doña Berna, ganándole años a la vida?
Fue un misterio. Pero se puede creer que sus padres conocían muy bien las propiedades de la herbolaria regional; que no era un secreto para ellos, que los retoños del granado servían para que los niños dejaran de hacer verde las necesidades, y que los problemas estomacales desaparecían con té de hierbabuena con estafiate.
La lista de los remedios caseros era larga en los últimos años del siglo XIX, el que ella conoció de niña, luego siendo joven, y estando recién casada. Y se benefició de los efectos curativos seguramente; no se duda. En carne propia debió saber los efectos del epazote, para acabar con las lombrices; debió haber tomado también, el té de guayaba o yerba de la mula para la infección estomacal. Igual debió conocer los baños de asiento que se hacían con pelos de elote, para curar el mal de orín; y las hojas del capomo en té también, que tan bueno fuera para hacer que las mujeres recién paridas, dieran leche suficiente para las crías.
En toda la etapa de su niñez y juventud, ¿quién podía asegurar que no le hubieran curado los golpes, con emplastos de la yerba llamada "pajarito"?
Volviendo a la parte histórica, se puede creer que nunca ignoró los hechos de la Revolución Mexicana; ni que este movimiento se iniciara con la intención de derrocar al dictador Porfirio Díaz. Los años de vida le dieron tiempo suficiente, para que se enterara todavía de la Guerra de los Cristeros; también de lo acontecido en el Maximato, cuando el que mandaba "vivía enfrente"; y finalmente, parecería que su existencia matusalenera, debía terminar con los gritos lemáticos de la juventud, ¡dos de octubre no se olvida!
Pero vayamos al principio del fin. Muertos los padres y abandonada de los hijos, y envuelta en la vorágine de la modernidad del siglo XX, la edad le impidió salir a buscar las hierbas que necesitaba para curar los achaques de la vejez. Los nuevos tiempos le anunciaban la emulsión de Scott, el aceite de hígado de bacalao, la pomada de La Campana, y un reconstituyente de nombre Hemostyl. Estos mejunjes de las nuevas generaciones, ya no entraron en su conciencia, ya no supo para qué servían; cayó por la gracia de Dios, en la etapa infantil y dependiente, propia de la senectud; sin poder curar sus males por mano propia con los remedios tradicionales que conocía.
Como para morir todos los pretextos son buenos, y ella sin saberlo ya andaba como agua para chocolate, la oportunidad de saludar al Señor se le presentó inofensiva.
Todo su malestar fue un desgano: había amanecido sin apetito. Probando apenas los alimentos, sobrevivió una semana sin que la fatalidad la alcanzara. Pero alguien de la familia, seguramente bien intencionado, descubrió que doña Berna apenas picaba los alimentos; y se dio a la tarea de buscar un remedio que le alborotara el hambre. Y lo encontró, preguntando allá y aquí entre los hijos que la viejecita había traído al mundo.
Sin embargo, y sin desearlo, el consejo familiar que buscara la salud de la ancianita, paradójicamente se volvió jurado que sentenciaba a su propia madre, a sufrir la muerte por envenenamiento.
Todos habían coincidido en comprarle a la progenitora, un reconstituyente. Sí, una simple botellita de Hemostyl que sería suficiente para rescatarla del marasmo.
La publicidad que el vulgo repetía, decía: "Para la falta de energía, Hemostyl"; "para la falta de apetito, Hemostyl". Y eso le llevaron a doña Berna, confiando en que seguiría las indicaciones pertinentes al tomarlo. No contaron con la imprudencia propia de la edad senil, que le aconsejaría ingerir el medicamento conforme al horario y cantidad que fuera de su voluntad.
La dejaron sola con su decisión, frente al envase que remediaría su pequeño malestar. Una cucharadita antes de cada alimento sería suficiente para que recobrara las energías y el ánimo; pero los hechos sucedieron de forma muy distinta. "Si una cucharadita es buena, se dijo doña Berna, ¿qué milagros no hará toda la botella?" Y se la empinó; sólo para caer en el acto, con los ojos desorbitados, la boca muy abierta, y las vías respiratorias obstruidas, víctima del sofoco provocado por el alcohol que contenía el Hemostyl. Tenía doña Berna 115 años, cuando tomó la fatal determinación de aliviarse en un tris.
Había pasado inadvertida en el pueblito donde los hijos crecieron, pero a partir de su repentina muerte, se hizo famosa; muy famosa. Al grado se diría, de que los nietos que ya le pisan las barbas a las nueve décadas de vida, aún recuerdan la desgracia anecdótica y la cuentan a sus nietos y bisnietos, como un bálsamo que mitiga el dolor de la familia.
Nacida posiblemente en 1855, ella misma fue historia. Como se podrá dar cuenta el buen lector, vivió durante los años gloriosos de don Benito Juárez. Seguramente supo de forma oportuna, cuando el Benemérito ocupó la silla presidencial y luchó junto a sus correligionarios, por establecer para el país las Leyes de Reforma.
Siendo niña, alguien debe haberle contado de la Intervención Francesa y del triunfo del ejército mexicano en aquel memorable combate del 5 de Mayo de 1862; también debió conocer algo sobre el Emperador Maximiliano de Habsburgo y la Emperatriz Carlota, así como del fusilamiento internacionalmente conocido, y ocurrido el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.
Después, yendo a la par de su tiempo juvenil, tal vez haya escuchado con días o meses de diferencia, algo relacionado con la toma de poder del general Porfirio Díaz, hijo de Petrona Mori, ocurrida en 1876. Claro... con más razón debió saber cómo fue la política nefanda del militar; un dictador que duró tantos años en la primera silla del país, fastidiando al pueblo, no podía pasar desapercibido.
Y si pudo haber conocido los hechos históricos de su país, que de forma natural a los intereses de aquella sociedad se fueron presentando, con más razón debió enterarse de la peste ocurrida en 1883; porque afectó al territorio donde ella nació y creció, y donde finalmente moriría en edad muy, pero muy avanzada.
La fiebre amarilla, que así fuera conocida, curiosamente no sería recordada por haberse llevado al más allá a cientos de familias, no; más bien seguiría presente en la memoria del pueblo, por haber terminado con la vida de una artista mexicana de fama internacional, cuyo nombre fue Ángela Peralta, a quien se reconocía en el mundo de la ópera como "El ruiseñor mexicano".
Ella, la internacional cantante de ópera, la que siendo una joven de veinte años de edad, le cantara a la pareja imperial mexicana en 1865, murió el 30 de agosto de 1883, en Mazatlán, Sinaloa, México, víctima de la fiebre amarilla.
¿Cómo fue doña Berna, ganándole años a la vida?
Fue un misterio. Pero se puede creer que sus padres conocían muy bien las propiedades de la herbolaria regional; que no era un secreto para ellos, que los retoños del granado servían para que los niños dejaran de hacer verde las necesidades, y que los problemas estomacales desaparecían con té de hierbabuena con estafiate.
La lista de los remedios caseros era larga en los últimos años del siglo XIX, el que ella conoció de niña, luego siendo joven, y estando recién casada. Y se benefició de los efectos curativos seguramente; no se duda. En carne propia debió saber los efectos del epazote, para acabar con las lombrices; debió haber tomado también, el té de guayaba o yerba de la mula para la infección estomacal. Igual debió conocer los baños de asiento que se hacían con pelos de elote, para curar el mal de orín; y las hojas del capomo en té también, que tan bueno fuera para hacer que las mujeres recién paridas, dieran leche suficiente para las crías.
En toda la etapa de su niñez y juventud, ¿quién podía asegurar que no le hubieran curado los golpes, con emplastos de la yerba llamada "pajarito"?
Volviendo a la parte histórica, se puede creer que nunca ignoró los hechos de la Revolución Mexicana; ni que este movimiento se iniciara con la intención de derrocar al dictador Porfirio Díaz. Los años de vida le dieron tiempo suficiente, para que se enterara todavía de la Guerra de los Cristeros; también de lo acontecido en el Maximato, cuando el que mandaba "vivía enfrente"; y finalmente, parecería que su existencia matusalenera, debía terminar con los gritos lemáticos de la juventud, ¡dos de octubre no se olvida!
Pero vayamos al principio del fin. Muertos los padres y abandonada de los hijos, y envuelta en la vorágine de la modernidad del siglo XX, la edad le impidió salir a buscar las hierbas que necesitaba para curar los achaques de la vejez. Los nuevos tiempos le anunciaban la emulsión de Scott, el aceite de hígado de bacalao, la pomada de La Campana, y un reconstituyente de nombre Hemostyl. Estos mejunjes de las nuevas generaciones, ya no entraron en su conciencia, ya no supo para qué servían; cayó por la gracia de Dios, en la etapa infantil y dependiente, propia de la senectud; sin poder curar sus males por mano propia con los remedios tradicionales que conocía.
Como para morir todos los pretextos son buenos, y ella sin saberlo ya andaba como agua para chocolate, la oportunidad de saludar al Señor se le presentó inofensiva.
Todo su malestar fue un desgano: había amanecido sin apetito. Probando apenas los alimentos, sobrevivió una semana sin que la fatalidad la alcanzara. Pero alguien de la familia, seguramente bien intencionado, descubrió que doña Berna apenas picaba los alimentos; y se dio a la tarea de buscar un remedio que le alborotara el hambre. Y lo encontró, preguntando allá y aquí entre los hijos que la viejecita había traído al mundo.
Sin embargo, y sin desearlo, el consejo familiar que buscara la salud de la ancianita, paradójicamente se volvió jurado que sentenciaba a su propia madre, a sufrir la muerte por envenenamiento.
Todos habían coincidido en comprarle a la progenitora, un reconstituyente. Sí, una simple botellita de Hemostyl que sería suficiente para rescatarla del marasmo.
La publicidad que el vulgo repetía, decía: "Para la falta de energía, Hemostyl"; "para la falta de apetito, Hemostyl". Y eso le llevaron a doña Berna, confiando en que seguiría las indicaciones pertinentes al tomarlo. No contaron con la imprudencia propia de la edad senil, que le aconsejaría ingerir el medicamento conforme al horario y cantidad que fuera de su voluntad.
La dejaron sola con su decisión, frente al envase que remediaría su pequeño malestar. Una cucharadita antes de cada alimento sería suficiente para que recobrara las energías y el ánimo; pero los hechos sucedieron de forma muy distinta. "Si una cucharadita es buena, se dijo doña Berna, ¿qué milagros no hará toda la botella?" Y se la empinó; sólo para caer en el acto, con los ojos desorbitados, la boca muy abierta, y las vías respiratorias obstruidas, víctima del sofoco provocado por el alcohol que contenía el Hemostyl. Tenía doña Berna 115 años, cuando tomó la fatal determinación de aliviarse en un tris.
Había pasado inadvertida en el pueblito donde los hijos crecieron, pero a partir de su repentina muerte, se hizo famosa; muy famosa. Al grado se diría, de que los nietos que ya le pisan las barbas a las nueve décadas de vida, aún recuerdan la desgracia anecdótica y la cuentan a sus nietos y bisnietos, como un bálsamo que mitiga el dolor de la familia.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Los aprietos
A pesar de que la tierra era buena, de que el río tenía mucho alimento para la gente de los pueblos ribereños, y que aún el monte era pródigo en carne silvestre... cuando llegaban los males no había siembra, ni fruta o carne de venado que aliviaran las penas, las enfermedades o la misma pobreza de siempre.
Los que tenían cuamil, se veían forzados a vender la cosecha "al tiempo" para sacar unos pesos; eso significaba, recibir adelantado el pago por la cosecha o parte de ella. Y eso tenía su precio. Por cada kilogramo de maíz que así se vendía, se entregaban dos a la hora de pagar.
Los que vendían "al tiempo" lo hacían por necesidad, porque la enfermedad de un integrante de la familia exigía realizar un gasto con el dinero que no se tenía; y en esas ocasiones apremiantes, era cuando el campesino vendía de poco en poco y a mitad de precio el producto de su trabajo, cuando apenas andaba tirando la semilla de maíz.
Por eso, nada más por eso, los deudores cumplían su compromiso de pagar, sonriendo amargamente al despedirse del prestamista; el gesto no era de agradecimiento, sino de reniego. Al establecer el compromiso económico aquellos hombres del campo, no necesitaban firmar ningún documento, ¿para qué?, si tenían la ocurrencia de no pagar, cerraban las posibilidades de los nuevos créditos. Pagaban, no porque fueran cumplidores, no; atrás del acto honrado estaba el temor de otro posible tropiezo en la salud y en la economía.
Claro que tenía valor la palabra empeñada; en ella estaba centrada la economía, la seguridad de que en la próxima necesidad se recibiría apoyo. Era la palabra símbolo de honradez, de cumplimiento, de hombría; el que la empeñaba y cumplía, era visto como hombre cabal. Para él había consideraciones humanas. El día que de plano una desgracia derrumbaba su ánimo y caía en la desesperación, el mismo pueblo resolvía su apuro, igual que hicieron los mexicanos con sus joyas y sus animalitos, cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo.
Los dos o tres agiotistas que vivían de la necesidad de la gente, nunca tuvieron miedo de que alguien no pagara. Si por mera casualidad salía un "trácala", se corrían la voz para evitarse otro fraude; pero además, cobrando el cien por ciento de interés, lo que uno por ahí dejara de pagar, era cubierto por los que sí cumplían. El márgen de utilidad era tan alto, que un fraude no significaba un riesgo de caer en descapitalización.
Como se ve, para ser pobre, sólo bastaba una enfermedad o que la familia pidiera los alimentos mínimos del día.
Si se toma en cuenta que nunca de los nunca, los cuamileros han tenido créditos del gobierno, y que desde siempre han trabajado por su cuenta, es comprensible lo que aquí mal se relata. Sin haber un pago patronal de por medio, los campesinos administran su capacidad de crédito, pidiendo al prestamista escasamente lo que marca la "libreta del fiado" que usa el abarrotero para los comestibles.
En la tienda no hay "pero" que valga: pagas o pagas. Si por alguna razón el deudor pinta para "transa", simplemente se le cierra el crédito y se deja la cuenta viva en el registro del comerciante. Todavía, cuando pasado el tiempo se cubra el adeudo, el cliente cargará con el estigma de la "trácala", con la desconfianza del fiador que le soltará menos mandado que antes, a cuenta del crédito. Debe quedar claro que, para cumplir en la tienda con el pago de cada semana, primero debe tenerse abierta la capacidad de crédito con el agiotista. A él, como si fuera patrón de albañil, hay que pedirle el "gasto" familiar cuantas veces llegue el fin de semana; todo en calidad de préstamo, desde luego, y a cuenta de la futura cosecha por supuesto.
Por un lado, el tendero tiene razón al no fiar su producto en un plazo que vaya más allá de una semana; con el dinero que entra debe surtir el negocio. Por el otro, también el prestamista tiene razón: algo tiene que ganar por estar al pendiente de las necesidades de los vecinos; no está para regalar su dinero. Por qué no decirlo; también el jodido (fregado) tiene razón para estar como está. ¿A cuánto se reduce su salario, cuando vende a mitad de precio la cosecha?
Pensando solamente en la venta que hace, a mitad de precio, ya tiene "para rato" si de vivir pobre se trata. Con lo poco que recibe, tiene para que mal coma su familia. ¿Y la ropa? ¿Y la salud? ¿Y la escuela obligatoria? ¿Y la mentada diversión de la familia?
En aquellos tiempos... 1950 a 1970 (¿?), el campesino que sacaba 40 ó 60 cargas de maíz, era seguro que salía "tablas" con el prestamista; se debía esto a que, durante la época de la preparación de la tierra, siembra y levantamiento de la cosecha, nadie le pagaba un peso al campesino, por trabajar en lo propio.
Sígame, lector, en estas fiestas de hambre tan famosas que viven los pobres de Nayarit, Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Chiapas, Oaxaca, etc., etc., y etc.
Afortunadamente "en donde está el diablo, está Dios". ¿Qué hubiera sido de aquellos que viéndose atacados por la enfermedad, y sin tener qué vender, no hubieran encontrado las manos amigas del doctor Odilón Barraza Lachica y del señor Clemente Salazar?
Este par de hombres pensaban muy diferente de aquellos que se aprovechaban del dolor ajeno. No había desesperados que no conocieran la calidad humana que tenían. Era cosa de llegar, entregar el enfermo y decir:
-Le traigo el enfermo... pero no tengo dinero.
Entonces el doctor Odilón, sin dejar de atender al paciente, llanamente contestaba:
-¿Y quién te está cobrando?
Con la misma serenidad contestaba cuando alguien insistía.
-¿No me oyó, "dotorcito"?, le dije que no traigo dinero.
-Ya tendrás, no te preocupes.
Pero una vez que llenaba la receta, volvían los temores y los lamentos.
-¿Y con qué voy a comprar la medicina?
-No te preocupes; ve a la farmacia y diles que vas de mi parte.
Era cosa de llegar al negocio de don Clemente, para que luego de leer la nota, éste dijera:
-Ah, que el doctor; no quiere hacerse rico.
La verdad de este movimiento humanitario era, que si el doctor hacía una obra buena, fiando o regalando el servicio médico, también don Clemente cerraba los ojos para secundarlo en la acción. No había letras, ni contratos, ni amenazas de nada cuando le tendían la mano al necesitado. Cómo dejar de recordarlos, si gracias a ellos, muchos de los que ahora somos abuelos, les debemos la vida a estos dos hombres de buen corazón.
Los campesinos no son perezosos, están contra la pared; son víctimas de la eterna "cuesta de enero", de la inevitable "cartera vencida"; son el "cinturón de la miseria" que no desaparecen con promesas ni demagogia sexenales. ¿En qué país no se conoce la pobreza?, ¿en qué país no es común el campesino, el obrero, el desempleado y los "ninis"?
Al escribir lo anterior, pienso en la traición que se hace al pueblo mexicano con la Reforma Laboral, desde el estrado principal de la nación. ¿Volveremos a esos tiempos de hambre que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos?
Los que tenían cuamil, se veían forzados a vender la cosecha "al tiempo" para sacar unos pesos; eso significaba, recibir adelantado el pago por la cosecha o parte de ella. Y eso tenía su precio. Por cada kilogramo de maíz que así se vendía, se entregaban dos a la hora de pagar.
Los que vendían "al tiempo" lo hacían por necesidad, porque la enfermedad de un integrante de la familia exigía realizar un gasto con el dinero que no se tenía; y en esas ocasiones apremiantes, era cuando el campesino vendía de poco en poco y a mitad de precio el producto de su trabajo, cuando apenas andaba tirando la semilla de maíz.
Por eso, nada más por eso, los deudores cumplían su compromiso de pagar, sonriendo amargamente al despedirse del prestamista; el gesto no era de agradecimiento, sino de reniego. Al establecer el compromiso económico aquellos hombres del campo, no necesitaban firmar ningún documento, ¿para qué?, si tenían la ocurrencia de no pagar, cerraban las posibilidades de los nuevos créditos. Pagaban, no porque fueran cumplidores, no; atrás del acto honrado estaba el temor de otro posible tropiezo en la salud y en la economía.
Claro que tenía valor la palabra empeñada; en ella estaba centrada la economía, la seguridad de que en la próxima necesidad se recibiría apoyo. Era la palabra símbolo de honradez, de cumplimiento, de hombría; el que la empeñaba y cumplía, era visto como hombre cabal. Para él había consideraciones humanas. El día que de plano una desgracia derrumbaba su ánimo y caía en la desesperación, el mismo pueblo resolvía su apuro, igual que hicieron los mexicanos con sus joyas y sus animalitos, cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo.
Los dos o tres agiotistas que vivían de la necesidad de la gente, nunca tuvieron miedo de que alguien no pagara. Si por mera casualidad salía un "trácala", se corrían la voz para evitarse otro fraude; pero además, cobrando el cien por ciento de interés, lo que uno por ahí dejara de pagar, era cubierto por los que sí cumplían. El márgen de utilidad era tan alto, que un fraude no significaba un riesgo de caer en descapitalización.
Como se ve, para ser pobre, sólo bastaba una enfermedad o que la familia pidiera los alimentos mínimos del día.
Si se toma en cuenta que nunca de los nunca, los cuamileros han tenido créditos del gobierno, y que desde siempre han trabajado por su cuenta, es comprensible lo que aquí mal se relata. Sin haber un pago patronal de por medio, los campesinos administran su capacidad de crédito, pidiendo al prestamista escasamente lo que marca la "libreta del fiado" que usa el abarrotero para los comestibles.
En la tienda no hay "pero" que valga: pagas o pagas. Si por alguna razón el deudor pinta para "transa", simplemente se le cierra el crédito y se deja la cuenta viva en el registro del comerciante. Todavía, cuando pasado el tiempo se cubra el adeudo, el cliente cargará con el estigma de la "trácala", con la desconfianza del fiador que le soltará menos mandado que antes, a cuenta del crédito. Debe quedar claro que, para cumplir en la tienda con el pago de cada semana, primero debe tenerse abierta la capacidad de crédito con el agiotista. A él, como si fuera patrón de albañil, hay que pedirle el "gasto" familiar cuantas veces llegue el fin de semana; todo en calidad de préstamo, desde luego, y a cuenta de la futura cosecha por supuesto.
Por un lado, el tendero tiene razón al no fiar su producto en un plazo que vaya más allá de una semana; con el dinero que entra debe surtir el negocio. Por el otro, también el prestamista tiene razón: algo tiene que ganar por estar al pendiente de las necesidades de los vecinos; no está para regalar su dinero. Por qué no decirlo; también el jodido (fregado) tiene razón para estar como está. ¿A cuánto se reduce su salario, cuando vende a mitad de precio la cosecha?
Pensando solamente en la venta que hace, a mitad de precio, ya tiene "para rato" si de vivir pobre se trata. Con lo poco que recibe, tiene para que mal coma su familia. ¿Y la ropa? ¿Y la salud? ¿Y la escuela obligatoria? ¿Y la mentada diversión de la familia?
En aquellos tiempos... 1950 a 1970 (¿?), el campesino que sacaba 40 ó 60 cargas de maíz, era seguro que salía "tablas" con el prestamista; se debía esto a que, durante la época de la preparación de la tierra, siembra y levantamiento de la cosecha, nadie le pagaba un peso al campesino, por trabajar en lo propio.
Sígame, lector, en estas fiestas de hambre tan famosas que viven los pobres de Nayarit, Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Chiapas, Oaxaca, etc., etc., y etc.
Afortunadamente "en donde está el diablo, está Dios". ¿Qué hubiera sido de aquellos que viéndose atacados por la enfermedad, y sin tener qué vender, no hubieran encontrado las manos amigas del doctor Odilón Barraza Lachica y del señor Clemente Salazar?
Este par de hombres pensaban muy diferente de aquellos que se aprovechaban del dolor ajeno. No había desesperados que no conocieran la calidad humana que tenían. Era cosa de llegar, entregar el enfermo y decir:
-Le traigo el enfermo... pero no tengo dinero.
Entonces el doctor Odilón, sin dejar de atender al paciente, llanamente contestaba:
-¿Y quién te está cobrando?
Con la misma serenidad contestaba cuando alguien insistía.
-¿No me oyó, "dotorcito"?, le dije que no traigo dinero.
-Ya tendrás, no te preocupes.
Pero una vez que llenaba la receta, volvían los temores y los lamentos.
-¿Y con qué voy a comprar la medicina?
-No te preocupes; ve a la farmacia y diles que vas de mi parte.
Era cosa de llegar al negocio de don Clemente, para que luego de leer la nota, éste dijera:
-Ah, que el doctor; no quiere hacerse rico.
La verdad de este movimiento humanitario era, que si el doctor hacía una obra buena, fiando o regalando el servicio médico, también don Clemente cerraba los ojos para secundarlo en la acción. No había letras, ni contratos, ni amenazas de nada cuando le tendían la mano al necesitado. Cómo dejar de recordarlos, si gracias a ellos, muchos de los que ahora somos abuelos, les debemos la vida a estos dos hombres de buen corazón.
Los campesinos no son perezosos, están contra la pared; son víctimas de la eterna "cuesta de enero", de la inevitable "cartera vencida"; son el "cinturón de la miseria" que no desaparecen con promesas ni demagogia sexenales. ¿En qué país no se conoce la pobreza?, ¿en qué país no es común el campesino, el obrero, el desempleado y los "ninis"?
Al escribir lo anterior, pienso en la traición que se hace al pueblo mexicano con la Reforma Laboral, desde el estrado principal de la nación. ¿Volveremos a esos tiempos de hambre que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos?
miércoles, 26 de septiembre de 2012
"Chuca" el chicharronero
No estaría completa ni la intención siquiera de hacer esta breve crónica, sin la mención justa de tres hombres especiales; los cuales por su característica física y por su esmerado desempeño en campos laborales tan singulares, dejaron tras de sí un ejemplo claro, de que se puede sobrevivir aún llevando a cuestas la pesada cruz de la marginación y las limitaciones del cuerpo. Ellos son: "Chuca", don Zenón y Heliodoro "Chino" Espinoza. Hablemos de Chuca.
Aunque propiamente no era viejo, preparar los chicharrones en el raso del sol a las once de la mañana, lo tenía disecado. Este hombre trabajó para don Víctor Casas, primero, y posteriormente para Matías, hijo de don Víctor.
A eso de las diez de la mañana acomodaba las piedras del fogón, y después de asentar el caso sobre las rocas y la leña, procedía a avivar el fuego, dándose tiempo para echar dentro del enorme recipiente, la pedacería de carne que se convertiría en sabrosos chicharrones.
Hablemos del chicharronero. Hay que imaginarlo sin camisa, de piel negra, requemada por el sol, pegada a las costillas como forro de tela sobre la armazón de un mueble de fierro o madera tosca. Estudiar anatomía en un cuerpo así, hubiera sido "pan comido" para los estudiantes menos avanzados en la carrera de medicina; pero bueno, el buen Chuca, carecía además de la gran mayoría de sus dientes y se veía forzado a mover la mandíbula cual rumiante. Sin ser anciano estaba encorvado, usaba sombrero de lona y grasoso, doblado por todos lados, debido a la necesidad de echarle aire al fogón. El caso es que por una y muchas razones, el dichoso sombrero, poco o nada lo protegía de los rayos quemantes del sol de medio día.
Para su mala suerte siempre sucedía: ni una infeliz nube lo protegía del sol en su pedazo de cielo matutino. Lo que Dios le daba de luz solar, se le multiplicaba a la hora de batir y más batir con la pala, durante más de hora y media, mientras le daba vueltas al caso y a la fogata. Se le multiplicaban el sol y el calor, así como decía el cura de la parroquia, que las obras buenas que realizaban los hombres justos, Dios las premiaba con ciento por ciento.
Con él, eso de que "Dios da el doble de lo que para otro se desea", fue incomprensible.
Una de dos: alguna vez abrió la boca para caer en esa mala tentación de los malos deseos para el prójimo, o estaba pagando como justo la falta de otro pecador. Esto último es lo más probable que sucediera. El caso es que Chuca recibía mansamente el doble del calor merecido, sin deberla ni temerla.
En la esquina contraria al molino de nixtamal, estaba la tienda de Manuel Guzmán; y era en la sombra que hacía el edificio en cuestión, donde a la media mañana instalaba mesa, leña, piedras y caso, según él suponía, escondido del sol.
En ese lugar hacía su trabajo en silencio absoluto; como si fuera una máquina programada y enemigo de los parlanchines. Lo más que se le escuchaba cuando alguien lo importunaba en sus labores, era un pujido que podía ser un reniego, un sí o un no. Después de eso, seguía moviendo la mandíbula como si masticara chicle, aunque bien se sabía que no era chiclero ni tenía razón para jugar con la sospecha de la gente.
Chuca desapareció. De su nombre de pila nadie supo. Si un día murió con esa edad que se le recuerda o se fue a vivir a otro lugar, no se supo. Tal exista rastro de tierra quemada en donde él ponía la fogata; tal vez llegue a descubrirse un día, que la tierra quedó salada con el tanto sudor que le escurría; pero eso será cuando alguien se proponga descubrir el sitio donde Chuca dejó su energía bajo los rayos de otro sol, pero igualmente bochornoso y quemante, al que nos vuelve su recuerdo.
Este es ciertamente, un recuerdo que vuelve constante con el aroma de los chicharrones; un recuerdo que grita el sacrificio realizado por Chuca, para satisfacer al paladar de los clientes.
Aunque propiamente no era viejo, preparar los chicharrones en el raso del sol a las once de la mañana, lo tenía disecado. Este hombre trabajó para don Víctor Casas, primero, y posteriormente para Matías, hijo de don Víctor.
A eso de las diez de la mañana acomodaba las piedras del fogón, y después de asentar el caso sobre las rocas y la leña, procedía a avivar el fuego, dándose tiempo para echar dentro del enorme recipiente, la pedacería de carne que se convertiría en sabrosos chicharrones.
Hablemos del chicharronero. Hay que imaginarlo sin camisa, de piel negra, requemada por el sol, pegada a las costillas como forro de tela sobre la armazón de un mueble de fierro o madera tosca. Estudiar anatomía en un cuerpo así, hubiera sido "pan comido" para los estudiantes menos avanzados en la carrera de medicina; pero bueno, el buen Chuca, carecía además de la gran mayoría de sus dientes y se veía forzado a mover la mandíbula cual rumiante. Sin ser anciano estaba encorvado, usaba sombrero de lona y grasoso, doblado por todos lados, debido a la necesidad de echarle aire al fogón. El caso es que por una y muchas razones, el dichoso sombrero, poco o nada lo protegía de los rayos quemantes del sol de medio día.
Para su mala suerte siempre sucedía: ni una infeliz nube lo protegía del sol en su pedazo de cielo matutino. Lo que Dios le daba de luz solar, se le multiplicaba a la hora de batir y más batir con la pala, durante más de hora y media, mientras le daba vueltas al caso y a la fogata. Se le multiplicaban el sol y el calor, así como decía el cura de la parroquia, que las obras buenas que realizaban los hombres justos, Dios las premiaba con ciento por ciento.
Con él, eso de que "Dios da el doble de lo que para otro se desea", fue incomprensible.
Una de dos: alguna vez abrió la boca para caer en esa mala tentación de los malos deseos para el prójimo, o estaba pagando como justo la falta de otro pecador. Esto último es lo más probable que sucediera. El caso es que Chuca recibía mansamente el doble del calor merecido, sin deberla ni temerla.
En la esquina contraria al molino de nixtamal, estaba la tienda de Manuel Guzmán; y era en la sombra que hacía el edificio en cuestión, donde a la media mañana instalaba mesa, leña, piedras y caso, según él suponía, escondido del sol.
En ese lugar hacía su trabajo en silencio absoluto; como si fuera una máquina programada y enemigo de los parlanchines. Lo más que se le escuchaba cuando alguien lo importunaba en sus labores, era un pujido que podía ser un reniego, un sí o un no. Después de eso, seguía moviendo la mandíbula como si masticara chicle, aunque bien se sabía que no era chiclero ni tenía razón para jugar con la sospecha de la gente.
Chuca desapareció. De su nombre de pila nadie supo. Si un día murió con esa edad que se le recuerda o se fue a vivir a otro lugar, no se supo. Tal exista rastro de tierra quemada en donde él ponía la fogata; tal vez llegue a descubrirse un día, que la tierra quedó salada con el tanto sudor que le escurría; pero eso será cuando alguien se proponga descubrir el sitio donde Chuca dejó su energía bajo los rayos de otro sol, pero igualmente bochornoso y quemante, al que nos vuelve su recuerdo.
Este es ciertamente, un recuerdo que vuelve constante con el aroma de los chicharrones; un recuerdo que grita el sacrificio realizado por Chuca, para satisfacer al paladar de los clientes.
lunes, 24 de septiembre de 2012
La verdad oculta
¿Quién desea cumplir 15 años, pensando que su mundo color de rosa se volverá negro?
¿Quién desespera por ser mayor de edad, para gastar las energías en labores ajenas al placer?
¿Quién busca la jubilación, porque sueña en propiedad una fosa?
¡¿Quién?!
A pesar de todo, se va la fantasía y deja al descubierto la veta de la realidad.
A pesar de todo, el hombre se hace adulto y conoce la responsabilidad.
Y la jubilación anhelada... muestra las páginas de la vida insospechada.
¡A pesar de todo!
La vida dulce o amarga, es requisito de la muerte; nacer es comenzar a morir.
¿Por qué hay quien hace de la vida un suspiro?
¿Por qué hay quien acelera el paso para llegar a su final?
¿Por qué el derroche de energía... de paz?
¿Por qué?
¡Cuántos capullos mueren antes de ser flores!
¡Cuántas flores pierden el polen, en tempranos vendavales!
¿Por qué la maldita prisa de morir, de conocer la dicha y la tranquilidad en una fosa?
¿Por qué apurar el paso, si la muerte sola ha de llegar?
¿Quién desespera por ser mayor de edad, para gastar las energías en labores ajenas al placer?
¿Quién busca la jubilación, porque sueña en propiedad una fosa?
¡¿Quién?!
A pesar de todo, se va la fantasía y deja al descubierto la veta de la realidad.
A pesar de todo, el hombre se hace adulto y conoce la responsabilidad.
Y la jubilación anhelada... muestra las páginas de la vida insospechada.
¡A pesar de todo!
La vida dulce o amarga, es requisito de la muerte; nacer es comenzar a morir.
¿Por qué hay quien hace de la vida un suspiro?
¿Por qué hay quien acelera el paso para llegar a su final?
¿Por qué el derroche de energía... de paz?
¿Por qué?
¡Cuántos capullos mueren antes de ser flores!
¡Cuántas flores pierden el polen, en tempranos vendavales!
¿Por qué la maldita prisa de morir, de conocer la dicha y la tranquilidad en una fosa?
¿Por qué apurar el paso, si la muerte sola ha de llegar?
domingo, 23 de septiembre de 2012
Plaza de los Fundadores
Hablemos de San Luis Potosí.
Por su estructura arquitectónica, la Plaza de los Fundadores no impacta. Se trata de una explanada en donde se realizan actos cívicos importantes. Pudiera decirse que es una cancha deportiva; no lo es, claro, pero eso parece a simple vista.
Ubicada sólo dos cuadras al poniente de la Plaza de Armas, sorprende que en lugar de un obelisco o algún monumento de especial presentación, los visitantes encuentren la dicha explanada desierta, y sobre ésta un estrado de cemento que adelanta el uso del espacio y un muro donde está el asta bandera y el nombre de la plaza.
Precisamente, para mayor constancia de hechos, el día que la visité se realizaba oficial y públicamente la quema de una bandera nacional. El gobernador Marcelo de los Santos y un pequeño contingente de colaboradores, hacían acto de presencia ante una veintena de grupos escolares privilegiados, que asistían para presenciar y ser parte del evento cívico, pero también, para recibir en aquella ceremonia un estandarte de renuevo para las instituciones que representaban.
De ese modo, conforme al estilo cómico de Cantinflas en su "Bolero de Raquel", mi esposa y yo nos vimos involucrados por primera vez, no sólo en una ceremonia cívica tan importante, sino también estrechando las manos de los funcionarios estatales y compartiendo como público selecto el estrado. Era notorio, demasiado notorio, que algún desacuerdo había entre el pueblo sanluisense y el representante oficial del estado, en ese periodo gubernamental.
Estando pues, entre los funcionarios "lepes", pudimos ver que al poniente estaba el edificio Ipiña, obra arquitectónica hecha de cantera labrada y fachada admirable, que fuera construida por el ingeniero Octaviano Contreras, de 1903 a 1912, por encargo de su suegro José Encarnación Ipiña.
Hacia el norte de la explanada, la Universidad Autónoma de San Luis, conserva en su muro frontal una cruz de piedra, que indica el lugar histórico y preciso donde se fundó la ciudad.
Fue ahí, en esa ceremonia pública, en donde me enteré de que la ciudad tenía posibilidades de ser nominada Patrimonio Cultural de la Humanidad y que en breve llegarían los Visitadores que enviaba la UNESCO, para observar y calificar aquel Centro Histórico que aun estaba como candidato para tan digna mención.
"Visitadores -me dije. Pronto tendremos una acción semejante a la que realizó Porfirio Díaz para celebrar el Centenario de la Independencia, afectando a la clase trabajadora que no puede darse el lujo de tener un día de descanso; porque si lo hace, no hay comida para la familia.
Así fue "mesmamente"; así justamente pasó. A los pocos días desaparecieron paleteros, casetas de los boleros, limosneros, fotógrafos ambulantes, chicleros y franeleros; todos los hijos de la vecindad "se fueron". Hasta el único y pintoresco globero que se veía en la Plaza de los Fundadores, se perdió. Y si no pudieron trabajar quienes humilde pero honestamente se ganaban la vida, ¿qué podían esperar las sexoservidoras que rondaban el "callejón del amor" a dos cuadras de la Plaza de Armas, y las pobres mariposas que también revoloteaban a las puertas mismas de la catedral?
Mientras una cuadrilla de trabajadores municipales se dedicaba a quitar los chicles y las manchas de las calles adoquinadas, había otra que resanaba, y aún otra de uniforme policiaco que cuidaba diariamente, día y noche, de que las "muchachas de la glotonería sexual", no se acercaran por esos rumbos que visitarían los Visitadores... perdonando el dislate narrativo, que no el social de Marcelo de los Santos. ¿No habría mejor propuesta para la clase marginada?
La mácula social tiene años sobreviviendo en el Centro Histórico y... después del reconocimiento como Patrimonio Cultural de la Humanidad, todo volvió a la normalidad del disimulo oficial.
Por su estructura arquitectónica, la Plaza de los Fundadores no impacta. Se trata de una explanada en donde se realizan actos cívicos importantes. Pudiera decirse que es una cancha deportiva; no lo es, claro, pero eso parece a simple vista.
Ubicada sólo dos cuadras al poniente de la Plaza de Armas, sorprende que en lugar de un obelisco o algún monumento de especial presentación, los visitantes encuentren la dicha explanada desierta, y sobre ésta un estrado de cemento que adelanta el uso del espacio y un muro donde está el asta bandera y el nombre de la plaza.
Precisamente, para mayor constancia de hechos, el día que la visité se realizaba oficial y públicamente la quema de una bandera nacional. El gobernador Marcelo de los Santos y un pequeño contingente de colaboradores, hacían acto de presencia ante una veintena de grupos escolares privilegiados, que asistían para presenciar y ser parte del evento cívico, pero también, para recibir en aquella ceremonia un estandarte de renuevo para las instituciones que representaban.
De ese modo, conforme al estilo cómico de Cantinflas en su "Bolero de Raquel", mi esposa y yo nos vimos involucrados por primera vez, no sólo en una ceremonia cívica tan importante, sino también estrechando las manos de los funcionarios estatales y compartiendo como público selecto el estrado. Era notorio, demasiado notorio, que algún desacuerdo había entre el pueblo sanluisense y el representante oficial del estado, en ese periodo gubernamental.
Estando pues, entre los funcionarios "lepes", pudimos ver que al poniente estaba el edificio Ipiña, obra arquitectónica hecha de cantera labrada y fachada admirable, que fuera construida por el ingeniero Octaviano Contreras, de 1903 a 1912, por encargo de su suegro José Encarnación Ipiña.
Hacia el norte de la explanada, la Universidad Autónoma de San Luis, conserva en su muro frontal una cruz de piedra, que indica el lugar histórico y preciso donde se fundó la ciudad.
Fue ahí, en esa ceremonia pública, en donde me enteré de que la ciudad tenía posibilidades de ser nominada Patrimonio Cultural de la Humanidad y que en breve llegarían los Visitadores que enviaba la UNESCO, para observar y calificar aquel Centro Histórico que aun estaba como candidato para tan digna mención.
"Visitadores -me dije. Pronto tendremos una acción semejante a la que realizó Porfirio Díaz para celebrar el Centenario de la Independencia, afectando a la clase trabajadora que no puede darse el lujo de tener un día de descanso; porque si lo hace, no hay comida para la familia.
Así fue "mesmamente"; así justamente pasó. A los pocos días desaparecieron paleteros, casetas de los boleros, limosneros, fotógrafos ambulantes, chicleros y franeleros; todos los hijos de la vecindad "se fueron". Hasta el único y pintoresco globero que se veía en la Plaza de los Fundadores, se perdió. Y si no pudieron trabajar quienes humilde pero honestamente se ganaban la vida, ¿qué podían esperar las sexoservidoras que rondaban el "callejón del amor" a dos cuadras de la Plaza de Armas, y las pobres mariposas que también revoloteaban a las puertas mismas de la catedral?
Mientras una cuadrilla de trabajadores municipales se dedicaba a quitar los chicles y las manchas de las calles adoquinadas, había otra que resanaba, y aún otra de uniforme policiaco que cuidaba diariamente, día y noche, de que las "muchachas de la glotonería sexual", no se acercaran por esos rumbos que visitarían los Visitadores... perdonando el dislate narrativo, que no el social de Marcelo de los Santos. ¿No habría mejor propuesta para la clase marginada?
La mácula social tiene años sobreviviendo en el Centro Histórico y... después del reconocimiento como Patrimonio Cultural de la Humanidad, todo volvió a la normalidad del disimulo oficial.
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