miércoles, 19 de diciembre de 2012

Aquellas Navidades

   Las mejores Navidades de mis viejos ya se fueron. Aquellos tiempos de limitaciones económicas, pero plenos de felicidad a la hora de rodear la mesa para consumir buñuelos calientitos, ciertamente ya se fueron.
   Los años de insatisfacciones cambiaron de ropaje; también, desgraciadamente, las reuniones aquellas en las que llenos de gozo, disfrutábamos lo que parecía una simple reunión de glotones en los días de festejo navideño.
   A cuarenta años de distancia, a cientos de kilómetros, con otras necesidades y con nuevas obligaciones, representando un papel para el que no hay escuela de perfeccionamiento, pienso: ¿El frío invierno y los achaques, disimularán que hay sillas vacías?
   ¿Pensarán mis viejos, que hay deudas que el tiempo cobra por equivocación?
   ¿Sabrán acaso que los hijos ausentes tienen deseos de abandonar las nuevas raíces, para paliar los males de su tiempo incierto?
   ¿Qué fuerza misteriosa hace que rían mis queridos viejos, ahora que los males los agobian, ahora que en las Navidades abundan las sillas vacías?
   Si es la ley de la vida, yo acuso al autor de insensible, de inhumano. Porque no basta saber que el ser querido nos recuerda; hace falta la demostración directa, del afecto filial que refuerza la creencia del nacimiento y la muerte de un Cristo que redime.
   Ahora que miles de pavos y miles de árboles mueren en tu honor, paradójicamente para conmemorar tu nacimiento, quizá te llegue este lamento, Señor de todos los tiempos, ahora que mi vida también empieza a declinar, y que ya vislumbro las sillas vacías de mi hogar y la risa enigmática de la vejez... Aquellas Navidades, ya se fueron.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Apodos

Alcohol.- Este apodo tan singular, le resultó a uno de los hijos de El Chino Espinoza, porque su mismo nombre lo sugería: Albino.
Bellaco.- Con este sobrenombre fue conocido Silverio Macías, quien fuera hermano de Julián (el que hacía trompos) y Toribia.
Bucho.-   Tiburcio Rodríguez Márquez fue su nombre verdadero. A su papá le llamaban Chato Rodríguez y a su mamá Cuca Márquez.
Cacho Olivarría.- Hijo de doña Berna, señora que vivió 115 años, hasta que se quitó la vida involuntariamente; "si una cucharadita es buena, dijo, ¿qué milagros no hará toda la botellita?". Se empinó la botella de Hemostyl, y murió por el sofoco que le causó el poquito alcohol que contenía el jarabe que servía para curar la tos. Durante muchos años (hasta 1970), Cacho se encargó de preparar la pastorela que hacía interesantes las navidades; pero antes había formado junto con sus hermanos, el grupo Los Cachos, quienes tocaban principalmente minuetos, para despedir a los niños recién nacidos que morían de mocezuelo (tétanos). Dicha enfermedad atacaba a los niños por el ombligo, cuando eran atendidos por las parteras que ponían poco cuidado en la higiene; en ocho días se morían los nenes, víctimas de terribles dolores y fuertes contracciones.
Cachuni.- Benito Delgadillo era su nombre. Poca gente conoció el parentesco que tenía con la esposa de don Miguel Alcalá; eran primos. Elena era hija de don Lucio Delgadillo, Benito "Cachuni" era hijo de Lucía Delgadillo; dos ancianos que vivieron en la entrada de El Venado, Nayarit. Cachuni fue albañil, pero se le recuerda por la competencia en carreras que tuvo un 16 de septiembre, con su amigo albañil Cornelio Béjar.
Cangui.- Este sobrenombre tan extraño fue heredado a la familia Hernández, por el papá Manuel Hernández.
Canurcia.- Alberto Manzano Gallardo, siempre ha sido llamado con este apodo.
Carrasco.- Alberto Partida ha sido el propietario de este apodo. Se le recuerdan dos hermanos: Camilo (papá de Nacha) y José "Güero" Zamarripa.
Cátaro Partida.- Catarino Partida Rodríguez era su nombre; su padre fue Abraham Partida.
Ciriango.- José Reynoso que era su nombre, recorrió en su "troca" doble rodado, los pueblos de Las Parejas y Estación Yago, Nayarit, llevando gente al corte de tabaco. Cuando no hacía dicho trabajo, vendía grava y arena que sacaba del río San Pedro.
Cope.- Lorenza Guzmán Arellano fue su nombre verdadero.
Cuevitas y Macaco.- Fueron hijos de la señora Chayo Fernández.
Cuín Romero.- Desde niño fue llamado así; su nombre real fue Joaquín. En su niñez fue obligado por su papá a cargar en la espalda más peso del que podía, y se fracturó la columna vertebral. Cuín fue uno de los enamorados de Chicha Tapia, la que fuera hija de don Jesús Tapia (tío de don Jesús el alfarero). Chicha y don Chuy el "Ollero", en realidad fueron primos.
Culebro.- Así ha sido conocido un nieto de don Abraham Montellano.
Chabules.- Isabel Flores fue su nombre. Es recordado porque en un tiempo fue dueño de una paletería que estuvo al poniente de la tienda de Jorge Manzano, también porque fue concesionario de las "corridas" que movían pasaje de El Venado a Estación Ruiz.
Chaco.- Con este apodo se recuerda a Rogelio Molina Esparza.
Chacuana.- Felipe Macías, hijo de don Julián, es recordado con este feo nombre de tortuga bisagra, la cual abundaba en la laguna del pueblo, principalmente en temporadas de lluvia.
Chacha.- Los padres de Chacha fueron Juan Casas y Josefina Estrada.
Chapo.-A Bernardo Santacruz se le quedó este apodo por ser grande; a un hermano de él se le ha conocido como "Piteco".
Chato Rodríguez.- Al papá de Bucho siempre se le conoció con este sobrenombre.
Cheque.- Así llamaban los familiares y amigos a Ezequiel del Hoyo Fernández.
Chicurra.- De oficio herrero. Su nombre real fue José Guzmán.
Chicha.- Narcisa Tapia Rangel fue su nombre. Fue prima de don Jesús Tapia el alfarero, quien fuera papá de José "Cura".
Chilín Magallanes.- No se conoce la razón de dicho apodo, pero Chilín fue hermano del profesor Juan.
China.- Fue hija de don Jesús Estrada y de doña Dolores Montes.
Chinaco.- Hermano de Julián Macías.
Chinduco.-Así fue conocido un boxeador local, que después se haría trailero.
Chipango.- Hijo de doña Carolina Romero; su nombre fue Cipriano.
Chivero.- Félix González fue su nombre. Tuvo como vecinos a Serafín Estrada "El Comino" y también a "El Garrote".
Chuca.- De Chuca nunca se supo su nombre, pero trabajó para don Víctor Casas y su hijo Matías, haciendo chicharrones.
Digo, Digo.-Porque utilizaba siempre estas palabras, así fue llamado Carlos Betancourt.
El Borrego.-Entre los músicos de El Venado, así fue llamado Nicolás Muñoz, violinista de Los Piteros.
El Cuate.- Se ignora el nombre de pila; pero se sabe que vivió en lo que una vez fue El Capomal.
El Chino.- A Heliodoro Espinoza, esposo de Olimpia Rodríguez, se le conoció con este apodo.
El Diablo.-Es curioso; Miguel Hernández ya tenía suficiente con el apodo "Cangui", pero también es conocido como "El Diablo".
El Güero Fernández.- Emilio fue rebautizado así por el color de su piel.
El Güero Zamarripa.- A Tomás también lo apodaron así por el color de la piel.
El Ratón.-Por una poesía que los maestros le hacían recitar en los lunes cívicos, así rebautizaron los malos compañeros de escuela, a Juan Plaza.
El Tábano.-Este apodo le resultó a un vecino de El Venado, por el color de los ojos.
Gacho.-Una oreja gacha dio pie para soltar este apodo.
El Garrote.-Fue hijo de Catalina García, quien fuera conocido como Felipe El Garrote.
Guabina.-Chano, de buen carácter y sastre por convicción, siempre fue conocido como Chano Guabina, sólo porque su piel oscura hacía recordar el color del bagre y de otro pez al que la gente llamaba guabina.
Guajolote.-Puede considerarse que este apodo ha sido uno de los más ofensivos; pues José Castañeda no cesaba de proferir maldiciones, en cuanto lo llamaban con dicho sobrenombre.
Güeyano.-Aureliano se llamó el aludido con este nombre extra. Se reía cuando alguien le preguntaba por qué se dejaba llamar así. "Me fregaron, vale; me fregaron" -decía-, ignorando la mala broma.
Jabalí.-Lo que fue nombre de batalla en el boxeo, quedó como apodo formal para Andrés Canales, quien tenía pelo aviagrado.
La Calabaza.-Un juego inocente donde los hermanos Mateo, Pilar, Félix y Cleotilde Cayetano se repartirían los nombres de las frutas y verduras sugeridas por ellos mismos, dio pie a que la última de la lista, ganara permanentemente para ella y las generaciones venideras, el apodo que se registra. Cien años hace de esto.
La Cotorra.-Esto es una prueba más, de que en los juegos inocentes está el embrión de los apodos. Una hija de don Ramón Estrada y de doña María Ventura, sacó el apodo de la misma familia.
La Guaca.-A Marina, esposa de Petronilo Moreno, le quedó este apodo, porque de gusto echaba "guacos" (gritos especiales) en el monte.
La Güera Solís.- Carmen fue su nombre. Ganó el apodo por el color de la piel.
La Pozolera.-Una vieja costumbre que servía para orientar a los niños mandaderos, dio pie a que la gente dijera Ramona "La Pozolera", en lugar de Ramona Flores, que era su nombre. Igualmente se decía sin malicia: Odilón "El panadero" y Ramón "El Sastre". Agregando el oficio, se tenía la certeza de llegar a la dirección buscada.
La Prieta Ruiz.-Así le decían a Julia Ruiz Alegría, quien fuera hija de don Santiago y de doña María.
La Zarca Verdín.-Fue hermana de doña Pachita Verdín y cuñada de don Julio Acosta.
Lechitas.-Cuando Francisco Padilla, trompetista de oficio pero gallero de corazón, vio ganar a su plumífero en la primera pelea formal de su vida, acordándose de que no lo había alimentado bien y que a pesar de ello el pajarraco se levantaba con la victoria, dijo emocionado a los amigos: ¡Y apenas ayer le di su lechita! Desde ese momento dejó de ser Pancho, el que fuera papá de Benjamín Padilla.
Molotes.-En todo está la gente. Un peinado de época que tanto le gustara a Delfina, hija de doña Petra y de don Salvador, sirvió para que los vagos le cambiaran el nombre.
Monchi.-Un hijo de Ramón Fernández dejó de ser Ramoncito y quedó Monchi; un hermano de Monchi, llamado Eustorgio terminó siendo Tocho.
Necho.-José Inés Manzano siempre fue llamado Necho.
Nena.- ¿Se llemaría Magdalena? Una hija de Necho sólo fue conocida como Nena.
Nicho Pistolas.-Porque siempre andaba armado, por ser integrante de la Defensa Rural, la gente le cambió el nombre a Dionisio Uribe. Muy a propósito quedó lo de Nicho Pistolas, para hacer alusión al Pancho Panteras, comercial con el que se anunciaba el Choco milk.
Palancas.-Por tener problemas en los pies, Juan Zacarías Rodríguez fue motejado como "Palancas" por los que falsamente se decían sus amigos.
Panocho.-Con este apodo fue conocido don Ramón Estrada; así mismo fueron llamados los hijos y las hijas, cual si hubieran recibido en herencia un título nobiliario.
Patón.-Siendo hijo de don José Solís, de oficio carnicero, un día otro niño preguntó: ¿y ete quen esh? Don José, sorprendido por la pregunta pero queriendo darle cierta importancia al hijo, respondió: es el patrón, es Beto el patrón. Desde ahí, debido a que el hijo del cliente no pudo pronunciar la palabreja "patrón", tanto don José como toda la gente que esperaba atención, escucharon lo que sería apodo para Beto Solís: Patón... Beto "Patón", repitió el niño.
Pavo.-Lo que se pronunciara cariñosamente para Pablito Nava, derivó en "Pavito" y "Pavo". Cosas de la familia.
Pelucas.-No se recuerda el origen del apodo Pelucas. Lo que sí fue muy conocido es que vendía cacahuates, y que el hombre que se llamaba Pedro Rodríguez, decía: "lleve ruido; haga ruido". Vendía a veinte centavos el bote de cacahuates en 1965.
Pepo.-Perfecto Canales fue conocido con este apodo.
Picuriles.-Raúl Brewer Manzano, hijo de don Armando y doña Elvira, así fue llamado siempre por la chamacada amiga de mil novecientos cincuenta y tantos.
Pipas.-Dedicado a la compra-venta de gallinas y plátanos, Francisco Acosta Verdín siempre fue para los clientes, Pancho "Pipas".
Rorro.- Roberto Guerra Regalado creció con este apodo familiar.
Sirol.-- Rafael Bañuelos utilizaba esta palabra como afirmación. Era el equivalente del futuro "simón, carnal". Sirol se le quedó.
Tacuachi.-Su nombre de pila fue Eudolio Gutiérrez Parra; su mamá Simona Parra, vivió en segundas nupcias con don Jesús el alfarero. No se sabe el origen del apodo singular; sin embargo, la señora y los hijos fueron conocidos como la "tacuachada".
Tacho.-Se crée que su nombre fue Anastasio Lozano. Su padre se llamó Teodosio. El popular Tacho se casó con Chelo, y tuvieron un hijo de nombre Gabriel.
Tica.- Los padres de "Tica" fueron don José Solís y doña Gregoria Márquez. El nombre real de ella era María.
Tichi.- Los vecinos siempre estaban dispuestos a "resellar" la mercancía. La señora Beatriz Corona, esposa de don José "Chicurras" Guzmán, entendía mejor cuando la nombraban "Tichi".
Tildio.-A Modesto Dueñas, hijo de doña Pachita, así lo conocían los amigos.
Tolo Solís.-El conocido "Tolo" que aquí se menciona, se casó con Cecilia, la que fuera hija de doña Guadalupe Hernández.
Toro.-Con este sobrenombre se conoce a Bernardo Montaño.
Tuca o Pituca.-Juana Anzaldo Cibrián es el nombre que se esconde en el apodo. Crescencio "Chencho", Crescenciano "Chano", Francisco "Chivi" y María "La Viejo" son de la misma familia. Los sobrenombres quedan como viejos cariños de doña Manuela Cibrián, su mamá.
Tumbatejas.-Por decirlo de algún modo, este es un sobrenombre de "alcurnia" y fama bien merecida. Fue paseado por don Miguel Alcalá, su propietario, en las calles de El Venado, Ruiz, Tuxpan, Santiago Ixcuintla, Tecuala, Acaponeta, El Zopilote, San Pedro Ixcatán, San Miguel, Rosamorada y aún en lugares tan lejanos como Imuris, Agua Prieta y Cananea, donde decir Miguel "Tumbatejas" siempre fue sinónimo de "amigo Miguel". Su mariachi "Los Piteros" le dejó grandes satisfacciones y amistades, donde quiera que fue paseado.
Tutis.-Salomé y Juan, de la familia de los "Tutis", fueron los más conocidos. Y de estos dos hermanos, posiblemente se recuerde más a Juan, porque allá en los cerros gustaba de cantar imitando al Charro Avitia.
Vaca.-Con este singular apodo se conoció a Andrés Guzmán Corona, socoyote entre los hermanos Pastora, Sotero, Lidia y Luis.
Yojo.- No podíamos borrar de la lista a quien fuera alguna vez, Comisariado Ejidal de El Venado, en el municipio de Ruiz. "Yojo" le decían las amistades a Heliodoro Anzaldo Rentería.

En 1970, gracias a que las neuronas todavía le funcionaban al autor de esta relación, y que los familiares no quisieron olvidar el verdadero nombre que se ocultaba en los apodos, nació la inquietud del registro. Pero debido a situaciones ajenas al interés de recordar a los amigos, como amigos, la lista de hace muchos años había quedado reducida a la mitad de los que aquí se comparten. Aún faltan apodos, lo sé; pero estos son suficientes para que se vea la importancia de una vieja tradición. Así nos conocíamos, así éramos, así somos. Amigos, paisanos y no paisanos, esto es un fragmento de mi futuro libro Memoria del corazón, el cual rescata recuerdos que son poco conocidos que, estoy seguro, unirán más a las familias que están dispersas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Te vas a casar?

¿Te vas a casar?...
¡Perfecto!
Alguna decisión tenías que tomar. No podías quedarte soltero y llegar a los cuarenta sin rendirle cuentas a Dios... o al diablo. Porque la soltería también tiene sus obligaciones.
Si a los casados cuarentones les insinúan la lista de los amigos, cuando están por cumplir los próximos doce meses de vida, ¿te imaginas que no se le exija fiesta de 41, al que no conoce mujer?
¿Te vas a casar?...
¡Felicidades!
Pero debes saber, antes que nada, que la primera felicitación para un casado, deja con el ojo cuadrado.
-Ya tenemos mujer los dos -te dice el primero que te abraza-. Luego, cuando pones cara pendenciera, agrega: "tú, yo, y muchos mandilones que andan por ahí".
¿Te vas a casar?
¡Perfecto! ¡Felicidades!
El matrimonio es una empresa, y tú eres un empresario. También tu mujer será una empresaria. Y de la administración que hagan, dependerá que no hagan de semejante compromiso una aventura o un albur. Los dos serán responsables de que el proyecto sea un éxito.
¿Sabías, antes que nada, que sólo en el matrimonio hay hombres perfectos?
¿Sabías, aquí entre nos, que sólo en el matrimonio hay mujeres perfectas?
Así como lo oyes.
Los que andan jóvenes y solteros, no están completos; les falta algo. Y mientras encuentran ese "algo" que les falta, se entretienen solos. Ahora, los que siguen solterones, es porque no buscan, porque ya son mañosos. Esos no corren ni para tercera ni para primera, les gusta la sinvergüenzada.
¿Te vas a casar?
¡Qué bueno! ¡El mundo está necesitado de hombres valientes! Pero mira, por tener en qué entretenerte, ¿sabías que nunca terminas de pagar la cuenta de la boda?
¿Te vas a casar?
¡Adelante! Si no te casas, hablan de ti; si te casas, de todos modos; bueno, si de Dios hablan... con más razón de un pobre diablo enamorado.
Ya en serio, quiero decirte: ¡Felicidades!
El matrimonio es buen negocio para el hombre y la mujer. Pero tienen que vivir día tras día haciendo planes de vida. No pueden quedarse quietos; no pueden dormirse; no deben olvidar que el matrimonio es de dos, no deben permitir que un extraño se meta en el negocio que es de dos. Y si el negocio es de dos, te estoy diciendo que las decisiones que se toman en esa empresa llamada matrimonio, en ese negocio llamado matrimonio, son de dos; ninguno debe tener privilegios al tomar una decisión relevante.
No seas "mamila" y vayas a salir con una tanteada propia de los que fracasan: que "es mi dinero"; que "lo tuyo es tuyo, y lo mío es mío"; que "yo soy hombre y hago lo que quiero"; que "yo doy el gasto y lo demás no te importa"; que esto, que lo otro.
Porque precisamente por eso se llega al divorcio, porque los recién casados no reconocen las nuevas reglas que nacen de la unión. Si tú eres el que trabaja, que bueno; y si los dos trabajan, qué mejor; cuanto mayor sea el ingreso económico, mayor satisfacción tendrán tú y tu mujer. Pero repito, no seas babas, no tires el dinero que es de los dos; o de la familia si lo prefieres, de la empresa, del negocio.
Por más que te sientas macho, reconócelo, la etapa del mandilón también es bonita. Dale su lugar a tu mujer, a tu interesada socia. Repite constantemente: ¡Soy mandilón! ¡Soy mandilón!
Así, cuando alguien quiera sonsacarte y te pique la cresta diciendo que eres mandilón, ya no te molestará. Y si sale con el cuento de que te regaña tu mujer, contéstale:
-Ni modo que me regañe la tuya.

¿Para qué se inventó el matrimonio?
Ándale, contesta, ¿para qué se inventó el matrimonio? ¿No das? Se inventó para sobrellevar de mejor forma los problemas de la vida.
Mira, un soltero puede lavar, es cierto; también planchar, cocinar y hacer mil maravillas más, pero ¿tendrá tiempo de hacerlo? ¿Y su descanso, y la diversión, y su libertinaje?
Se supone que trabaja para mantener sus vicios, para pagar sus gustos. Y se supone también, que la jornada de trabajo tiene ocho horas. Entonces, ¿cuándo se supone que arregla su ropa? ¿Cuándo pone en orden su "depa"? Entiéndelo desde ahora... futuro mandilón: por algo se mira desorden donde habita el hombre soltero. No alcanza su tiempo para el trabajo, el negocio de la casa, y para que salga todavía, a divertirse como si nada.
¡Ah, campeón!, No pienses que al casarte adquieres una empleada o una esclava. La mujer que se casa, si no trabaja fuera del hogar, atiende todo lo que un soltero deja abandonado por falta de tiempo y energía. Puede lavar, planchar, tenerte lista la comida, es cierto, pero no lo hace por ganar un peso o porque se someta a las reglas de la esclavitud; ella, al ser esposa, sólo cumple una obligación de familia... acuérdate, acuérdense del ¿para qué se inventó el matrimonio?
Si tú sales a buscar el sustento, ella te permite con otro tanto de esfuerzo, llegar a descansar en un espacio que se llama hogar; en un espacio donde hay cariño; por más que tendenciosamente aseguren que "el hogar es la tumba del amor".
Cuando un casado se tumba sobre el lecho conyugal, puede dormir, reflexionar, descansar, hacer planes o sembrar familia. Muchas cosas a cual más de permitidas y bonitas pueden sucederle en su lecho conyugal.
Mientras que al soltero le pega la sensación de soledad cuando llega al "depa" a descansar, al casado lo duerme la satisfacción del deber cumplido, los planes de vida que hace con su pareja, y el efecto de las energías perdidas en aras del amor y su santo matrimonio. Esto es lo bonito del matrimonio: te asusta, pero te gusta.
Mientras que un soltero se acuesta "a dormir la mona" sin más compañía que sus malos humores, al casado tal vez lo duerma una caricia o una bendición. Claro, todo depende de con quien se case.
Es muy importante la selección del aliado. Tanto el hombre como la mujer, cuando buscan la felicidad, dependen de ese aliado que se encuentran.
¡Ah, los aliados! Tienes qué reconocer: "tanto pides, tanto das". En la etapa de la búsqueda de afecto, tiene gran verdad la regla "tanto tienes, tanto vales". Pero en esto no se habla de dinero, sino de amor, simpatía y todas las virtudes del mundo que pueda tener la persona escogida. A quienes lo entienden les va bien; a quienes cierran los ojos para no comprender las realidades del mundo, generalmente les va mal.
¿Cómo escoger pareja?
Por principio de cuentas, la juventud inexperta se deja llevar por la estampa (rostro, pechos, glúteos, piernas). Si aquello que mira le "llena el ojo", ruega; pero si no es así, pasa indiferente frente a la "escultura" que carece de arte, ignorando las virtudes posibles que sólo pueden descubrirse con la comunicación y con el trato. La juventud, ordinariamente se deja llevar por los aspectos más superficiales, como lo serían el dinero de la familia que otorga estatus social, y si la persona buscada tiene algún título; ignora la falta de sueños, las inclinaciones perversas como potencial silenciado de la mezquindad. Así entonces, dejándose llevar por la fachada corporal que la naturaleza da sin merecimientos de por medio, sólo se tiende a seguir el camino del fracaso.
Decir "su igual" en los negocios del amor, muy ciertamente equivale a decir "la media naranja"; lo que hace pensar, o debiera hacer pensar, que la similitud se refiere a lo que hay por dentro (calidad en los sentimientos), también a lo que hay por fuera para sustentar lo interno (expresión y palabra amable), dejando como independientes los aspectos económico y social, simbólico del interés. "Su igual" es una idea que se abre a la polémica, que pone barreras o se vuelve reto; pero con los años que no perdonan "tuertos ni mono sin cabeza", qué clara se ve la verdad aconsejada.
¿Te vas a casar?
¡Órale! Resulta que sí hay locos que comen lumbre.
Pero de verdad te lo digo: ojalá que no seas de esos que dejan de estudiar y se casan a lo tarugo, sin tener una carrera ni trabajo bien pagado, ni nada. Espero que no seas de esos que prueban el "cuchi cuchi", y luego se casan porque agarran el vicio, sin pensar en los sentimientos ni en la hermosura superficial, sólo y solamente en el triángulo de la pasión. Ojalá que no te haya engatusado una lagartona y peor quedada, de las que primero buscan al "príncipe azul" y después al primer tonto que se encuentran, por tal de salir de blanco.
Date cuenta futuro mandilón, en cualquiera de estos casos, no hallaste tu igual; a no ser que tú también estés en la condición de tu futura pareja.
¿Qué se necesita para dar el gran paso?
¡Solvencia muchacho, solvencia!
Solvencia mental y económica; tener madurez, un trabajo seguro y bien pagado... de preferencia, y una familia que comparta tu opinión y que te apoye.
Decir solvencia mental, es como decirte responsable y sabedor de las consecuencias y compromisos que llegan con el matrimonio. Decir solvencia económica, es saberte respondón con el bolsillo, cuando llegan las urgencias de gastos imprevistos o de orden cotidiano.
Si ya lo decidiste, adelante, es tu "rollo". Los demás sólo pueden hacer "changuitos" y desear que te vaya bien; sólo pueden decir "que con su pan se lo coma", o bien, "en el pecado va a llevar la penitencia". Aunque después de todo lo que se diga, el matrimonio tiene lo suyo: es para la gente centrada, también para los tarugos que se avientan a lo "babas"; por algo aseguran que es como un chiquero, en donde unos "cochis" quieren entrar y otros quieren salir.
¿Qué te parece?... ¿Te quieres casar?... ¡Adelante!

NOTA: El texto anterior es un fragmento del próximo libro de David Cibrián Santacruz, quien de forma coloquial pero con la palabra franca, expresa la verdad cruda de lo que es el matrimonio. Amigos lectores, gracias por detenerse en esta página, y mucho más por la opinión que manifiesten para el autor.


domingo, 28 de octubre de 2012

Milagroso préstamo

   Lidia sí sacó cuentas, cuando le preguntó a Roberto por los años que tenían de casados. Habían pasado dieciocho. Su hijo mayor apenas pasaba los dieciséis de edad. Los partos, repetidos año con año, pronto le hicieron sentir que en lugar de hijos paría problemas, hambre, necesidad; y se quedó mirando las camas de los retoños.
   Así como la mesa era de carrizos, también las camas. Miró el techo. Vio palma, más carrizo, algún agujero que ya pedía reparación y, abajo, la tierra que diario pisaba, era de francas hondonadas y elevaciones cubiertas de filosas rocas. El chiname que servía de pared en su jacal, estaba hecho de varas y carrizo.
   Inconscientemente volvió la mirada al rincón que se hacía detrás del metate y del comal. Cerró los ojos. Recordó las veces que había llorado con cada manecer. Los rayos matutinos del sol, como lanzas, habían herido su corazón. Luego su hijo mayor, aquel niño de apenas hablar, preguntando: ¿qué vamos a comer?
   Cómo podría olvidar el día que sintió deseos de estrangularlo, para que ya no se preocupara por los alimentos. "¿Qué vamos a comer?" -había preguntado-. Y ella, en aquel ánimo asesino que la invadía, tuvo la fuerza necesaria para cambiar el dictado de la desesperación.
   -¡Ay, hijo!, ¿para qué te levantas? -pronunció.
   Y un ángel vino en su ayuda seguramente, porque en lugar de buscar el cuello de su niño, se oyó preguntando:
   -¿Haces un mandado, hijo?
   La sonrisa dulce que tenía para su niño al hacer la pregunta, se chorreó de llanto.
   -¿Por qué lloras, mamá? -dijo el pequeño.
   -No lloro, hijo; el humo me molesta -se defendió. Pero a pesar de la negativa, la pregunta de su niño se repetía en su cabeza como un eco perpetuo, incesante, que aceleraba el ritmo de su corazón.
   -¿Quieres hacer un mandado? -repitió, olvidando que aquella palabra era desconocida para el niño. Y el pequeño sólo acató a mirar el rostro de su madre; hasta que ella modificó la pregunta.
   -Busca a don Jesús, el de doña Cirila; dile que me preste cinco pesos.
   ¡Ah, tiempo de penas! El niño, de cuatro años de edad, echó a correr y volvió con una mala respuesta.
   -Dice que no tiene -anunció.
   -Entonces dile a don Emilio; corre.
   El niño, su pequeño Ángel, voló de nuevo y volvió milagrosamente con cinco pesos en la mano.
   Eso había pasado en la primera vez de los apuros. Después la vida se volvería más amable. El billete prestado resolvía el problema económico de cada amanecer. No era mucho dinero, pero aquella Lidia amorosa y desesperada, ya no lloraba; su hijo, al despertar, hacía suyo el problema y la solución, apagando el dolor y el hambre de su familia, sin saberlo siquiera.
   Un año, otro y otro fue lo mismo. De verdad, su Ángel la había rescatado de muchos malos pensamientos.
   ¿Qué eran los cinco pesos en especie?
   Apenas servían para comprar un jitomate, una cebolla, medio kilo de frijol, otro tanto de azúcar y un huevo para la torta que terminaba en caldo; no más. Al medio día ya eran seguros los frijoles caldudos, y por la noche el café.
   En época de lluvias había verdolagas, alguna vez elotes, y tamales, pero también días peores en la dieta. Con "burritos" de sal, que no eran otra cosa que tortillas recién hechas, bañadas en agua de sal, se espantaba el hambre. Luego estaba el "viacrucis" que no tenía comparación: cuando los niños comían guajes o cortaban las hojas tiernas de los ciruelos, para comerlas aderezadas con sal. Qué realidad tan amarga era aquella, cuando los niños hacían su comedero en las ramas de los árboles.
   Los pensamientos de Lidia se espantaron con la salida del sol. A dieciocho años de distancia de las terribles experiencias de hambruna, ahí estaba, pensando en la nueva promesa de bienestar, que silenciosa parecía venir de la tierra quemada donde su marido sembraría el cuamil. ¿En dónde estará Roberto a esta hora? -se dijo. ¿Arrancándole esperanzas a la montaña?

lunes, 22 de octubre de 2012

La cárcel

   En San Luis Potosí, el andador que inicia en la Plaza de Armas, tiene una distancia semejante a la que hay desde la catedral metropolitana al Hospicio Cabañas, en Guadalajara, Jalisco.
   Con esto se quiere decir a los amantes de la historia, que la distancia es mínima, para quien busque el monumento regional de la rebelión social, a la cual incitara Francisco I. Madero en su Plan de San Luis, en 1910.
   Después de hacer un alto en la esquina de referencia cardinal donde se ostenta el nombre de Agustín de Iturbide, y que lo mismo pudiera decir Hernán Cortés, Ignacio Elizondo que Félix María Calleja sin merecimiento alguno de los mexicanos, mi esposa y yo seguimos la ruta sur con decisión. El extremo opuesto del andador nos mostró una fachada carcelaria ya vista en fotografía.
   Delante de nosotros quedó al fin, la cárcel municipal donde Madero fue preso por "conato de rebelión y ultraje a las autoridades" y, donde según cuenta la historia regional, hizo el famoso Plan de San Luis, antes de escapar hacia los Estados Unidos. Los torreones que hay laterales a la puerta de entrada, y los muros de cantera labrada, hacen una fachada extraordinaria que llevan a pensar en un castillo. Y eso es realmente; un castillo especial para los opositores del régimen de Díaz. ¿Quién si no él, podía callar para siempre a unos enemigos con la muerte, y silenciar a otros con encierro o destierro?
   Ahí estaba pues, el monumento de la paz porfiriana, escondiendo su negra historia bajo el nuevo emblema social: Centro de las Artes de San Luis Potosí Centenario (CASLPC).
   Sin embargo, cien años atrás, el centro penitenciario fue emblemático de la política dictatorial. Inaugurado el 5 de mayo de 1890 como flamante centro carcelario moderno, dejó de ser tal hasta 1999. A la par, el también mal llamado Palacio de Lecumberri, abrió sus puertas a los opositores del dictador, el 29 de septiembre de 1900; las Islas Marías se convirtieron en colonia penitenciaria en 1905; y el Manicomio General de la Castañeda terminó siendo cárcel, después de los festejos centenarios de la Independencia.
   Al entrar al edificio los visitantes (20 personas), encontramos una explanada en hondonada que no hacía sospechar las tragedias humanas del pasado. Pero siguiendo la ruta al oriente, cruzamos otra puerta y doblamos hacia la derecha para desembocar en el temible "corredor de la muerte". Este corredor, limitado hacia la calle por una barda de 12 metros de altura, y por una pared al interior del mismo alto, hizo preguntar:
   -¿Por qué lo llaman así?
   "Bueno -respondió el guía-, la barda tiene un ancho de tres metros donde rondaban los guardias, y un cimiento de piedra y cemento con seis metros de profundidad; la otra pared es el techo de una sección de celdas. Arriba estaban los vigilantes con órdenes de tirar a matar a quien se dejara mirar en este despoblado sin autorización. Como ven, se trata de un lugar sin techo, son ocho metros de ancho, no hay puertas de escape ni nada que sirva de parapeto. El reo que llegaba a este sitio, moría por las balas que le llovían".
   Saliendo del corredor (casi acribillados), entramos a un lugar que resultó pintoresco e inapropiado. El escenario que descubrimos parecía plaza pública; había un jardín, tenía bancas, y una torre se alzaba como obelisco. El guía no esperó a que le preguntaran algo sobre el singular escenario.
   -Esa es la torre de control. Si observan bien, desde ahí se pueden vigilar todos los pasillos que resultan de las ocho secciones de celdas. En 1900, este conjunto de torre panóptica y secciones circundantes eran lo moderno en centros penitenciarios; México, gracias al general Porfirio Díaz, fue pionero en la aplicación de estas medidas carcelarias. Argentina, Colombia, Ecuador, España, Perú, Venezuela y Bolivia, también adoptaron este modelo de prisión, moderna en 1900. Diez años después de inaugurarse esta cárcel, se abrieron las puertas del Palacio de Lecumberri; ahí estuvo preso Francisco Villa y fueron asesinados en su parte posterior, el Presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente José María Pino Suárez.
   "Vengan" -dijo nuestro guía, arrancándonos de la meditación-. Nos llevó por un pasillo que permitía mirar las celdas de dos metros y medio de ancho y cinco de largo, donde el régimen porfirista confinaba de 10 a 20 reos. De pronto nos detuvo y dijo: "esta es la celda donde estuvo Francisco I. Madero; aquí hizo el Plan de San Luis". Era la celda número 4 que pudimos haber encontrado, si en lugar de doblar a la derecha para conocer el "corredor de la muerte", al llegar, hubiéramos seguido en línea recta rumbo a las celdas.

domingo, 14 de octubre de 2012

Doña Berna

   DE haber estudiado historia, doña Berna hubiera tenido que abrir muy pocos libros. Tres aspectos relevantes de nuestro pasado fueron los únicos que, por decirlo así, quedaron lejos de su nacimiento: La época Prehispánica, Historia de la Conquista de la Nueva España y la Guerra de Independencia.
   Nacida posiblemente en 1855, ella misma fue historia. Como se podrá dar cuenta el buen lector, vivió durante los años gloriosos de don Benito Juárez. Seguramente supo de forma oportuna, cuando el Benemérito ocupó la silla presidencial y luchó junto a sus correligionarios, por establecer para el país las Leyes de Reforma.
   Siendo niña, alguien debe haberle contado de la Intervención Francesa y del triunfo del ejército mexicano en aquel memorable combate del 5 de Mayo de 1862; también debió conocer algo sobre el Emperador Maximiliano de Habsburgo y la Emperatriz Carlota, así como del fusilamiento internacionalmente conocido, y ocurrido el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.
   Después, yendo a la par de su tiempo juvenil, tal vez haya escuchado con días o meses de diferencia, algo relacionado con la toma de poder del general Porfirio Díaz, hijo de Petrona Mori, ocurrida en 1876. Claro... con más razón debió saber cómo fue la política nefanda del militar; un dictador que duró tantos años en la primera silla del país, fastidiando al pueblo, no podía pasar desapercibido.
   Y si pudo haber conocido los hechos históricos de su país, que de forma natural a los intereses de aquella sociedad se fueron presentando, con más razón debió enterarse de la peste ocurrida en 1883; porque afectó al territorio donde ella nació y creció, y donde finalmente moriría en edad muy, pero muy avanzada.
   La fiebre amarilla, que así fuera conocida, curiosamente no sería recordada por haberse llevado al más allá a cientos de familias, no; más bien seguiría presente en la memoria del pueblo, por haber terminado con la vida de una artista mexicana de fama internacional, cuyo nombre fue Ángela Peralta, a quien se reconocía en el mundo de la ópera como "El ruiseñor mexicano".
   Ella, la internacional cantante de ópera, la que siendo una joven de veinte años de edad, le cantara a la pareja imperial mexicana en 1865, murió el 30 de agosto de 1883, en Mazatlán, Sinaloa, México, víctima de la fiebre amarilla.
   ¿Cómo fue doña Berna, ganándole años a la vida?
   Fue un misterio. Pero se puede creer que sus padres conocían muy bien las propiedades de la herbolaria regional; que no era un secreto para ellos, que los retoños del granado servían para que los niños dejaran de hacer verde las necesidades, y que los problemas estomacales desaparecían con té de hierbabuena con estafiate.
   La lista de los remedios caseros era larga en los últimos años del siglo XIX, el que ella conoció de niña, luego siendo joven, y estando recién casada. Y se benefició de los efectos curativos seguramente; no se duda. En carne propia debió saber los efectos del epazote, para acabar con las lombrices; debió haber tomado también, el té de guayaba o yerba de la mula para la infección estomacal. Igual debió conocer los baños de asiento que se hacían con pelos de elote, para curar el mal de orín; y las hojas del capomo en té también, que tan bueno fuera para hacer que las mujeres recién paridas, dieran leche suficiente para las crías.
   En toda la etapa de su niñez y juventud, ¿quién podía asegurar que no le hubieran curado los golpes, con emplastos de la yerba llamada "pajarito"?
   Volviendo a la parte histórica, se puede creer que nunca ignoró los hechos de la Revolución Mexicana; ni que este movimiento se iniciara con la intención de derrocar al dictador Porfirio Díaz. Los años de vida le dieron tiempo suficiente, para que se enterara todavía de la Guerra de los Cristeros; también de lo acontecido en el Maximato, cuando el que mandaba "vivía enfrente"; y finalmente, parecería que su existencia matusalenera, debía terminar con los gritos lemáticos de la juventud, ¡dos de octubre no se olvida!
   Pero vayamos al principio del fin. Muertos los padres y abandonada de los hijos, y envuelta en la vorágine de la modernidad del siglo XX, la edad le impidió salir a buscar las hierbas que necesitaba para curar los achaques de la vejez. Los nuevos tiempos le anunciaban la emulsión de Scott, el aceite de hígado de bacalao, la pomada de La Campana, y un reconstituyente de nombre Hemostyl. Estos mejunjes de las nuevas generaciones, ya no entraron en su conciencia, ya no supo para qué servían; cayó por la gracia de Dios, en la etapa infantil y dependiente, propia de la senectud; sin poder curar sus males por mano propia con los remedios tradicionales que conocía.
   Como para morir todos los pretextos son buenos, y ella sin saberlo ya andaba como agua para chocolate, la oportunidad de saludar al Señor se le presentó inofensiva.
   Todo su malestar fue un desgano: había amanecido sin apetito. Probando apenas los alimentos, sobrevivió una semana sin que la fatalidad la alcanzara. Pero alguien de la familia, seguramente bien intencionado, descubrió que doña Berna apenas picaba los alimentos; y se dio a la tarea de buscar un remedio que le alborotara el hambre. Y lo encontró, preguntando allá y aquí entre los hijos que la viejecita había traído al mundo.
   Sin embargo, y sin desearlo, el consejo familiar que buscara la salud de la ancianita, paradójicamente se volvió jurado que sentenciaba a su propia madre, a sufrir la muerte por envenenamiento.
   Todos habían coincidido en comprarle a la progenitora, un reconstituyente. Sí, una simple botellita de Hemostyl que sería suficiente para rescatarla del marasmo.
   La publicidad que el vulgo repetía, decía: "Para la falta de energía, Hemostyl"; "para la falta de apetito, Hemostyl". Y eso le llevaron a doña Berna, confiando en que seguiría las indicaciones pertinentes al tomarlo. No contaron con la imprudencia propia de la edad senil, que le aconsejaría ingerir el medicamento conforme al horario y cantidad que fuera de su voluntad.
   La dejaron sola con su decisión, frente al envase que remediaría su pequeño malestar. Una cucharadita antes de cada alimento sería suficiente para que recobrara las energías y el ánimo; pero los hechos sucedieron de forma muy distinta. "Si una cucharadita es buena, se dijo doña Berna, ¿qué milagros no hará toda la botella?" Y se la empinó; sólo para caer en el acto, con los ojos desorbitados, la boca muy abierta, y las vías respiratorias obstruidas, víctima del sofoco provocado por el alcohol que contenía el Hemostyl. Tenía doña Berna 115 años, cuando tomó la fatal determinación de aliviarse en un tris.
   Había pasado inadvertida en el pueblito donde los hijos crecieron, pero a partir de su repentina muerte, se hizo famosa; muy famosa. Al grado se diría, de que los nietos que ya le pisan las barbas a las nueve décadas de vida, aún recuerdan la desgracia anecdótica y la cuentan a sus nietos y bisnietos, como un bálsamo que mitiga el dolor de la familia.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Los aprietos

   A pesar de que la tierra era buena, de que el río tenía mucho alimento para la gente de los pueblos ribereños, y que aún el monte era pródigo en carne silvestre... cuando llegaban los males no había siembra, ni fruta o carne de venado que aliviaran las penas, las enfermedades o la misma pobreza de siempre.
   Los que tenían cuamil, se veían forzados a vender la cosecha "al tiempo" para sacar unos pesos; eso significaba, recibir adelantado el pago por la cosecha o parte de ella. Y eso tenía su precio. Por cada kilogramo de maíz que así se vendía, se entregaban dos a la hora de pagar.
   Los que vendían "al tiempo" lo hacían por necesidad, porque la enfermedad de un integrante de la familia exigía realizar un gasto con el dinero que no se tenía; y en esas ocasiones apremiantes, era cuando el campesino vendía de poco en poco y a mitad de precio el producto de su trabajo, cuando apenas andaba tirando la semilla de maíz.
   Por eso, nada más por eso, los deudores cumplían su compromiso de pagar, sonriendo amargamente al despedirse del prestamista; el gesto no era de agradecimiento, sino de reniego. Al establecer el compromiso económico aquellos hombres del campo, no necesitaban firmar ningún documento, ¿para qué?, si tenían la ocurrencia de no pagar, cerraban las posibilidades de los nuevos créditos. Pagaban, no porque fueran cumplidores, no; atrás del acto honrado estaba el temor de otro posible tropiezo en la salud y en la economía.
   Claro que tenía valor la palabra empeñada; en ella estaba centrada la economía, la seguridad de que en la próxima necesidad se recibiría apoyo. Era la palabra símbolo de honradez, de cumplimiento, de hombría; el que la empeñaba y cumplía, era visto como hombre cabal. Para él había consideraciones humanas. El día que de plano una desgracia derrumbaba su ánimo y caía en la desesperación, el mismo pueblo resolvía su apuro, igual que hicieron los mexicanos con sus joyas y sus animalitos, cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo.
   Los dos o tres agiotistas que vivían de la necesidad de la gente, nunca tuvieron miedo de que alguien no pagara. Si por mera casualidad salía un "trácala", se corrían la voz para evitarse otro fraude; pero además, cobrando el cien por ciento de interés, lo que uno por ahí dejara de pagar, era cubierto por los que sí cumplían. El márgen de utilidad era tan alto, que un fraude no significaba un riesgo de caer en descapitalización.
   Como se ve, para ser pobre, sólo bastaba una enfermedad o que la familia pidiera los alimentos mínimos del día.
   Si se toma en cuenta que nunca de los nunca, los cuamileros han tenido créditos del gobierno, y que desde siempre han trabajado por su cuenta, es comprensible lo que aquí mal se relata. Sin haber un pago patronal de por medio, los campesinos administran su capacidad de crédito, pidiendo al prestamista escasamente lo que marca la "libreta del fiado" que usa el abarrotero para los comestibles.
   En la tienda no hay "pero" que valga: pagas o pagas. Si por alguna razón el deudor pinta para "transa", simplemente se le cierra el crédito y se deja la cuenta viva en el registro del comerciante. Todavía, cuando pasado el tiempo se cubra el adeudo, el cliente cargará con el estigma de la "trácala", con la desconfianza del fiador que le soltará menos mandado que antes, a cuenta del crédito. Debe quedar claro que, para cumplir en la tienda con el pago de cada semana, primero debe tenerse abierta la capacidad de crédito con el agiotista. A él, como si fuera patrón de albañil, hay que pedirle el "gasto" familiar cuantas veces llegue el fin de semana; todo en calidad de préstamo, desde luego, y a cuenta de la futura cosecha por supuesto.
   Por un lado, el tendero tiene razón al no fiar su producto en un plazo que vaya más allá de una semana; con el dinero que entra debe surtir el negocio. Por el otro, también el prestamista tiene razón: algo tiene que ganar por estar al pendiente de las necesidades de los vecinos; no está para regalar su dinero. Por qué no decirlo; también el jodido (fregado) tiene razón para estar como está. ¿A cuánto se reduce su salario, cuando vende a mitad de precio la cosecha?
   Pensando solamente en la venta que hace, a mitad de precio, ya tiene "para rato" si de vivir pobre se trata. Con lo poco que recibe, tiene para que mal coma su familia. ¿Y la ropa? ¿Y la salud? ¿Y la escuela obligatoria? ¿Y la mentada diversión de la familia?
   En aquellos tiempos... 1950 a 1970 (¿?), el campesino que sacaba 40 ó 60 cargas de maíz, era seguro que salía "tablas" con el prestamista; se debía esto a que, durante la época de la preparación de la tierra, siembra y levantamiento de la cosecha, nadie le pagaba un peso al campesino, por trabajar en lo propio.
   Sígame, lector, en estas fiestas de hambre tan famosas que viven los pobres de Nayarit, Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Chiapas, Oaxaca, etc., etc., y etc.
   Afortunadamente "en donde está el diablo, está Dios". ¿Qué hubiera sido de aquellos que viéndose atacados por la enfermedad, y sin tener qué vender, no hubieran encontrado las manos amigas del doctor Odilón Barraza Lachica y del señor Clemente Salazar?
   Este par de hombres pensaban muy diferente de aquellos que se aprovechaban del dolor ajeno. No había desesperados que no conocieran la calidad humana que tenían. Era cosa de llegar, entregar el enfermo y decir:
   -Le traigo el enfermo... pero no tengo dinero.
   Entonces el doctor Odilón, sin dejar de atender al paciente, llanamente contestaba:
   -¿Y quién te está cobrando?
   Con la misma serenidad contestaba cuando alguien insistía.
   -¿No me oyó, "dotorcito"?, le dije que no traigo dinero.
   -Ya tendrás, no te preocupes.
   Pero una vez que llenaba la receta, volvían los temores y los lamentos.
   -¿Y con qué voy a comprar la medicina?
   -No te preocupes; ve a la farmacia y diles que vas de mi parte.
   Era cosa de llegar al negocio de don Clemente, para que luego de leer la nota, éste dijera:
   -Ah, que el doctor; no quiere hacerse rico.
   La verdad de este movimiento humanitario era, que si el doctor hacía una obra buena, fiando o regalando el servicio médico, también don Clemente cerraba los ojos para secundarlo en la acción. No había letras, ni contratos, ni amenazas de nada cuando le tendían la mano al necesitado. Cómo dejar de recordarlos, si gracias a ellos, muchos de los que ahora somos abuelos, les debemos la vida a estos dos hombres de buen corazón.
   Los campesinos no son perezosos, están contra la pared; son víctimas de la eterna "cuesta de enero", de la inevitable "cartera vencida"; son el "cinturón de la miseria" que no desaparecen con promesas ni demagogia sexenales. ¿En qué país no se conoce la pobreza?, ¿en qué país no es común el campesino, el obrero, el desempleado y los "ninis"?
   Al escribir lo anterior, pienso en la traición que se hace al pueblo mexicano con la Reforma Laboral, desde el estrado principal de la nación. ¿Volveremos a esos tiempos de hambre que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos?